Profetas

domingo, 18 de marzo de 2018
CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Durante una entrevista en la Universidad de Princeton, en abril de 1998, Ricardo Piglia, el novelista y crítico argentino cuya muerte los medios mexicanos no consideraron una pérdida digna de mencionar, dijo sobre Octavio Paz: Fue un intelectual de nuevo tipo, digamos, el primero que se dedicó sistemáticamente, no a crear focos de discusión alternativos o contrapúblicos, sino a reproducir, a legitimar y a “modernizar” los temas y las cuestiones que quería imponer el Estado y que preocupaban a la cultura dominante. Paz intentó conservar una función que la sociedad había perdido y la conservó a cambio de perderlo todo, a cambio de excluir la literatura para conservar la figura pública del escritor como ideólogo. Paz fue un gran periodista, un excelente divulgador de hipótesis y teorías que entendía mal y transmitía bien. Me interesa la idea de Piglia sobre el desplazamiento del lugar desde el que hablan los intelectuales. Esta semana, dos de ellos dijeron o escribieron opiniones que parecen venir de otro lugar, distinto al que Paz quiso, al final, para sí. Uno fue el Premio Nobel de Literatura, Mario Vargas Llosa, con aquello de que el triunfo de una opción democrática en México sería “un retroceso político”, y el ingeniero Enrique Krauze con aquello de que uno de los candidatos, de llegar al poder por la vía la electoral, va a instaurar una monarquía. La última vez que los vi coincidir fue en el Encuentro Vuelta, organizado por Octavio Paz y Televisa, entre agosto y septiembre de 1990. El encuentro se llamó “La experiencia de la libertad”, una frase tomada, sin darle crédito, de un manifiesto del filósofo checo Jan Patocka. Me resulta curioso que Paz y su grupo tomaran la frase fuera del contexto: “La experiencia de la libertad”, escribe Patocka, “consiste en la insatisfacción ante lo que nos es dado”. Aquel encuentro terminó en una exclusión de todos los pensadores de la izquierda mexicanos –Luis Villoro, Pablo González Casanova, Adolfo Gilly, entre otros– y en un debate entre los conservadores de si México era “la dictadura perfecta” –Vargas Llosa, antes de ser invitado a abandonar el país– o “un régimen de partido dominante hegemónico” –según Octavio Paz, “una anomalía mexicana”–, y que me regaña al moderador de la mesa, Krauze, que se atreve a decir “dicta-blanda”. Es 1990 un año clave para los grupos intelectuales mexicanos que se acomodarán en el respaldo al fraude electoral de 1988. Hacia el final del año, los dos grupos, Vuelta y Nexos, tendrán la oportunidad de definir de dónde provienen sus financiamientos: la televisora más poderosa en habla hispana en ese momento y el recién creado Consejo Para la Cultura y las Artes de Carlos Salinas de Gortari. Pero no tomarán la oportunidad y todo terminará en una rebatiña por las becas y la publicidad oficial para sus revistas. El tema de la dictadura de Partido Único, contra la que Patocka luchó en Checoeslovaquia en los años ochenta, era importante para los intelectuales mexicanos que buscaban –buscan– legitimar los discursos de la clase dominante. Si el Partido Único era el Partido Comunista en Europa del Este, en Cuba eso estaba mal. Si era el mexicano, como dice Vargas Llosa en 1990, “que financia a los intelectuales para que lo critiquen”, eso era sólo una “anomalía”. El Estado mexicano es, para el Paz final, una excepción, una cosa folclórica. No es comparable con ningún régimen. Por esos días, los asesores de Salinas de Gortari encuentran, geniales, la categoría de “Partido Dominante”, ¡en Japón! Y hasta editan un libro del Fondo de Cultura Económica con la comparación con el PRI. El lugar desde donde Paz hablaba y para quien lo hacía se había desplazado, tal como dijo Piglia, desde los años cincuenta, al salinismo. En su texto dedicado al Partido Único, El ogro filantrópico, de 1979, encontramos a un primer Paz creyente en una utopía campesina –“populista”, dirían hoy algunos de sus “herederos”–: “Como sistema de producción el ejido es inferior a la agricultura capitalista. Pero