Descubriendo a Porfirio

sábado, 16 de abril de 2016
CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Desde febrero participo en el grupo encargado de escribir el borrador de la nueva Constitución de la Ciudad de México. Aunque el grupo no es representativo de todas las posiciones de los habitantes de la ciudad, como ya señaló Sara Sefchovich, sí junta las inquietudes ciudadanas que han caracterizado la dinámica política de la hoy CDMX. Lo que compartimos los encargados del borrador –activistas, académicos, artistas, intelectuales y juristas– es el talante progresista de los votantes que desde hace casi 20 años han colocado en el gobierno de esta ciudad a una izquierda que, pese a indudables errores y desaciertos, ha avanzado una agenda notable en derechos humanos y en política social. La experiencia de trabajo en este grupo, más allá de compartir el objetivo de escribir un documento que refleje lo conquistado y haga avanzar aún más el marco de derechos para todos nuestros conciudadanos, me ha confirmado lo complicado que es ponerse de acuerdo, incluso entre quienes tenemos tantas coincidencias. Está claro que el problema de fondo que a todos nos preocupa es el de la exigibilidad de los derechos y el acceso a la justicia. Sin embargo, también es imprescindible que una Constitución enuncie con claridad el marco de las responsabilidades del Estado. Como bien señaló Clara Jusidman, una Constitución es un contrato social, donde se inscriben las aspiraciones de justicia y bienestar, así como los mecanismos para alcanzarlas. Por eso el proceso de redacción de este borrador es más que compleja e incluso puede verse como desesperante pues, a pesar de las indudables coincidencias políticas, desacuerdos legítimos nos asaltan a cada momento. En nuestras discusiones sobre los “cómos” estamos viviendo el gran desafío democrático de llegar a acuerdos sin que las diferencias sean obstáculos insalvables. Hay mucha claridad sobre el “qué” necesitan los diversos grupos sociales de esta ciudad, pero también muchas diferencias en el “cómo” formularlo. Un ejemplo: hay quienes piensan que deben incluirse todos los derechos ya inscritos en la Constitución federal y en los instrumentos internacionales que México ha firmado, mientras que otros consideran que solamente hay que incluir derechos para los cuales las autoridades de la CDMX tienen responsabilidad. Las preocupaciones sobre el riesgo de hacer una lista de aspiraciones sin posibilidades reales de ser cumplidas, o de que al no estar enunciados con claridad, los derechos sean desconocidos por la ciudadanía, han ido perfilando una oposición entre las opciones “maximalistas” y las “minimalistas”. En el bloque de Derechos Humanos (en el que participo) nos hemos pronunciado por una opción intermedia, en la cual se integren los derechos más relevantes, como los del artículo 1º de la Constitución federal, se desarrollen los derechos de particular relevancia para la ciudad, se ponga énfasis en los derechos de los grupos que requieren atención prioritaria y se agreguen nuevos derechos. Pero como todavía falta que nuestra propuesta sea discutida –y aprobada o rechazada– por los demás integrantes del grupo amplio, dejo para otra ocasión una explicación más precisa sobre el camino que finalmente va a quedar. Hoy quiero comentarles algo personal, pero que considero que es un indicio significativo de lo que está ocurriendo en este proceso de redacción. Yo entré a este grupo con un prejuicio: ¿por qué poner a Porfirio Muñoz Ledo a coordinar tan complejo trabajo? Supongo que Miguel Ángel Mancera lo debe haber elegido por su indiscutible capacidad intelectual, su impresionante memoria, por manejar al dedillo la Constitución federal y conocer a fondo los recovecos de nuestra realpolitik. ¿Quién mejor que él conjunta esas habilidades? Sin embargo, a mí me inquietó la designación pues en varias ocasiones en que coincidí con él en eventos políticos, su acelere me disgustaba. Debo admitir que, aunque siempre admiré su inteligencia y cultura, no me caía bien. Por eso, cuando supe que él coordinaría los trabajos mi primera reacción fue negativa. Sin embargo –¡oh sorpresa!– el trabajo en grupo me ha descubierto varias virtudes de este grandísimo personaje de la política en México. Además de su consabida inteligencia y su apabullante conocimiento, ha aparecido ante mis ojos un hombre con un sentido del humor finísimo, una sensibilidad extrema y una prudencia notable. Un Porfirio desconocido para mí. Es una delicia trabajar con él. Y como al interior del grupo de los “borradores”, como nos autonombramos algunos, no obstante grandes coincidencias, también hay posturas contrapuestas sobre la estructura que debe tener la nueva Constitución, me ha impresionado la forma en que Porfirio interviene: desde su insistencia en que construir una Constitución abarcativa y garantista no desemboca necesariamente en un documento perfecto, por lo que otras personas nos señalarán nuestras carencias, hasta la manera en que escucha con notable paciencia nuestros rollos y luego, en una atinada intervención, resume lo central de lo que se dijo. Me conmueve su compromiso político, aprendo de su erudición y disfruto sus comentarios maliciosos. Y ahora que he podido ver de cerca su talento y humanidad entiendo por qué fue elegido para coordinar nuestro difícil trabajo.

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