Opinión

Los resabios del colonialismo y los bienes culturales

Los bienes culturales forman parte de la historia y la herencia nacionales y, más aún, las modifica elíptica o simbólicamente. El pillaje, favorecido por adquisiciones túrbidas, altera la armonía, la comprensión y la integridad de los monumentos y sitios arqueológicos.
viernes, 11 de diciembre de 2020

No se puede construir una cultura cuyo basamento consiste en el tráfico ilícito de bienes culturales. Una cultura se edifica sobre el respeto recíproco y la interacción cultural.

Frédéric Mitterand, exministro de Cultura de Francia

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- En diciembre de 1923 André Malraux (1901-1976) sustrajo algunas estatuas y figuras del templo de Banseay Srei de Camboya, dedicado al dios hinduista Shiva, ubicado en el complejo arqueológico y religioso de Angkor y uno de los más exquisitos de la cultura Khmer. Malraux y su secuaz Louis Chevasson perpetraron este ilícito con el avieso propósito de comercializar las piezas robadas.

Malraux fue arrestado y sentenciado a prisión por sustracción ilegal de bajorrelieves. En septiembre de 1924 la élite intelectual parisina publicó un alegato en su favor en Les Nouvelles Littéraires; entre los signatarios se encontraban André Breton (1896-1966), Louis Aragon (1897-1982), André Gide (1869-1951) y François Mauriac (1885-1971). Posteriormente Breton, en una narrativa impregnada de resabios colonialistas, manifestaría: “¿A quién ¨[en Camboya] le importa la preservación de esas obras de arte?”

La pena le fue reducida a Malraux, quien en su osadía recurrió a la Corte de Casación parisina para obtener la restitución de su saco (Patrick Howlett-Martin).

Durante la Segunda Guerra del Opio (1856-1860) en China, las tropas británicas y francesas irrumpieron en el antiguo Palacio de Verano (conocido como Jardín del Perfecto Brillo en la cultura china) y cometieron uno de los mayores saqueos de bienes culturales que registra la historia. Este ultraje aún permanece en la memoria colectiva china y se ha convertido en cause célèbre.

El caso dio motivo a una de las condenas más severas en contra del colonialismo: el escritor francés Victor Hugo tuvo el arrojo de escribir una carta insigne dirigida al capitán Butler: “Nosotros los europeos somos los civilizados y los chinos son los bárbaros. Este ¨[saqueo] es una muestra de lo que la civilización le ha infligido a la barbarie”. Una parte de las piezas robadas –que aparecieron después en la colección de Yves Saint Laurent y de Pierre Bergé– la subastó Christie’s en París en 2009 en el Grand Palais.

El año 1897 es una referencia de lo que se ha considerado como un genocidio humano y cultural cometido por las tropas británicas en el contexto de la Expedición Punitiva Benin. Provisto de una inmensa riqueza cultural, el reino de Benin, ubicado en la parte occidental de África –en el territorio de lo que actualmente es Nigeria–, despertaba la codicia imperial.

A la par del dolor humano, la devastación de los tesoros de Benin, especialmente de estatuas de bronce, fue inconmensurable: 327 de éstas se encuentran actualmente en los museos Pitt-Rivers en Oxford, 182 en el Staatliches Museum für Völkerkunde en Dresde, 580 en el Museo Etnológico de Berlín, 167 en el Etnológico de Viena, y 163 en el Metropolitano de Nueva York. Únicamente 30 piezas se localizan en Lagos, después de haber estado en posesión del Museo Británico.

El efecto poscolonialista continuó en el siglo XX. Es célebre la expedición francesa en Dakar-Djibouti (1931-1933) para obtener bienes culturales africanos, que fue documentada por Michel Leiris, testigo presencial de ésta, en su libro L’Afrique Fantôme; otra referencia histórica la aportó el belga Joseph Aurélien Cornet (1919-2004), quien fuera director de los museos nacionales del Congo en Bruselas, en su libro Art of Africa: Treasures from the Congo y sin tener que realizar un periplo in situ, pues el rey Leopoldo II (1835-1909) no había dejado en Kinshasa, capital del Congo, ni los desechos.

Uno de los efectos deletéreos del colonialismo es haber desterrado a los dioses de sus santuarios, así como convertirlos en nómadas y en objetos de ornato en jardines públicos, palacios y museos, además de sujetarlos a la ley de la oferta y la demanda en el mercado del arte. Peor aún, le arrebató la visibilidad al componente religioso de esos íconos. (Patrick Howlett-Martin).

