Dilma y nuestro abismo

lunes, 2 de mayo de 2016
CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- El proceso político en contra de Dilma Rousseff se ha tratado de fundamentar en la acusación de que manipuló las cuentas públicas. Según la Constitución brasileña, para destituir a un presidente es necesario que haya cometido un “delito de responsabilidad”. Como este “maquillaje de cifras”, además de ser una costumbre burocrática, no alcanza esa dimensión, lo que esta jugada parece es un intento de golpe de Estado disfrazado de remoción democrática. La semana pasada la Cámara de Diputados ya resolvió en su contra y ahora el pleno del Senado y el presidente del Supremo Tribunal Federal decidirán si Rousseff cometió o no el “crimen de responsabilidad”. Si el Senado ratifica la decisión de los diputados, será reemplazada por el vicepresidente Michel Temer, uno de los instigadores de este golpe y cómplice del presidente de la Cámara de Diputados, Eduardo Cunha, quien aceptó el pedido de juicio de destitución por venganza, ya que el Partido de los Trabajadores (PT) apoyó una investigación en su contra en el Comité de Ética de esa Cámara. Hoy Cunha enfrenta un proceso en el Supremo Tribunal Federal por haber ocultado en Suiza 5 millones de dólares, posiblemente de sobornos cobrados a empresarios para facilitarles contratos en Petrobras. A diferencia de la situación de Cunha y otras figuras políticas involucradas en el escándalo de los sobornos y las “comisiones” en Petrobras, no existe ninguna investigación ni denuncia por corrupción en contra de Rousseff. El clima de polarización política y de linchamiento contra Dilma, y también contra el PT y la izquierda, ha sido alentado por grupos empresariales, entre los que destaca el grupo dueño del diario O Globo. El diario Folha publicó la declaración de uno de los hombres de confianza de Temer sobre cómo los empresarios pusieron a disposición del vicepresidente aviones para trasladar a diputados que a última hora decidieran volar a Brasilia para apoyar la destitución de Dilma. Paralelamente el ministro de Justicia ordenó a la Policía Federal abrir una investigación sobre una posible “corrupción activa por parte de los empresarios” para el traslado de los congresistas. También Temer recibió el apoyo público de la Federación de Industrias de Sao Paulo, la cual se manifestó en contra de Rousseff y prestó sus instalaciones a manifestantes a favor de la destitución. En el Parlamento ocurrió un incidente oprobioso: al momento de votar a favor de la destitución, el diputado Jari Bolsonaro alabó la figura del coronel Brilhante Ustra, uno de los jefes del aparato represivo de la última dictadura de Brasil (1964-1985), acusado de coordinar sesiones de tortura. Dilma Rousseff, quien fue detenida y torturada durante la dictadura, respondió: “Son lamentables las expresiones de odio e intolerancia. Estuve presa y conocí a este señor y puedo decir que fue uno de los mayores torturadores de Brasil. Es terrible que alguien lo nombre al votar en el Congreso”. ¿Cómo se ha llegado a esta situación? La derecha ha visto una rendija para avanzar sobre el poder, pero ahora sin violentar la democracia formal, sino haciendo uso de triquiñuelas políticas entre las que destaca el linchamiento mediático. Este fenómeno es fundamental para el capitalismo salvaje que hoy nombramos “neoliberalismo” (desposesión, despojo, concentración de la riqueza), que erosiona y socava el proceso político democrático con la fuerza de los grandes poderes económicos. Pero, además, en el desfachatado apoyo a la destitución de Dilma hay otro elemento: el machismo. La propia Rousseff lo ha señalado: “Esto no pasaría si el presidente fuese hombre. Percibo varios tipos de violencia y hay mezclado también algún grado de prejuicios que vinculo a mi condición de mujer”. A la presidenta la han calificado de “histérica” y también de “autista”, dos términos con los que, más que describirla, se pretende agredirla. Ella es una mujer que no usa las “tretas de la feminidad” para hacer política, y eso le ha representado un costo muy alto. Dilma es lo opuesto a la “suavidad” que se espera de las mujeres, y aunque durante su campaña tuvo que hacer concesiones para “feminizar” su imagen pública, es considerada una mujer dura. Hoy Brasil está al borde de desbarrancarse a un abismo. Obvio que ciertos procesos, como la indudable crisis económica y política por la que está transitando, favorecen el surgimiento de este horror. Pero en la pelea contra esta nueva versión de “golpe de Estado” empieza a asomar el apoyo de una ciudadanía que reconoce los intereses oscuros que están detrás de la jugada de la destitución. ¿Qué tan decisivo será el respaldo ciudadano, cuando hay una prensa mayoritaria en contra y la labor de zapa de las Iglesias católica y evangélica a esa “comunista y atea”? Apenas hace poco en las calles las movilizaciones se expresaban por la destitución; sin embargo ya la semana pasada se pudo observar que en la disputa en el espacio público se empiezan a ver muchos grupos ciudadanos defendiendo a la presidenta. El abismo que amenaza a Brasil está presente en todas las incipientes democracias latinoamericanas: legalidad del voto versus poder económico. Ojalá que nuestros hermanos brasileños puedan transitar hacia formas democráticas y evitar el abismo.

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