Internet del consumo, la producción y los sentidos  

miércoles, 14 de octubre de 2020 · 15:26
CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Hoy la Internet conecta personas para comunicarnos, muy pronto conectará cada vez más cosas para automatizar las actividades productivas y en el futuro conectará nuestros sentidos para que el cerebro humano se convierta en su propia interfaz. Internet es un conjunto descentralizado de redes de comunicación interconectadas entre sí de alcance mundial. Desde sus orígenes hasta nuestros días hemos empleado esa red para comunicarnos, por eso existen 8.3 billones de suscripciones de telefonía móvil utilizadas por 7.8 billones de personas. Sí, existen más teléfonos celulares que individuos y cepillos de dientes: 108 dispositivos por cada 100 habitantes (UIT). Además de comunicarnos, esa Internet la hemos utilizado para el consumo y el entretenimiento. Por eso, en 2020 cada minuto el mundo subió 147 mil fotos a Facebook, 500 horas de video a Youtube, se transmitieron más de 404 mil horas de contenido en Netflix y Amazon envió cada 60 segundos 6 mil 659 paquetes (Domo). Sin que Internet deje de ser una red de medios que ha facilitado la copia de canciones, películas, libros y noticias para nuestro disfrute, el siguiente paso es enriquecer la Internet del consumo y añadir el Internet de la producción. Si llama la atención que existan más teléfonos que personas, se sorprenderán al constatar que ya existen 12 billones de conexiones máquina a máquina y que llegará a 25 billones en 2025, desde vehículos hasta relojes conectados (GSMA).
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El Internet de las cosas conecta máquinas, dispositivos y electrodomésticos a través de múltiples redes y tecnologías. Estos gadgets conectados incluyen objetos de consumo cotidianos y máquinas de diferentes sectores (salud, energía, transporte) como medidores para signos vitales, cámaras de video vigilancia, medidores de gas o agua, luminarias o semáforos. Estos dispositivos generan datos que, procesados, brindan información que genera valor para la sociedad, los gobiernos o las empresas. El Internet de las cosas permite crear nuevos modelos de negocio, políticas públicas, reducir costos, aumentar la eficiencia empresarial y permitir una mayor innovación. Para los usuarios, las cosas conectadas mejoran su calidad de vida porque pueden hacer un monitoreo de su salud, hacer más eficiente su consumo energético o vigilar de forma remota su hogar. El Internet de la producción va más allá. El objetivo es automatizar los procesos productivos y tener fábricas inteligentes. A esta fase de desarrollo se le ha llamado Cuarta Revolución Industrial. En Alemania recibe el nombre de Industria 4.0, en Estados Unidos de Industrial Internet y Made in China en ese país asiático. El Internet de la producción se sustenta en las capacidades del hardware, el software y las plataformas digitales para automatizar y mejorar la industria mediante las tecnologías de la información, la robótica avanzada y el desarrollo de sistemas de producción ciberfísicos.
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La revolución digital productiva se caracteriza por una conectividad ubicua, móvil, la proliferación de sensores, Inteligencia Artificial y aprendizaje automático. La fabricación se vuelve inteligente porque las cadenas productivas son tanto físicas como virtuales (se seguirán produciendo autos o cualquier mercancía pero a través de sistemas y no mediante mano de obra) y flexibles, para producir mercancías cada vez más personalizadas. Klaus Schwab, fundador del Foro Económico Mundial y autor del famoso libro La cuarta revolución industrial, advierte que estas transformaciones son exponenciales, amplias y profundas. Están llevando a cambios de paradigmas en la economía, los negocios y la sociedad, aún cuando no exista liderazgo ni visión estratégica de quienes toman decisiones desde los gobiernos. Estas tecnologías están fusionando los ámbitos físicos, digitales y biológicos. Sí, ya es posible editar, configurar o modificar el ADN para personalizar organismos vivos. La interrogante no es tecnológica sino ética. “La medicina no ha podido curarme, así que me apoyo en la tecnología para comunicarme y vivir.” La incapacidad motriz y para hablar de Stephen Hawking motivó el desarrollo de la tecnología ACAT (Assistive Context-Aware Toolkit) de Intel, la cual consiste en un sensor de proximidad que Hawking tenía en sus gafas y se activaba cada vez que movía su pómulo; una plataforma de software con un teclado virtual y una simulación de ratón para escribir, y una voz robótica que Stephen identificaba como suya. Los movimientos del pómulo de Hawking se traducían en palabras que eran dictadas en tiempo real por el programa de síntesis de voz.
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Hacia 2030, el cerebro -ya no sólo los smartphones y las cosas conectadas- será la nueva interfaz de usuario. No es tan sorprendente si recordamos que en el cerebro ocurren conexiones mediente estímulos eléctricos. Empresas como Ericsson están desarrollando lo que denominan el “Internet de los sentidos”. Hoy la tecnología sólo ha habilitado la vista, la voz y el oído; falta el gusto, el tacto y desarrollar un entorno de experiencias sensoriales virtuales hiperconectadas. Sin mediar botones físicos ni comandos de voz, con el pensamiento daremos instrucciones, enviaremos mensajes o encenderemos los electrodomésticos. Sí, el pensamiento será el próximo dato personal. Desde ya iniciemos la redacción de la Ley de Protección de Pensamientos que crea el Instituto Nacional de Protección de Datos y Pensamientos Personales. Las empresas, los anunciantes, los gobiernos, los partidos y los políticos estarán interesados en tener acceso y conocer nuestros pensamientos.
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Junto al Internet del consumo y de la producción convivirá el Internet de los sentidos. Nuestro gusto, tacto, olfato, oído y vista estarán conectados a través de sensores y dispositivos cuya apariencia y diseño no imaginamos. Antes de decidir una compra “paladariemos” el sabor digital y conoceremos los nutrientes reales de los alimentos y los productos procesados. Seleccionaremos experiencias olfativas personalizadas en nuestro entorno. Las realidades virtual y aumentada serán cotidianas. Sentiremos en nuestra piel las texturas de las aplicaciones y las cosas. Entenderemos cualquier idioma extranjero en tiempo real porque tendremos integrado el traductor. Surgirán nuevos derechos, leyes, instituciones, políticas públicas, negocios, trabajos… Muchos de esos nuevos servicios y aplicaciones sensoriales terminarán siendo gratuitos y también habrá versiones premium. No es futurismo. Se está invirtiendo en ello, ya hay desarrollos tecnológicos y ya existen antecedentes de esas soluciones. Todo lo mencionado y mucho más va a ocurrir. Casi se me olvida decir que necesitaremos la infraestructura, la capacidad de procesamiento, el almacenamiento de datos y las redes de banda ancha que soporten esos servicios y aplicaciones. Pero sobre todo que permitan ejercer los actuales y los próximos derechos fundamentales del Internet del consumo, la producción y los sentidos.   Twitter: @beltmondi *Presidente de la Asociación Mexicana de Derecho a la Información (Amedi)