Los misioneros británicos contribuyeron en forma importante al pillaje en África, so pretexto de extirpar las prácticas paganas: se concentraron en expoliar fetiches que en sociedades animistas se consideran vehículos fundamentales para interactuar con la divinidad. Estos bienes culturales fueron remitidos sin turbación alguna a Londres, en donde se exhiben en el Museo de la Sociedad Misionera. 

En 1810 el médico británico William Dunlop compró en Sudáfrica a la esclava Saartjie Baartman (en afrikaner) para exhibirla en actividades circenses, al estilo de la legendaria mujer barbuda, con el nombre artístico de Venus Hottentot. Sus genitales la hicieron especialmente atractiva y objeto de miradas maliciosas por presentar el sinus pudoris, que consiste en una elongación de los labios menores de la vagina propia de las mujeres sudafricanas Joi-Joi.

Después de una travesía por el Reino Unido, la mujer fue traspasada en París a un domador de fieras y exhibida con frecuencia en los bailes de la alta sociedad. Su vida estuvo asociada a la fatalidad por su muerte prematura. El médico legista francés George Cuvier sustrajo su esqueleto, su cerebro y sus genitales, que fueron mostrados en el antiguo Museo del Hombre en la Ciudad Luz. A petición expresa de Nelson Mandela, el presidente François Mitterand la restituyó a su lugar de origen. Baartman fue sepultada en su pueblo natal y es ahora todo un ícono en Sudáfrica. 

Robo bajo pedido

Incluso en pleno neocolonialismo la depredación de bienes culturales continúa sin escrúpulos, pero de igual modo empieza a emerger el entramado que la prohíja. Infinidad de testas y estatuas pertenecientes a la cultura Khmer se pueden apreciar a la luz pública en la galería Anchor of Arts and Antiques, que se encuentra en el complejo comercial de River City en Bangkok, Tailandia, ubicado en el río Phraya. La galería, que es el principal centro de distribución de tráfico ilícito de bienes culturales del sureste asiático y de China, comparte su diletantismo con las galerías de la Avenida Madison en Nueva York y las de la calle Nevers de París.

La enorme madeja del tráfico ilícito ya se empieza a desembrollar, pero por razones metaculturales, toda vez que los Estados y las organizaciones internacionales han detectado que los grupos terroristas y el crimen organizado emplean este medio como vehículo para el llamado blanqueo de numerario y allegarse pingües utilidades.

En esa forma empiezan a estar bajo escrutinio la Galería Phoenix Ancient Art de los hermanos Aboutaam, fundada en Ginebra, y la de Jean-David Cahn en Basilea. Personajes reputados como Noriyoshi Horiuchi, antiguo curador del Museo Miho en Tokio, fue incriminado por la tenencia de varios almacenes en el puerto libre de Ginebra colmados de antigüedades. Otro caso es el del mercader de arte Gianfranco Beccina, convicto por tráfico ilícito de bienes grecolatinos.

Por consiguiente, las agrupaciones de comerciantes de arte rediseñaron su logística, con el internet como medio propicio para sus transacciones. Una de las galerías más exclusivas es la 1stdibs, diseñada para mercaderes internacionales de antigüedades y arte de alto valor. Radicada en Nueva York, exige a su membresía la acreditación de vasta experiencia en el medio.   

El cártel museístico

Ante el reclamo y la ofensiva diplomática cada vez más crecientes de los países expoliados, la reacción de los llamados museos universales era previsible. Irene Bizot, quien fue directora de la organización Réunion des Musées Nationaux de France, promovió la formación del Grupo Internacional de Organizadores de Grandes Exposiciones, conocido como Grupo Bizot (GB), que congrega en la actualidad más de 70 recintos y rivaliza con el Consejo Internacional de Museos (ICOM por sus siglas en inglés). El contraste es más que evidente: ICOM agrupa más de 20 mil museos y se distingue por ser un espacio libre y democrático; en tanto GB introduce una diferencia específica respecto de otros museos al recurrir a una arrebujada estirpe genealógica.

En 2002 el GB impulsó una Declaración (DeGB) mediante la cual reivindicó su legitimidad para albergar bienes culturales, con el argumento de que la adquisición de éstos en tiempos pasados, bajo legislaciones muy distintas a las actuales, debe percibirse con sensibilidades y valores particulares.

