Opinión

Los retos apremiantes de Biden

Desde Lyndon B. Johnson (1963-1968), no había un presidente que tuviera tanta experiencia legislativa como Joe Biden: 36 años. Y tiene fama de saber atravesar el pasillo y negociar con los republicanos
martes, 10 de noviembre de 2020

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- El próximo 20 de enero, en la terraza del Capitolio, Joseph R. Biden (Joe) jurará con su mano sobre la Biblia que defenderá al pueblo de Estados Unidos, le pedirá a Dios que lo ayude y se convertirá en el presidente número 46 de ese país.

Los retos que enfrenta son formidables, tanto en el frente interno como en el internacional. El número uno está claro: contener la pandemia del coronavirus y reencausar la economía. La segunda prioridad es un tema de fondo y central para gobernar: la reconciliación nacional, cómo evitar que el país siga polarizándose entre conservadores y liberales. El tercero es la reconstrucción del Estado profundo, las instituciones, el servicio civil de carrera y las regulaciones que literalmente permiten ordenar y manejar, es decir, gobernar al país. Finalmente, en el frente externo es regresar o reinventar las alianzas, desde el acuerdo climático de París hasta la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Biden y su vicepresidenta, Kamala Harris, insistieron durante su campaña electoral que Estados Unidos se dirige hacia “el invierno del coronavirus”; es decir, el frío y la falta de prevención están haciendo estragos. El número de contagios diarios al arrancar noviembre ya rebasó los 100 mil y los decesos, en consecuencia, van al alza. Su dilema es: cómo su respuesta sanitaria toma en cuenta la mermada economía y el grave desempleo.

De entrada, el ascenso de Biden significa que en el vecino país habrá un líder que predica con el ejemplo. Ha sido escrupuloso en siempre usar un cubrebocas. No sólo no despedirá al doctor Anthony Fauci, la gran autoridad estadunidense en epidemias, sino que ya ha dado muestras de que trabajará, hombro con hombro, con la comunidad científica.

El gran reto será lograr un acuerdo bipartidista para un segundo rescate económico. Éste se ha escabullido por una pugna entre los demócratas, en control de la Cámara Baja, que exigían ayuda masiva para las pequeñas y medianas empresas, pero el Senado republicano se convirtió en un muro infranqueable.

Es casi un hecho que Biden no logrará la mayoría en el Senado. Tendrá que enfrentar, en éste y en todos los otros desafíos, la férrea resistencia de Mitch McConnell, el líder de la mayoría republicana, quien logró su séptima reelección en el estado de Kentucky y es un astuto y despiadado estratega. 

La prueba de fuego del nuevo mandatario estará en trabajar y lograr consensos mínimos con el Senado. McConnell y sus correligionarios le arruinaron a Obama su segundo cuatrienio (2012-2016). Ahora bien, desde Lyndon B. Johnson (1963-1968), no había un presidente que tuviera tanta experiencia legislativa como Biden: 36 años. Y tiene fama de saber atravesar el pasillo y negociar con los republicanos.

Esta capacidad de escuchar y entender al contrario será central en su segundo gran reto: iniciar el proceso de sanación de la enfermedad del alma social de Estados Unidos: la polarización.

Biden empezó con el pie derecho. En su primera declaración, cuando ya era claro que la votación le favorecía, enfatizó: “Hice campaña como demócrata, pero gobernaré como un presidente americano.”

El legado político de Biden se medirá con base en lograr, o iniciar al menos, un proceso de reconciliación nacional entre dos universos de electores que se han vuelto antagónicos: los republicanos y los demócratas. Como advierte la profesora de derecho de la Universidad de Yale, Amy Chua: “Hoy ningún grupo en Estados Unidos se siente tranquilo en sus dominios…Cada grupo se siente atacado, espoloneado contra los otros grupos no sólo por los empleos y recompensas, sino por el derecho a definir la identidad de la nación”. En estas condiciones, subraya, “la democracia se transforma en un juego de suma cero”. Esto es, lo que unos ganan lo pierden los otros.

El tercer reto del demócrata será reconstruir todo lo que destruyó Trump del llamado “Estado profundo”; es decir, las instituciones, la burocracia profesional y las regulaciones que ordenan y manejan al país vecino del norte.

“Presente en la destrucción”, titula Richard Haass, el presidente del Council on Foreign Relations, su reciente artículo sobre el desmantelamiento trumpeano del entramado institucional global y las alianzas de la post Segunda Guerra Mundial. 

Parafraseando a Haass, en cuatro años la administración Trump fue central en demoler aceleradamente el llamado Estado profundo. Por ejemplo, Samantha Gross, investigadora del Brookings Institution, precisa que en cuatro años el gobierno de Trump ha realizado 74 acciones con la intención de debilitar la protección ambiental. En el tema de la migración la embestida fue brutal. Según el Migration Policy Institute, se realizaron más de 400 decretos o acciones administrativas para frenar la migración tanto legal como ilegal.

Esto implica que en numerosos sectores de gobierno se requerirá de paciencia, imaginación y compromiso para reconstruir los destrozos y regresar al status quo pre-Trump en cuanto a las capacidades del Estado.

En el escenario global, el nuevo inquilino de la Casa Blanca no tendrá curva de aprendizaje. Presidió cerca de cuatro años el Comité de Asuntos Internacionales del Senado y sus ocho años de vicepresidente le dieron una preparación sustantiva.

Su reto internacional es doble: cómo replantear la rivalidad con China y cómo reestablecer sus alianzas tradicionales, desde la Organización del Tratado del Atlántico Norte, hasta su sociedad con la Unión Europea, y desde luego con su entorno geográfico, América del Norte.

Según Jim Steinberg, exnúmero dos del Departamento de Estado bajo Hillary Clinton, estamos entrando a una nueva etapa bipolar y de rivalidad brutal entre China y Estados Unidos. Hay un consenso bipartidista en Washington sobre la emergencia de China no sólo como la nueva potencia económica y militar, sino que está construyendo sus propias instituciones y arreglos globales que contenderán con el mermado orden liberal proamericano. 

En su reposicionamiento hacia China, la Unión Europea y América del Norte serán clave para Biden. Esto podría implicar que los vecinos no sólo seamos vistos como socios económicos, sino también estratégicos. Ottawa está preparada. Habría que preguntarse cuál sería la respuesta de Andrés Manuel López Obrador. Más aún, si regresamos a un mundo bipolar, los grados de libertad para nuestra acción en el mundo se reducirán.

Desde que Franklin D. Roosevelt asumió la presidencia en 1933, Estados Unidos no enfrentaba una crisis multifacética como la actual. Joe Biden, con su larga trayectoria pública, sabe a lo que se enfrenta. Le resta demostrar que, al ir sorteando uno a uno los retos apremiantes de Estados Unidos, crecerá y será el primer visionario estadunidense del tercer milenio.

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