Opinión

La fuerza del llamado 'populismo'

"Las palabras develan la realidad. Pueden unificar la vida de la polis. Pueden, en cambio, mal usadas, encubrir la realidad, alimentar el odio, desvirtuar la memoria, fabricar ilusiones, explotar la ignorancia."
martes, 17 de noviembre de 2020

En La lengua del Tercer Reich, Víctor Klemperer se asombraba de que después de la derrota de Alemania, muchos alemanes continuaran creyendo en Hitler. Para ellos, el hundimiento de Alemania nunca fue responsabilidad del Führer, sino de su gabinete o de la Wehrmacht o del propio pueblo, como lo señaló el propio Hitler antes de su suicidio. No importaron sus mentiras, su discurso bélico, su racismo, los millones de muertos, el sacrificio de una nación en aras de una espantosa abstracción. Para ellos, como para los supremacistas blancos de Estados Unidos, Hitler no se había equivocado.

Setenta y seis años después, ese tipo de seres vuelven a surgir, sobre todo en el continente americano, seres que, guardando las debidas proporciones, no sólo hacen de la mentira, la violencia, el desprecio y la polarización el centro de su discurso, sino que, pese a la destrucción que provocan, siguen siendo respetados, apoyados, exculpados e incluso adorados por una buena parte del electorado que los llevó al poder. Hoy a esos seres se les llama “populistas”.

No sé si el término es correcto. El “populismo” (“doctrina del pueblo”) es una especie de palabra ambigua. Sirve para calificar cualquier tipo de autoritarismo, sea de derecha, de izquierda o neoliberal, tenga tintes fascistas, comunistas o simplemente nacionalistas. Una palabra sin forma que se acomoda a todo y, en consecuencia, a nada.

El fenómeno, sin embargo, está allí. Se vivió en la Alemania nazi. Se vive en México, en Brasil, en Venezuela y, pese a la derrota electoral de Trump, en Estados Unidos. ¿Más allá de definiciones fallidas, cuál es la fuerza que lo ampara? El lenguaje.

Las palabras no son inocentes. Desde que el judeocristianismo la imaginó como el acto creador y el ser de Dios, y Sócrates inventó el diálogo como un camino a la verdad, la palabra para Occidente tiene un carácter fundante y, como tal, dice Platón en el mito de Thamus, la condición de un farmakon: algo que puede ser un elixir y, al mismo tiempo, un veneno. Un aforismo de El libro de los proverbios (18-21) lo resume: “La vida y la muerte están en poder de la lengua”.

Las palabras develan la realidad. Pueden sacar a un ser humano de sus brumas y su angustia, hacerlo florecer, preservar la memoria de la historia, contener el sentido e iluminarlo. Pueden, en un profundo y largo diálogo, unificar la vida de la polis, orientarla en el común y crear sólidas políticas públicas. Pueden, en cambio, mal usadas, encubrir la realidad, reducirla a un asunto maniqueo, alimentar el odio, desvirtuar la memoria, fabricar ilusiones, explotar la ignorancia, hacer que el resentimiento y la violencia adquieran en la vida pública derecho de ciudadanía.

Pueden, por lo mismo, proyectar sobre las personas que las malversan la fuerza creadora de Dios: yo soy la palabra que, por el acto de ser palabra, encarna sus ilusiones y sus sueños. En la simplicidad de mi palabra el mundo vuelve a nacer.

Son dos formas distintas de su uso. Uno difícil, atento a la complejidad de lo real. No un acto mágico, sino un proceso lento, que sabe discernir y enmendar, como el de la creación del arte, que imita la creación de Dios. Un proceso que es indisociable de la proporción: el orden de las cosas (logos no sólo es palabra, es proporción) y que se rige por lo conveniente: la moral.

El otro, perverso, mágico, en su sentido infantil, que reduce la realidad a fuerzas buenas y malas; que suple el orden de las cosas por el deseo y la moral por la ocurrencia. Un uso de la palabra que, como un “abracadabra”, hace que el mundo vuelva a ser por el hecho de decirlo y que la ignorancia y el infantilismo ideológico se aprestan a creer: “Ya no hay más corrupción”, dice el presidente AMLO y una parte de la nación se siente liberada.

“En este gobierno hay un punto de inflexión en la tendencia de crecimiento de los homicidios dolosos”, dice Durazo, y esa parte de la nación borra los 70 mil muertos de estos dos años de gobierno. Las corrupciones y los muertos pertenecen al pasado o a su herencia. Quien no lo cree es un traidor y un apóstata que hay que combatir hasta condenarlo o borrarlo del imaginario público.

Ese saber de la palabra pervertida que manejó Hitler ha repuntado en la era de las redes de comunicación. En ella, dice Lyotard, “no interesa tanto la verdad, como la eficacia de la comunicación”, su capacidad, como la del publicista, de imputarle una propiedad mágica a la palabra y hacernos creer en su eficacia.

En épocas de profundas crisis, cuando el futuro está cerrado, el infantilismo suple la exigencia de la palabra y el rigor de su uso. El prestidigitador que la pronuncia es un dios que no debe cuestionarse. En él, la ilusión pervive como una realidad que los malos y traidores frustran.

Responsabilizarlo del desastre es matar la ilusión que produce; destruir la fuerza que el infantilismo y la ceguera ideológica le otorgan. Analogado con San Judas Tadeo, que resuelve causas imposibles, o con Corazón de Jesús, que detiene los males, al pervertidor de la palabra sus fieles le perdonan todo, lo preservan de las violencias y los desastres que crea, ignoran sus mentiras, lo llenan de elogios y combaten en su nombre. Es el signo de periodos miserables.

Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, detener la guerra, liberar a todos los presos políticos, hacer justicia a las víctimas de la violencia, juzgar a gobernadores y funcionarios criminales, esclarecer el asesinato de Samir Flores, la masacre de los Le Barón, detener los megaproyectos y devolverle la gobernabilidad a Morelos.

Este análisis forma parte del número 2298 de la edición impresa de Proceso, publicado el 15 de noviembre de 2020 y cuya versión digitalizada puedes adquirir aquí