Reaccionar frente a Trump

viernes, 11 de marzo de 2016
CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Ante el asombro mundial, Donald Trump sigue avanzando en su carrera para lograr la nominación del Partido Republicano en Estados Unidos. Su discurso agresivo y demagógico, plagado de inexactitudes, convence sin embargo a un amplio grupo de electores. Desde Alabama hasta Massachusetts, mujeres y jóvenes se incorporan a sus mítines y celebran sus propuestas. Es un líder astuto que ofrece a los estadunidenses enojados, que son muchos, el discurso que desean escuchar. Para la clase media blanca, cuyos salarios se encuentran estancados, cuyos hijos ya no pueden pagar la universidad, cuya confianza en el sueño americano se ha perdido, que no encuentran respuesta en los políticos tradicionales, él ofrece nuevas esperanzas. Ha identificado, según su punto de vista, a los culpables de los males que aquejan al país: la vieja clase política, de la que se deslinda, y los trabajadores migrantes, en particular los mexicanos. Es un ejemplo clásico de creación de culpables ficticios hacia quienes se desvía el odio y el malestar. Construir una barda impenetrable en la frontera con México, la solución descabellada que propone, levanta aplausos. Hay ejemplos en la historia política del siglo XX que ilustran respecto hasta dónde pueden conducir esos llamados. El ascenso de Donald Trump tiene un significado especial para México. Es la primera vez en la historia de campañas para la nominación de candidatos que adquiere tal relevancia la construcción de un muro impenetrable. Trump es el más histriónico y quien lo presenta con mayor agresividad. Sin embargo, no se queda muy atrás el ultraconservador Ted Cruz y, aunque con otras maneras, Marco Rubio. El discurso de los candidatos republicanos contiene mensajes inquietantes para el futuro. Algo está ocurriendo en grupos numerosos de la sociedad estadunidense, en su mayoría pero no únicamente blancos, que desemboca en posiciones racistas, irracionales e impredecibles. Para México, país vecino fuertemente vinculado a Estados Unidos, entender lo que está ocurriendo y reaccionar ante ello es tarea obligada de gobierno y sociedad. Dentro de la vorágine mediática que acompaña la campaña electoral estadunidense es notoria la ausencia de una reacción mexicana. Al parecer ni al gobierno ni a la sociedad les interesan demasiado los agravios que les infligen las acusaciones, tan infundadas, sobre el daño que causan los mexicanos al bienestar estadunidense. Los medios de comunicación internacionales buscan inútilmente la reacción mexicana a los gritos de los seguidores de Trump. Sólo encuentran las declaraciones que han hecho dos expresidentes, Vicente Fox y Felipe Calderón, en ambos casos poco afortunadas. El silencio gubernamental puede tener varias explicaciones. No se olvida que en materia migratoria hace tiempo decidió “desmigratizar” la agenda con Estados Unidos y guardar distancias sobre el particular. En aquel entonces se consideró que era el mejor camino para no entorpecer las discusiones que se llevaban a cabo en el Senado estadunidense sobre una ley migratoria integral. Quizá ahora se piensa que un pronunciamiento del gobierno mexicano sólo contribuiría a subir la popularidad de Trump cuyos seguidores verían con profundo desagrado las opiniones de un gobierno extranjero. Lo anterior es cierto, pero no justifica la inmovilidad. Desde luego sería iluso pensar que una declaración del gobierno mexicano podría hacer contrapeso al atractivo que ejerce Trump sobre los votantes. Se trata de un empresario que conoce bien la publicidad. Si reitera la propuesta del muro, si habla de cambiar la manera en que se hace política en Washington, si promete que devolverá la grandeza de Estados Unidos es porque al hacerlo interpreta el ánimo de los electores. En tales circunstancias, sería totalmente inútil para el gobierno mexicano batirse en los terrenos de Trump. El llamado a una reacción por parte del gobierno y la sociedad mexicana parte de otras perspectivas. La relación de México con Estados Unidos es y seguirá siendo el factótum de nuestras relaciones con el exterior. La fuerza de la geopolítica, de la integración productiva, del comercio, las inversiones, el turismo, el narcotráfico, la seguridad no dejan alternativa. Por su propia intensidad es una relación en la que deben prevalecer niveles de respeto, dignidad y entendimiento. Los vientos antimexicanos que se están levantando en esta elección pueden empeorar. Podrían permanecer con posterioridad a la elección y contaminar seriamente, con consecuencias impredecibles para los dos países, la vinculación inevitable. Corresponde a los asesores de Peña Nieto decidir cuál es la manera más inteligente de proceder para asegurar que los mencionados niveles de respeto y dignidad se mantienen; unos cuantos párrafos podrían ser suficientes. Corresponde a los formadores de opinión, a los académicos y a la sociedad en general hacer uso de los numerosos estudios que se han llevado a cabo de ambos lados de la frontera sobre diversos aspectos de la relación entre los dos países. Hay mucho conocimiento acumulado sobre el verdadero papel de la mano de obra mexicana en la economía de Estados Unidos; sobre los motivos por los que comunidades con población mayoritariamente mexicana son más seguras y menos violentas; sobre la extraordinaria contribución de los migrantes mexicanos, documentados y no documentados, a la gastronomía, la literatura, la música y la industria cinematográfica en Estados Unidos. La bibliografía sobre esos temas es muy extensa; es el momento de recordar su pertinencia. Destacar en estos momentos el hecho que hay un interés mutuo en preservar el respeto, la dignidad y las buenas maneras en las relaciones entre México y Estados Unidos es necesario para pavimentar el camino hacia el diálogo que se emprenderá con quien ocupe la Casa Blanca como resultado de las elecciones del 4 de noviembre. Lo más probable es que sea Hillary Clinton; no es imposible que sea Donald Trump.

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