La dimensión política de las palabras

domingo, 18 de septiembre de 2016
CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Hace algunos días Nicolás Alvarado, director de TV UNAM, renunció luego de haber escrito un irónico artículo periodístico sobre Juan Gabriel. A lo largo de la semana el debate en torno se ha centrado no sólo en la importancia de definir los límites de la libertad de expresión sino también en la de tomar en cuenta el lugar que tiene quien habla y las implicaciones ético-políticas que ese lugar conlleva. Si Alvarado hubiera asumido lo que conlleva el importante cargo universitario que ocupaba, su texto no hubiera desatado el escándalo y su posterior renuncia. No comentaré todo el artículo, sino sólo el uso de la palabra nacas para calificar las lentejuelas que usaba Juan Gabriel. Naco/a es un término con gran connotación clasista. Según el Diccionario de mexicanismos de la Academia Mexicana de la lengua (Siglo XXI) naco tiene un uso coloquial despectivo que se refiere a la “Persona tonta, ignorante, vulgar”; califica a una “Persona de bajos recursos, despreciada por su estrato sociocultural bajo” y también se usa para describir “algo vulgar, sin refinamiento”. Cuando las redes sociales difundieron a una velocidad asombrosa el artículo de Alvarado y estalló el escándalo, lo que algunos estudiantes me preguntaron fue si el director de TV UNAM los veía a ellos como nacos. “Si dice que las lentejuelas de Juan Gabriel son nacas y a mí me gustan, ¿entonces yo también soy naco?”. Ahora bien, ¿es creíble que Alvarado ignorase lo que sus palabras iban a suscitar entre la comunidad universitaria? Probablemente sí. ¿Hubiera importado que alumnos y profesores de la UNAM se sintieran ofendidos si Alvarado no hubiera sido el director de TV UNAM sino solamente un crítico cultural? Probablemente no. Discrepo de la utilización del término “naco” por su arrogancia elitista, incluso cuando se lo enuncia en privado. Probablemente el texto de Alvarado no tenía la intención de ofender, sin embargo, cuando apareció publicado varias personas acudieron al Conapred a poner una queja, lo que acabó en que la institución siguiera el curso del procedimiento, y emitiera unas medidas –básicamente pedir una disculpa y tomar una sesión de sensibilización. Esto atizó el debate: por un lado, quienes calificaron ese procedimiento, que es estándar, como “censura” y por el otro, quienes consideraron que era una decisión acertada a favor de preservar el disenso no insultante en el espacio público. La acción de Conapred se retiró después, al renunciar Alvarado, pues dejó de ser un servidor público. Cuando alguien acepta un cargo de alta responsabilidad en la UNAM se vuelve no sólo un servidor público sino también una de las caras públicas de dicha institución. Cuando habla un alto cargo universitario, la que habla es la UNAM. Y que un alto funcionario universitario muestre públicamente su rechazo ante cierta música o cierta apariencia del cantante con un término cargado de clasismo despreciativo es inaceptable. Las palabras expresan determinados valores y cierta perspectiva política. Naco es una palabra que implica desprecio y genera diversas formas de ofensa, malestar o resentimiento. Ante la constatación de la agresión que producen ciertos epítetos, en varias sociedades se ha desarrollado el concepto de “discurso de odio”. Tal vez habría que analizar si la variante del “discurso despreciativo” cabe dentro de esa conceptualización. La importancia de las palabras también depende del subtexto que traen consigo, del contexto en que se enuncian y del lugar social de la persona que las dice. En la UNAM existe un marco de libertad que habilita a debatir ásperamente, a decirse críticas duras, incluso a expresar total rechazo por el pensamiento o las acciones de colegas y alumnos. Pero dentro de este marco, que requiere sin duda civilidad y prudencia, no cabe un término despreciativo y clasista como naco. ¡Y menos aún en boca de una cara pública como el director de TV UNAM! La lección que deja este incidente es significativa, sobre todo en un momento donde gran parte del espacio público ocupado por los medios de comunicación se ha transformado en la sede de la agresión y la burla humillante, y muchas personas son atacadas, denigradas o maltratadas. Ante ello una función de la televisión universitaria podría ser la de alentar el disenso respetuoso, incluso cuando la discusión es pasional. Aunque en lo personal, Nicolás Alvarado tiene todo el derecho a pensar como quiera, con su irreverente humor snobista; también es cierto que el uso de determinadas expresiones implica una perspectiva ante la vida. Ya lo decía Freud: existe una relación entre el chiste y el inconsciente. Para los lectores de Alvarado, que lo valoran como un crítico cultural inteligente, culto y con sentido del humor, es lamentable su faux pas como funcionario universitario. Pero en la UNAM no se podía aceptar que se expresara, aunque supuestamente fuese con humor, con antivalores discriminatorios como los que contiene la palabra nacas. Al ser el director de TV UNAM, Alvarado tenía la responsabilidad de transmitir, en sus opiniones públicas, la postura implícita en la visión y misión de la UNAM, en especial los valores de respeto, tolerancia e inclusión social.

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