Trump percibió el miedo de Peña y se abalanzó

lunes, 30 de enero de 2017
CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Hasta el momento, salvo la decisión de no asistir a la reunión con Donald Trump, todas las decisiones de Enrique Peña Nieto respecto a su trato con el flamante presidente de Estados Unidos han sido equivocadas y generaron impactos negativos, particularmente para México. Haberlo invitado a visitar el país y darle trato similar al de un jefe de Estado fue el primer gran error, que tuvo varias consecuencias negativas; primero, porque lo recibió justo cuando, como candidato republicano, aquél se encontraba en el nivel más bajo de preferencia electoral y con una tambaleante campaña (Proceso 2079) –si bien ésta no fue la única razón, sin duda contribuyó al triunfo de Trump–; segundo, porque el mandatario mexicano violentó los principios diplomáticos más básicos de no entrometerse en los procesos electorales de otros países; tercero, porque contribuyó a demeritar más la ya de por sí débil imagen presidencial ante el repudio generalizado que las injurias de Trump provocaron entre los mexicanos. Pero el cuarto aspecto es el peor de todos, pues al contrario de lo que reiteran Peña Nieto y el gestor de la reunión, Luis Videgaray, la visita, en lugar de modular las intenciones del hoy presidente norteamericano, las exacerbó al percibir la debilidad del gobierno mexicano, su pavor ante las amenazas del entonces candidato y el grado de sumisión al que estaba dispuesto a llegar. Más allá de que ahora es más evidente que Trump no escucha razones respecto de ningún asunto, simplemente impone su voluntad al tomar conciencia de la actitud sumisa del gobernante mexicano. De ahí que haya elevado sus demandas y sus ataques. Se ensañó, pues, ante la debilidad de sus anfitriones, y ese mismo día dejo plena constancia de ello en la conferencia de prensa conjunta, y todavía más en el discurso de inicio de campaña en Arizona. Ante la indignación ciudadana, Peña Nieto tuvo que sacar de su gabinete a su “vicepresidente económico” e interlocutor informal con la familia Trump (Proceso 2080), Luis Videgaray, quien en los hechos se mantuvo siempre cerca del gobierno y esperando el mejor momento para regresar. En la víspera de la toma de posesión de Trump, nuevamente, como en septiembre del año pasado, el gobierno de Peña Nieto decidió que la mejor forma de tratar con el hoy presidente era colocando en la Secretaría de Relaciones Exteriores al amigo de Jared Kushner, yerno de Trump y su asesor especial en la Casa Blanca. Lo que el presidente y Videgaray consideraron como una muestra de buena voluntad, Trump lo leyó como otra muestra de extrema debilidad y empezó a concretar sus promesas de campaña. Hoy es más evidente que nunca que Trump se ensaña con los débiles; como Peña y Videgaray se empeñaban en comunicarle su debilidad, todas las declaraciones, decisiones y acciones de Trump tenían exactamente el efecto contrario al que esperaban. En la misma dinámica, de inmediato, se aprestaron a concretar primero la visita de dos secretarios de Estado (Luis Videgaray, de Relaciones Exteriores, e Idelfonso Guajardo, de Economía) a Washington para dialogar con los asesores presidenciales de Trump sin agenda previa, como si el gobierno mexicano fuese el interesado en renegociar el Tratado de Libre Comercio y discutir la construcción el muro. No conformes con eso, programaron una visita del presidente Peña Nieto para el martes 31 de enero, pero incurrieron en un error de kínder al no tener acuerdos previos que les garantizaran que, en el peor de los casos, regresarían con algunas noticias tranquilizadoras, y, en el mejor, que habían logrado transmitir sus inquietudes a Trump y éste aceptaba discutir sus políticas con las autoridades mexicanas. Nuevamente Trump se aprovechó de la actitud mexicana, y mientras los secretarios mexicanos volaban al vecino país, él anunciaba que al día siguiente (en el momento en el que Videgaray y Guajardo estuvieran en la Casa Blanca) estaría firmando el decreto administrativo para iniciar cuanto antes la construcción del muro en la frontera con México. Pero la gran ofensa no agravió a los ministros mexicanos, que continuaron sin cambios su agenda. Incluso Videgaray se vanagloriaba por la noche de que había habido avances en su diálogo con las autoridades estadunidenses. Peña Nieto tímidamente se atrevió a manifestar que lamentaba y reprobaba la construcción del muro y a reiterar que los mexicanos no pagaríamos por ello. Esa sola manifestación provocó la reacción airada de Trump, quien vía twitter le manifestó que si se negaba a pagar el muro era mejor que no lo visitara. Ante ello Peña Nieto no tuvo otra opción que cancelar su visita; pero el hecho de que los dos secretarios continuaran con su agenda en Washington hasta la tarde del jueves 26 evidencia nuevamente la sumisión del gobierno mexicano, pues en el momento en el que se anunció la cancelación de la visita, también se debió ordenar el regreso inmediato de los dos altos funcionarios mexicanos para revisar la posición de México frente a las agresiones del nuevo presidente de Estados Unidos. Si el día de su toma de posesión como secretario de Relaciones Exteriores Videgaray dijo que llegaba a este puesto a aprender, en su primera misión importante como titular de la dependencia mostró su incapacidad para ello. No solamente fracasó en su intento de negociación con el gobierno encabezado por Trump, sino que provocó una nueva humillación al gobierno mexicano. La cancelación de la visita no basta. México tiene que diseñar e implementar una estrategia totalmente distinta a la que ha seguido hasta ahora, y Videgaray ya demostró que es incapaz de hacerlo. Aunque parezca apresurado, después de que apenas el 4 de enero nombró a Videgaray como secretario de Relaciones Exteriores, Peña Nieto tiene que designar a alguien conocedor de las prácticas diplomáticas, provisto de sólidas habilidades de negociación y con un carácter templado que le permita enfrentar la ofensiva del vecino del norte. La presencia de una amenaza extranjera es el mejor elemento para lograr la unidad nacional, pero no cuando lo que guía las acciones para enfrentarla es la sumisión. El enemigo es poderoso y la respuesta es titubeante y equivocada. Si Peña Nieto quiere concluir su mandato, le urge un secretario de Relaciones Exteriores, pues los dos últimos que han pasado por ese despacho no han fungido como tales. Este análisis se publicó en la edición 2100 de la revista Proceso, del 29 de enero de 2017.