La Navidad y el tiempo de lo inhumano

martes, 22 de diciembre de 2015
MÉXICO, DF (Proceso).- El pasado 7 de diciembre, durante la primera semana de Adviento, acompañé a monseñor Raúl Vera y a varios familiares de desaparecidos a Tetelcingo, Cuautla, donde se encuentran las fosas clandestinas de la Fiscalía de Morelos (Las fosas de Graco, Proceso 2038). El sitio es atroz: una fosa de tres metros de ancho, cuatro de largo y cuatro de profundidad donde yacen, apilados como basura, 150 cuerpos que la propia fiscalía, en un acto de encubrimiento criminal, se niega a inhumar para aplicarles las pruebas científicas de identificación de cadáveres. A unos cuantos metros hay otra, según testimonio de los lugareños, de la que la Fiscalía no ha dado cuenta y cuyo contenido humano desconocemos. Esta espantosa revelación no ha hecho más que confirmar lo que en 2012 le espetamos a Felipe Calderón: “Ustedes han hecho del país una inmensa fosa común”. Confirma también no sólo la condición criminal del Estado, sino la inhumanidad que se ha apoderado de la nación. Mientras miraba aquel lugar y sentía de nuevo el peso de los 25 mil desaparecidos, muchos de los cuales seguramente yacen torturados, mutilados, desmembrados y despreciados en esas fosas y en todas las miles que hay en el país… mientras la indignación, que acompañaba a la de don Raúl, se apoderaba una vez más de mí, me preguntaba: ¿Cómo, frente a esa inhumanidad, que no ha dejado de acompañarnos en los últimos 10 años, podemos disponernos a vivir una vez más el Adviento –la fiesta de la esperanza– y la Navidad –la fiesta del amor, del descendimiento de Dios al sufrimiento de los seres humanos, de la revelación del prójimo como lo único verdaderamente importante y sagrado? Sin embargo, desde ese momento, el país comenzaba a hacerlo. Hoy mismo, mientras escribo esto, las celebraciones no dejan de sucederse sobre la inmensa fosa común que es México. Hoy mismo, sin que la Iglesia mexicana haga una denuncia a la altura del horror, preparamos la Navidad sobre cientos de miles de cadáveres y de familias que no encuentran la paz. En unos cuantos días, fingiendo la alegría de la liberación, escupiremos, entre festejos y deseos de felicidad, sobre el pesebre de Belén. ¿Cómo poder explicarlo? ¿Cómo entender esta esquizofrenia? Hace un siglo, en Así hablaba Zaratustra, Nietzsche anunciaba la muerte de Dios: “Lo hemos matado ustedes y yo, todos nosotros somos sus asesinos”. El anuncio no era fruto de su imaginación, sino el testimonio de algo que, para él, se encontraba ya en el propio cristianismo (“La Iglesia –escribió también– es la losa que impide a Cristo resucitar”) y que el jacobinismo del Estado laico hacía evidente. Esa muerte de Dios en la conciencia de los hombres tenía que derivar necesariamente en la muerte del ser humano en la propia conciencia de lo humano: “Si Dios ha muerto –puso, por esa mismas fechas, Dostoievski en boca de Iván Karamazov–, todo está permitido”. Nada, en un mundo sin Cristo, podía ya contener el egoísmo y el desprecio. Desde entonces hasta nosotros, la Navidad no ha dejado de celebrarse sobre el altar, ya no de las masacres del pasado, sino de una técnica puesta, en su nihilismo, al servicio de lo inhumano. ¿Qué esperanza y qué misterio salvífico puede aún extraerse de ella? Decir, como la teología no ha dejado de repetir a lo largo de los siglos, que ese sufrimiento forma parte del plan salvífico de Dios y que celebrar la Navidad en medio de lo inhumano es mantener viva la esperanza que se abre hacia adelante, es, después de las miles de masacres que ha vivido la humanidad y en el horror que gime bajo nuestros pies y alrededor nuestro, no sólo burlarse del niño de Belén y de las víctimas, sino convalidar la inhumanidad misma. Celebrar la Navidad –la fiesta, repito, del amor, del encuentro con el otro para servirlo y amarlo– sobre el desprecio y el silencio de los asesinados y desaparecidos, no es celebrar la Navidad, sino el aparato de poder que los hace posibles. Allí, el centro de la celebración está vacío, y su glorificación –“Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres que él ama”– se convierte, por el efecto perverso del encubrimiento, en la justificación de lo inhumano y de la máquina estatal que lo produce. ¿Quiero decir que no hay que celebrarla? Nada más lejos de mí. Digo simplemente que hay que hacerlo recuperando su verdadera significación en nosotros. La Navidad es la negación del poder, es el vaciamiento de Dios que, en su vacío, acoge y va al encuentro de lo que el poder destruye. Recordemos que el niño de Belén crecerá y enfrentará, en nombre de las víctimas, a los poderes de su tiempo. Celebrarla es, por lo tanto, vaciarnos de nosotros mismos e ir al encuentro de los desaparecidos, de los que yacen en las fosas, de los que claman justicia. Es enfrentar a los poderes del Estado y del crimen, que se han vuelto uno, para hacer posible la justicia. Celebrarla sin ese silencio, sin ese recogimiento, sin esa transformación en el amor, es sólo convalidar el asesinato de Dios y del prójimo en el centro mismo del pesebre que hoy, como desde hace mucho, permanece tan vacío como la esperanza. Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés; detener la guerra; liberar a José Manuel Mireles, a sus autodefensas, a Nestora Salgado y a todos los presos políticos; hacer justicia a las víctimas de la violencia; juzgar a gobernadores y funcionarios criminales; boicotear las elecciones, y devolverle su programa a Carmen Aristegui.

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