La renuncia del presidente

martes, 20 de octubre de 2020
AMLO prometió que renunciaría al cargo de presidente de la República. Supeditó su promesa a que se cumplan dos condiciones: “... a la primera manifestación de 100 mil y que vea que en las encuestas ya no tenga apoyo…”. También hizo una promesa: irse desterrado a Palenque, Chiapas. Faltó que nos prometiera suicidarse cortándose las venas con un pepino. No le crean. Estaba “vacilando”. Es una de las tantas bromas a las que ya deberíamos estar acostumbrados. No habrá tal renuncia. Tanto tiempo y trabajo que le costó llegar al cargo, que no lo va a abandonar, aunque se lo pidan 100 mil personas, 1 millón o más; lo hagan de rodillas, con una penca de nopal adelante y otra atrás. Llegó para quedarse. Qué bueno que no renuncie. Que se aguante. Cuando lo dijo, se volvió a ganar la nota. Hubo ingenuos que le creyeron, entre ellos los de Frena y su plantón en el Zócalo. Oyeron mal. Supusieron que era una u otra condición. Pasaron por alto la conjunción “y” que aparece en la declaración mañanera. Qué pena; van a hacer el ridículo de su vida. Sus casas de campaña, si no las reemplazan o se las sigue llevando el viento, dentro de un año se van a estar cayendo en pedazos. De nada van a valer sus rezos y oraciones. Renunciar al cargo de presidente de la República no es algo inusitado. En el siglo XX algunos presidentes lo hicieron: Porfirio Díaz, Francisco I. Madero y Pascual Ortiz Rubio. En el siglo XIX quienes pusieron el ejemplo fueron Antonio López de Santa Anna, Juan N. Álvarez y Sebastián Lerdo de Tejada, entre otros. La renuncia implica varios problemas: razones para hacerlo, quién conoce de ella, cuál es el procedimiento a seguir y, el último, el relativo a la suplencia.
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El artículo 86 de la Constitución Política dispone: “el cargo de presidente de la República sólo es renunciable por causa grave, que calificará el Congreso de la Unión, ante el que se presentará la renuncia.” El competente para conocer y aceptar una renuncia presidencial es el Congreso de la Unión; puede ser presentada indistintamente ante cualquiera de las cámaras que lo integran. Si AMLO la presenta, yo le aconsejaría que lo haga ante el Senado; es más ponderado. Dado que la facultad de aceptarla está prevista en la fracción XXVII del artículo 73 constitucional, en el supuesto de existir una causa grave, debe entenderse que las cámaras que lo integran la deben conocer actuando en forma separada, sucesiva e independiente. Para que el Congreso de la Unión pueda sesionar en forma conjunta, se requiere que exista un texto expreso; éste existe únicamente por lo que toca a la protesta del presidente de la República, para la apertura del primer periodo ordinario de sesiones, aquella en que se recibe el informe anual y cuando, ante la falta absoluta del presidente de la República, se constituye en colegio electoral para designar al interino o substituto (artículos 87, 69, 84 y 85, respectivamente). Por disponerlo así el Reglamento para el Gobierno Interior, y en acatamiento de una costumbre, también lo hace en las clausuras de los periodos ordinarios de sesiones. En los restantes casos se aplica la regla general que se desprende del artículo 72.
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En el caso de la renuncia que presentó Pascual Ortiz Rubio (que sí fue fundada, pues nadie le hacía caso), por las prisas o por ignorancia, el Congreso de la Unión, en violación del artículo 73, fracción XXVII, la aceptó actuando en cámara única, estando los diputados y senadores juntos en el local de la Cámara de Diputados. Si AMLO cumpliera su promesa, él sabe perfectamente lo siguiente: que no se daría cumplimiento a lo dispuesto por el artículo 86, no estaría de por medio una causa grave, a menos que ahora lo sea el tener que pagar una apuesta; y que, en virtud de lo anterior, concretamente por no existir una causa grave, el Congreso de la Unión, que él domina a través de los legisladores de Morena y sus aliados, la rechazará. Este supuesto contribuiría a fortalecer la figura presidencial. AMLO se podría jactar y decir: “Ya ven, yo cumplí mi promesa, pero el Congreso no me dejó abandonar el cargo. Tengo principio, ideales; no tengo ambiciones; no somos iguales, etcétera”. En su caso, la renuncia debe ser aceptada por mayoría absoluta de los legisladores presentes en cada cámara; eso significa que debe ser aprobada por más de 50% de los diputados y senadores. Sería suficiente con que una de las cámaras que integran el Congreso de la Unión no la acepte, para considerar que la renuncia fue rechazada. No pasaría a la cámara colegisladora. En términos del artículo 72, ya no tendría objeto hacerlo.
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En el supuesto de que, por alguna razón, el presidente de la República que está en ejercicio falte, lo relativo a su suplencia está previsto en los artículos 84 y 85 de la Constitución Política. En el hipotético y lejano caso de que la renuncia del actual presidente de la República fuera aceptada por el Congreso de la Unión, asumiría el cargo, de manera provisional, por un plazo no mayor de 60 días, la secretaria de gobernación doña Olga Sánchez Cordero; es decir, una morenista; lo sería mientras tanto el Congreso de la Unión designe a un presidente interino. Si el Congreso de la Unión está reunido, actuando en cámara única, se debe constituir en colegio electoral. Se requiere un quórum especial: las dos terceras partes del número total de legisladores. La elección de presidente interino la debe hacer por mayoría absoluta, ello implica que saldrá electo otro morenista. Una vez hecha la designación, el propio Congreso debe convocar a nuevas elecciones para elegir a quien deba concluir el periodo iniciado por el actual presidente. Dadas las circunstancias: que la oposición carece de líderes nacionales viables y que las encuestas les son desfavorables, lo más seguro es que quien resulte ganador en las elecciones extraordinarias sea otro morenista. Las elecciones supondrían un gasto extraordinario, lo serían en un doble sentido: por excesivo y por no estar previsto. Por donde se le vea, la renuncia del actual presidente de la República sólo lleva a más de lo mismo. Maquiavelo aconsejaba: nadie se debe dejar caer pensando que habrá quien lo levante. AMLO sabe perfectamente que, si se deja caer, sí habrá quién o quiénes lo levanten. Se llaman legisladores morenistas y aliados que son miembros del Congreso de la Unión; ellos, llegado el caso, rechazarán la renuncia. Es incuestionable que el rechazo lo fortalecería hasta lo indecible. No se debe menospreciar el poder que AMLO tiene de movilizar grandes masas. ¿Los del Frena han pensado en todas esas posibilidades? ¿No han considerado que, al pretender hacer su juego, están haciendo el de otro y que las iniciales de ese otro son AMLO? Al final, cuando veamos que no hubo tal renuncia a pesar del plantón y de los rezos, al recordar la broma, vamos a repetir el dicho: “no me hablen de cosas agrias, que se me destiemplan los dientes”. Este análisis forma parte del número 2294 de la edición impresa de Proceso, publicado el 18 de octubre de 2020 y cuya versión digitalizada puedes adquirir aquí