el ejido no sirve para producir más, sino para vivir mejor –para vivir de una manera diferente, más justa, armoniosa y libre que la actual. Su función consiste en ser la base económica de un tipo de sociedad que está igualmente lejos del modelo capitalista y del modelo que, sin mucha exactitud, se llama socialista”. Es el Paz que ve en Emiliano Zapata y en las culturas indígenas una alternativa no-capitalista a la forma de vida de los dos bloques, el norteamericano y el soviético. Es un Paz para quien la excepción no es el Estado, sino la sociedad que domina. Pero para 1983 el poeta ha variado su opinión y escribe en “Tiempo nublado”: “los norteamericanos comparten creencias, valores e ideas; libertad, democracia, justicia, trabajo… pero todas ellas son medios. Los fines últimos de sus actos y pensamientos no son del dominio público, sino del privado. La Unión Americana ha sido la primera tentativa histórica por devolverle al individuo aquello que el Estado, desde el origen, le arrebató”. Desde entonces, para Octavio Paz decir “democracia” es decir el sistema político norteamericano que sirve al individualismo del consumo privado. En el caso de México, ya no es un régimen de Partido Único hábil para corromper, mentir y defraudar, sino uno que entrará a un “bloque norteamericano, fuera de América del Sur”. En 1988, desde el diario La Jornada, Paz sostuvo “el triunfo claro e inobjetable” de Carlos Salinas de Gortari, regañó a Cuauhtémoc Cárdenas por “ver hacia el pasado” y comentó sobre las reformas privatizadoras: “hay que perfeccionar estas reformas y, sobre todo, completarlas con una vigorosa política social. Ese es el sentido del programa Solidaridad”. Con ese apoyo acrítico del salinismo –no en balde el Premio Nobel tuvo su primer encargo presidencial como prologuista de la exposición que acompañó la campaña para firmar el Tratado de Libre Comercio de América del Norte, “México, esplendores de 30 siglos”–, Paz desplaza el lugar de enunciación, del escritor en busca de una utopía anclada en el pasado indígena –sin jamás darle crédito a Juan Pérez Jolote, de Ricardo Pozas– a un aplaudidor de la modernidad entendida sólo como privatización. Ya no se dirige como crítico a un público que es su igual, sino que se encuentra suspendido entre la clase gobernante y la del vendedor de verdades más o menos verosímiles. Hay una desprotección del intelectual en sus propios dominios porque ha sucumbido a la batalla entre la esfera pública y la de los poderosos. El “esto es así, ¿no es cierto?”, de Dickens ya no era posible para el poeta laureado. El sentido común, la “metapolítica” como supervisión de los asuntos públicos desde la autoridad moral de los no involucrados, la ocurrencia de vínculos entre temas distintos, y el repudio a las fórmulas –en algún momento de 1977, Carlos Monsiváis le refinó a Paz: “No es un hombre de ideas, sino de recetas”–, se extinguieron en una esfera, la del poeta galardonado –no “popular” como Jaime Sabines y Efraín Huerta– que ya nunca puede volver a ser voz de sus iguales. La salida de Octavio Paz fue una ideología que parecía zafarse de la ideología: lo “democrático” como el mejor arreglo posible al desacuerdo y el mercado norteamericano como un estado natural. Por lo tanto, lo que en la “guerra fría” había sido ideológico se convertiría, casi 30 años después, en tratar de endilgarle “el “comunismo”, lo “ruso”, lo “cubano” –de ahí, Venezuela– a todo lo que preocupe a la clase en el poder. Este discurso de vocería del poder va del entendimiento del presente al vaticinio de la profecía. Del lema de Dickens a “no voten como insensatos” a “instaurará una monarquía caudillista” hay una superioridad de profetas, no construida en la esfera de la opinión pública, sino en la cercanía con los dominios del cortesano. En esta semana, varios intelectuales se olvidaron de que la literatura es más verdadera que la política porque, justo, sabe que no sabe de qué habla. Esta columna se publicó el 11 de marzo de 2018 en la edición 2158 de la revista Proceso.

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