Inéditos castellanos

lunes, 4 de abril de 2016
CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Suponemos que es porque se cumplen 400 años de la muerte de Cervantes. Al menos a esa conjetura llegamos hace unas semanas en que nos entregaron, vía la infranqueable secretaria en la recepción, unos paquetes. Contenían, según la nota sin firma, manuscrita en una tarjeta de cartón, tres inéditos “en lengua castellana”. Cuando los destapamos –dedos rasgando los sobres papel manila, desatando el hilo enredado en los circulitos del sobre– nos hallamos con varias páginas escritas en máquina de escribir y correcciones a mano. Según la nota, los textos habían sido encontrados en distintas circunstancias: uno, robado por una criada en Guadalajara, otro escondido en una caja fuerte abierta con desorden por familiares y abogados –parece que la viuda lo aventó al piso en busca de unos lingotes de oro– y un tercero que, a su vez, había sido remitido a nuestro mensajero, también de manera anónima. Pasamos las páginas de mano en mano de acuerdo a las jerarquías de esta columna: primero, el editor y, luego, los correctores, el diseñador, la telefonista. Al final, le hablamos a quien firma por todos esta columna –hay que contar con un nombre a quien ustedes puedan insultar por la ocurrencia semanal– y nunca nos contestó el teléfono. Era muy temprano para él: dos de la tarde. Discutimos la pertinencia de dar a conocer estos “inéditos” sin poder asegurar si se trataba o no de un engaño. Al final, salieron a relucir las anécdotas de todos temidas: que si cada año aparece un “inédito” de Roberto Bolaño, que si, a la muerte de Stieg Larson, alguien llamado Rosencrantz o algo parecido, puede “continuar” su trilogía como franquicia, y muchas más, impublicables, sobre los personajes que impiden la circulación libre de la literatura: las viudas. A pesar de nuestras dudas, decidimos hacerlo, no por cubrir de prestigio literario a esta columna sino porque era Semana Santa y los correctores se habían presentado a trabajar en bermudas y huaraches con calcetín. A continuación, dado el espacio que nos permite el diseñador –que se presentó a trabajar con un daiquirí–, damos a conocer tan sólo extractos, sacados al azar, antes de salir en tropel hacia el ansiado balneario. Gabriel García Márquez Años después, en su lecho de agonía, Aureliano Sombra habría de recordar la ventosa mañana de junio en que entró a su recámara para toparse con Úrsula Decimoprimera, nieta y, al mismo tiempo, madre de José Arcadio que, como se recordará, habría, en el tercer capítulo, de conocer por tercera vez las mariposas amarillas que habrían de dejar los payasos y alquimistas que llegaron de Cucubé, aunque, en realidad, eran alemanes. Así, de frente, Aureliano Sombra trató de poseer a quien sería su prima como se lo revelaría Melechor Segismundo en la ciudad de los 32 campanarios, una tarde lluviosa en que años después, pero antes de su agonía, se quedó ciego. Pero, ahora, restablecido a la vida por las artes por la bruja Madagascar, y rejuvenecido por el episodio en que todos los animales copularon con tanta violencia que se les cayó la luna encima, Aureliano Sombra tomó con fuerza las caderas magnéticas de su atónita e hiperbólica prima. Pero ella lo rechazó con la vergüenza de la que habría abrevado en el río de la ciudad de los 32 campanarios, una tarde lluviosa de junio, muchos años antes de que se perdiera para siempre entre los tumultos de la feria de máquinas de artificio, los hombres convertidos en lagarto de Komodo por desobedecer a sus tías, y una gitana joven que, muchas semanas antes, supo que se llamaba María Sirloin. Con la vergüenza todavía convertida en cascadas, Úrsula Decimoprimera tuvo el desplante de huir de la recámara. Agitado, sudoroso, Aureliano Sombra quedó a merced de las sombras proyectadas por el retablo de Pilar La Menonita, pintado una tarde lluviosa de junio que ya nadie recordaba. Juan Rulfo Tuvimos que desenterrar a Pánfilo con nuestras propias manos. Divinidad lloró quedito con las manitas puerquitas de lodo y su aire lleno de muerte. De regreso a Zonzontla de los Reyes nuestros pasos sonaban en la penumbra de los espectros como los golpes que Pánfilo había recibido en plena cara con una pala. Porque lo cierto es que entre Divinidad y yo matamos a Pánfilo. La pala ni era nuestra. La robamos del cacique de Tlapa porque nosotros semos tan pobres. La idea de enterrarlo en Tlapa fue mía. Pánfilo siempre quiso ir. Y pues ahí lo llevamos. Y ahí se murió. Lo desenterramos unas horas después. El cacique nos dijo: –Aquí no lo pueden enterrar. No me malogren mis tierras. No hagan un pudridero. De regreso, cargando a Pánfilo, nos agarró la noche. Jorge Luis Borges El suceso ocurrió a las cuatro de la tarde del día convenido. Alejandro Bariloche abrió el tomo de la S a la V de la Enciclopedia Islandesa de la Juventud, publicado por Sir Thomas Bates, conde de Lawcomery en 1733, y la entrada dedicada al “tigre azul”, ahora decía “tigre azulado”. Nos alteramos a tal grado que comenzamos a tomar más té de Twinnings del que nos permitíamos en una tarde convenida. Eran las cuatro de la tarde y creímos que el hallazgo nos autorizaba para romper todas las normas a las que nos habituamos en el sótano de las enciclopedias. Tratamos de subir la escalera a las cuatro y cuarto pero descubrimos que un tigre nos acechaba desde arriba. Nota final a los lectores Esperamos que hayan sentido la misma desazón que los editores de esta columna padecimos al descubrir que sí, que la lengua castellana, a más de 1001 años de creada, todavía tiene inéditos. l

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