De reptiles fantásticos y oposiciones reales

martes, 16 de junio de 2020
CIUDAD DE MÉXICO (Proceso). - El drama del México de hoy es que la polarización rinde dividendos electorales a tirios y troyanos, a gobierno y opositores. Es dramático porque a juicio mío nada bueno y perdurable se gesta en un país polarizado y porque la despolarización demanda mucho tiempo y más sacrificios. Cierto, a quien más le sirve partir en dos a la sociedad es al presidente López Obrador, pues al hacerlo reagrupa, energiza y moviliza su núcleo duro de seguidores: con un 30% y contra una oposición fragmentada puede mantener su mayoría en la Cámara de Diputados en 2021. Pero desgraciadamente, a los opositores también les reditúa inyectarse una dosis de maniqueísmo. Si se unen contra la amenaza común y consolidan una base amplia de electores clasemedieros y demás damnificados de la 4T, podrían ganar la Cámara, para lo cual les bastaría un porcentaje similar al de la reprobación a AMLO. Su reto es forjar una coalición estratégica, superando obstáculos que van desde la debilidad partidista y la falta de liderazgos hasta la competencia de egos y los cálculos cortoplacistas. Y si bien tendrían que hilar fino para juntar diversidades, una vez estructurada la alianza se beneficiarían de voltear el blanco y negro. Con todo, el campeón de la polarización es y será AMLO. Ese discurso está en su ADN, y es el que lo ha llevado a donde está. Todos los días martillea sus consignas: los liberales contra los conservadores, el pueblo que en su Presidencia derrota al neoliberalismo. Hace poco lo volvió a declarar categóricamente: no hay medias tintas, se está a favor o se está en contra de “la transformación”, es decir, de él. El pasado martes 9 de junio realizó en la mañanera el primer disparo polarizador preelectoral, la ya tristemente célebre BOA. Los papeles que presentó tienen todas las huellas de un montaje y, dicho sea de paso, no dan para un golpe mediático espectacular. DEBES LEER: Sin validar su autenticidad, AMLO difunde "estrategia" opositora bajo el nombre de BOA Relatan una maquinación para conformar un bloque de oposición que, con un par de salvedades, prevé acciones válidas en cualquier democracia. La narrativa no incluye el fantasma del golpe de Estado, ni siquiera la exigencia de renuncia; sólo pinta a brocha gorda la raya entre “el bien” y “el mal”. El anuncio partió, en mi opinión, de un error de apreciación de AMLO en el sentido de que el deslinde tenía que remarcarse así. Como si no hubiera repetido hasta la saciedad la retórica de buenos y malos y como si no hubiera dado una y otra vez los nombres de los conspiradores. Creo que le falló la puntería porque está alarmado; enfrenta dos crisis enormes, la sanitaria y la económica, y sus índices de aprobación han descendido. Por eso apresuró su salida del confinamiento, porque siente que debe retomar su contacto directo con la gente para repuntar. Para un líder intuitivo como él, capaz de oler su propia sangre, la coyuntura adversa amerita una mayor radicalización. Esta vez erró el tiro, pero ya recargará cartucheras. Eso sí, quienes sin temor al ridículo confeccionaron desde el poder el documento de marras merecen que se les devuelva una peculiar expresión, la misma que AMLO lanzó a un foro que intentó, en aquella ocasión sin éxito, crear una suerte de grupo San Ángel en aras de reconstruir contrapesos: “¡ternuritas!”. No me cabe duda de que existe un ferviente deseo de ganarle las elecciones y la revocación de mandato a AMLO. La oposición está muy maltrecha pero aún existe, y mal haría en renunciar a su deber de oponerse democráticamente. Lo que no veo es la gran coordinación de los partidos entre sí y con intelectuales y empresarios que presupone el plan que se presentó en Palacio. Brincos dieran, dirían algunas amigas de mis viejos tiempos. Es más, me parece que quien escribió ese maquinazo realizó un texto que resulta aspiracional para el universo anti AMLO, y tal vez los acusados harían bien en fingir maquiavélicamente que es auténtico para que se crea que están bien organizados. Ahora bien, cuchufletas aparte, debo señalar que incluir en la lista de complotistas a consejeros del Instituto Nacional Electoral y a magistrados del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación es un mensaje ominoso. Cuidado. Si el gobierno pretende meter las manos en los órganos electorales, las cosas se van a poner peores de lo que pintan. En algo tiene razón AMLO: son tiempos de definiciones. Va la mía. Como socialdemócrata que comparte el fin de combatir la desigualdad y la corrupción, intenté en vano persuadirlo de enmendar los medios. Desistí cuando a empellones fui arrojado al bando “conservador” y corroboré, en la reacción del presidente ante el golpe económico de la pandemia a las PyMES, que seguirá gobernando sólo para los suyos y con visión de pasado. Ahí ratifiqué mi convicción de que es imperativo que Morena y sus aliados pierdan la Cámara de Diputados y con ella la aprobación del presupuesto de egresos. De modo que sí, desde luego que estoy a favor de una suma política de ciudadanos y partidos opositores para ganarle a la 4T en las urnas. Sin recurrir a acrónimos de reptiles fantásticos –ni de batracios o peces o aves–, sin lobbying con los gringos –para mí inadmisible y por lo demás inútil, por la penosa cercanía entre AMLO y Trump–, sin involucrar a árbitros electorales y con la dirección de la ciudadanía y no del gran capital, urge un trabajo serio para unificar con criterios éticos a la oposición. Nuestra democracia lo necesita hoy más que nunca. No soy partidario de las polarizaciones, pero mucho menos lo soy de los gobiernos excluyentes y anacrónicos. Este análisis forma parte del número 2276 de la edición impresa de Proceso, publicado el 14 de junio de 2020 y cuya versión digitalizada puedes adquirir aquí

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