El fascismo en la sociedad

lunes, 31 de octubre de 2016
CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Hace años una autora –o un autor– cuyo nombre lamentablemente no recuerdo acuñó el concepto de “fascismo societal”. Con esa formulación aludía no a un régimen político, el tradicional de “fascismo” que surge en Europa en los años treinta y cuarenta del siglo pasado, sino a una expresión social. Ésta(e) intelectual señalaba que dicha forma de fascismo societal se despliega en este estadio salvaje del capitalismo que conocemos como “neoliberalismo” y, si no mal recuerdo, también planteaba cómo ciertas propuestas fascistas, aunque no se lleven a cabo, sirven para mantener aterrada y disciplinada a la población. Da la impresión que nuestro país vive un proceso de “fascistización” social y que la propuesta del senador Jorge Luis Preciado (PAN) de permitirle las armas a la población es una expresión ominosa de ello. México ha tenido un lento proceso civilizatorio de despistolización, que ha contribuido, si bien todavía se queda corto, a frenar reacciones violentas de ciudadanos machistas que le vaciaban su pistola a quien los amenazara u ofendiera. La propuesta de Preciado aparece ahora, ante las dificultades de los grupos del Estado a cargo del control del delito, pero habría que interpretarla como un indicador más de la descomposición política que estamos viviendo y que augura el aumento del fascismo societal. También aparece con fuerza otra expresión social vinculada al proceso de fascistización: la reacción de un sector de la sociedad ante el matrimonio igualitario. Valdría la pena analizar la forma y el fondo de los dichos de personas actualizadas en técnicas de comunicación, tanto en internet como en Twitter, con preparación universitaria, ligadas de algún modo a partidos políticos de centroderecha, a jerarquías eclesiásticas y a organizaciones ciudadanas: ¿qué implica su desfachatada oposición al matrimonio igualitario? Ante el proceso de igualación de derechos ciudadanos, que lleva ya varias décadas y que ha inclinado la balanza hacia el lado de los derechos universales, o sea, derechos iguales para todos los seres humanos, ¿es ignorancia o fascismo societal lo que muestran esas posiciones? Al dar un vistazo a la actualidad mundial, sin ignorar la diversidad de las situaciones dependiendo de la región del mundo de que se trate, de los regímenes políticos y de la pertenencia a una determinada clase social o categoría sexual, es posible observar el aumento de violencias de toda índole. Y también es posible ver las similitudes en las respuestas sociales fascistas que ocurren, y los miedos que provocan. Por ejemplo, el antropólogo Marc Augé habla de “los nuevos miedos”, y señala que las violencias actuales pueden repartirse en tres categorías: las violencias económicas y sociales; las violencias políticas (entre las que se incluyen el racismo y el terrorismo); y las violencias tecnológicas y de la naturaleza, estas últimas desencadenadas por las anteriores. Esas tres formas de violencia engendran miedos específicos que se agregan y combinan entre sí. Augé dice que estos miedos se manifiestan por “la obsesión que despierta el otro, en una confusión de todas las categorías de alteridad”, y también por el miedo al futuro. En México estamos comprobando “la obsesión que despiertan” esos seres “diferentes” –las parejas homosexuales que desean casarse civilmente– que demandan un derecho igual al de los demás. Y la obsesión se vuelve miedo a la “desin­tegración” de la sociedad por el matrimonio igualitario, y está cobrando expresiones de fascismo societal. Algunas consignas de las pancartas de la marcha en “pro de la familia” muestran que estos grupos, que operan al margen del conocimiento sobre los derechos humanos, aprovechan el indudable proceso de desgarramiento social que estamos viviendo para tratar de retroceder democráticamente. Estos grupos “profamilia”, vinculados con una derecha retrógrada y unas iglesias conservadoras, rechazan derechos sociales conquistados desde la democracia (divorcio, despenalización del aborto, matrimonio igualitario) y alientan un discurso ignorante y fanático, que poco a poco promueve la “fascistización” social. ¿Cómo contrarrestar esta situación? ¿Cómo recuperar la solidaridad social? Difícil decirlo, pero las propuestas que circulan van en el sentido de promover encuentros y generar espacios donde se reflexione y se debata públicamente. Convertir los barrios, las escuelas, las plazas en territorios de comunicación e intercambio, de educación y discusión pública. ¡Cómo añoro esos clubes que durante el Porfiriato reunían a la gente a debatir sobre lo que estaba pasando en la sociedad y en la política! Los clubes liberales se organizaron con el objetivo de “velar por el cumplimiento de las leyes y hacer pacífica propaganda liberal”, y se dedicaron a la tarea de educar políticamente al pueblo y a defender los principios políticos de la Reforma. ¡Cuánta falta nos hace que existan clubes similares hoy en día! Espacios cívicos donde informar sobre cómo se constituye la orientación sexual, donde educar sobre que todos somos seres humanos y deberíamos tener los mismos derechos humanos, donde se explique el artículo primero de nuestra Constitución y se den argumentos para convencer que es imprescindible hacerlo valer.

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