Las piezas custodiadas por el GB forman parte del patrimonio cultural de las naciones, y en el entendido de que los contextos para los bienes culturales son fundamentales, los museos universales proveen de referentes válidos a las piezas que resultaron desvinculadas de su fuente original.

La DeGB colige que los museos universales son los que han podido asegurar la preservación de las antiguas civilizaciones y la admiración hacia ellas de parte de la comunidad internacional, y afirma que estos recintos son agentes importantes para el desarrollo de la cultura, cuya misión primaria es la promoción del conocimiento y del proceso continuo de interpretación de las civilizaciones; también considera que el hecho de darles curso a las restituciones de piezas produciría un grave perjuicio para las colecciones y para los visitantes de esos centros culturales.

Es claro que la DeGB trata de vigorizar la legitimidad de estos museos, sometidos a reclamos in crescendo, cuando la realidad es que muchas de sus colecciones provienen de adquisiciones nebulosas o francamente ilícitas. El argumento central de esta Declaración consiste en sostener que el patrimonio cultural no le pertenece a ningún país, sino a la humanidad en su conjunto; de ahí que, de acuerdo con este aserto, carecería de importancia en dónde se encuentre y quién tiene título respecto de su propiedad.

Este argumento se ve reforzado cuando, además, el GB afirma que estos bienes culturales están al abrigo de turbulencias políticas en países con graves problemas de estabilidad, ya sea por conflictos internos o por prácticas de corrupción. Lamentablemente los actos vandálicos en Irak, Afganistán y Libia han inhibido las reivindicaciones de los países de origen.

Por lo demás, la devastación excede cualquier imaginación: Son los casos del empleo de maquinaria pesada para expoliar los sitios arqueológicos de Apamea y de Dura-Europos; la destrucción del templo dedicado al dios fenicio Baalshamin en Palmira y el pillaje contra el Museo Nacional de Bagdad; en Libia, la profanación del santuario del imán az-Zarrüq ash Shadhili (1442-1493), uno de los teólogos más reputados del Islam, y el saqueo de la mezquita Zawiyat Sheikha Radiya en Trípoli.

Epílogo

Anastassis Mitsialis, embajador de Grecia en la ONU, lo expresaría sin ambages: la cultura es el alma de una nación. Bajo tal perspectiva, la remoción ilícita o la destrucción de los monumentos culturales privan a los pueblos de su historia y de su tradición, y ante ello la restitución es el único medio para paliar el daño y reinstaurar la dignidad.

Los bienes culturales forman parte de la historia y la herencia nacionales y, más aún, las modifica elíptica o simbólicamente. El pillaje, favorecido por adquisiciones túrbidas, altera la armonía, la comprensión y la integridad de los monumentos y sitios arqueológicos. Bajo esta óptica, el argumento de la legitimidad de los museos universales difícilmente puede sostenerse.

 Recurrir a las legislaciones de las épocas en que los bienes culturales fueron sustraídos es una falacia, pues se trata de órdenes jurídicos impuestos que ignoraron los valores y las tradiciones de los grupos y comunidades culturales sometidos a una aculturación forzada; de sistemas provenientes de las metrópolis que les resultaban a aquellas totalmente incomprensibles en sus fundamentos y en sus consecuencias.

Más aún, la DeGB, de clara entonación colonialista, trata de legitimar los sistemas jurídicos opresivos y disuadir a las víctimas de sus esfuerzos por revertir las aventuras imperialistas. Además, se ha arrogado una representación de la comunidad internacional bajo el supuesto de que los museos universales hacen un gran servicio a la comunidad internacional al proteger los bienes culturales de los pueblos ante su posible destrucción.

El énfasis es necesario: el debate actual no versa sobre las intenciones de los museos universales, sino acerca de la habilidad de los pueblos para exhibir su herencia cultural en la cuna de las civilizaciones.

El centro de gravedad de la narrativa de los derechos humanos en su vertiente de culturalización es la abolición del concepto de superposiciones jerárquicas de civilizaciones y culturas que se resume en el axioma: Todas las culturas son igualmente valiosas. Únicamente cuando los museos incorporen esta política podrán aspirar a una genuina universalidad. Una realidad les ha de quedar clara: las reivindicaciones de los países de origen difícilmente pueden ser soslayadas o tratadas con indolencia.

*Doctor en derecho por la Universidad Panthéon-Assas.

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