A rectificar 4T con Toledo

viernes, 7 de agosto de 2020
CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Hace 78 años, en agosto, el Mahatma Gandhi pronunció un discurso memorable. Discurso ese en el que llamó a sus compatriotas a desterrar el odio hacia los británicos, a quienes calificó de amigos equivocados. Estaba en la posición de señalarles sus equivocaciones; era el 1942, en plena Segunda Guerra Mundial. Tiempo ese de tragedia como el de ahora con su pandemia, racismo, violencia y naufragios económicos. Más que nunca, el hoy exige paz, unidad y benevolencia. México en general es rehén de lo contrario, violencia y encono. La llaga del encono supura división. División programada que infecta el alma nacional en plena pandemia. La medicina adecuada contra dichos males no puede ser otra que la no-violencia por parte de los que combaten por la salud física, social y política de una nación enferma. Y aquí es donde Gandhi aparece como médico atinadísimo. La paz, unión y benevolencia que se demandan, sin embargo, no deben ser confundidas, dice Thomas Merton, el genio contemplativo, con una quieta inercia, indiferente a la injusticia, que contemporiza con error y engaño; que cede a cada presión con tal de mantener una paz a cualquier precio. No, eso sería cobardía y traición a la verdad. La no-violencia demanda un heroísmo más grande que el de la guerra justa: fidelidad incondicional a la verdad y una más "perfecta pureza de conciencia", nos dice el contemplativo cisterciense. Y esas virtudes colosales las tuvo Gandhi en el momento decisivo de su acción en la historia de la India, liberada de ella misma y de los británicos. Gandhi, llamado el Mahatma, el de "alma grande" por el poeta Rabindranath Tagore, tuvo la influencia del hinduismo contemplativo, del karma yoga, de los evangelios sinópticos y del sermón de la Montaña. Fundó su acción política en el poder de Satyagraha: no violenta dedicación a la verdad, sabiduría que brota de la fuerza del espíritu. Sabiduría contraria a "pseudo-espiritualismos confusos y a mesianismos dictatoriales". Dedicación esa la de Gandhi que no engaña, que es sincera, ¡que no ve en el británico a un enemigo, sino a un amigo equivocado al que apela con razón, ayuno, oración, cárcel, para liberar a su pueblo! Amigo equivocado al que apela para que rectifique. Para que un pueblo se libre del yugo extranjero o doméstico, se requiere, a la luz de la filosofía gandhiana, que cada ciudadano se libere él mismo de presiones sociales, indiferencias, vicios, fijaciones, cobardías. Dijo Gandhi, "nos hemos acostumbrado tanto a que nos dominen que lo primero que tenemos que hacer es liberarnos de nosotros mismos; quienes prefieren arrastrar su barriga por el suelo como los gusanos, que no se quejen, pues lo normal es que un gusano sea pisoteado". Por otro lado, entre otras medidas de simbolismo formidable, convocó él a que sus compatriotas se despojaran de sus ropas occidental-inglesas y vistieran con la ¡tela blanca y sencilla de algodón hecha con sus propias manos y ruecas! Gandhi tenía muy presente, insisto, la necesidad perentoria de que cada ciudadano de la India, para lograr que los británicos dejaran su tierra sometida, se liberara de las "exorbitantes y tiránicas demandas de una sociedad que es violenta porque es esencialmente codiciosa, cruel y lasciva". Y puso el ejemplo, y liberó a la India, doblegando la soberbia inglesa, la de un Churchill que en 1931 lo llamó burlonamente "ese faquir medio desnudo". En esa semidesnudez, en esa aparente debilidad, se encontraba su fuerza de coloso. Dijo el Mahatma una vez: "Jesús habría muerto en vano, si no aprendiéramos de Él a normar toda nuestra vida por la eterna ley del afecto". Palabras duras, vigentes ayer y ahora. En su célebre discurso del 7 de agosto de 1942, Gandhi exige a la Gran Bretaña que se marche de la India, y a sus compatriotas: "os voy a dar un mantra muy sencillo: hacedlo o morid. Nosotros liberaremos a la India o moriremos en el intento". Esa es la genuina resistencia civil, flor de la no violencia, de la fidelidad a la verdad toda, del afecto auténtico. A los cinco años de dicho discurso, se marcharon los ingleses. Grandes lecciones se sacan de esa noble historia de un hombre de alma grande. En el contexto propio de hoy, el nuestro como nación, al régimen federal mexicano se le dice: estás en lo correcto cuando se afirma que ganaste la elección arrolladoramente, pero ello no basta en política, pues el poder tiende siempre a extralimitarse. Es indispensable justificarse a diario en el ejercicio mismo del poder, gestionando el bien común de toda la nación. Y por ello, los ciudadanos libres están en posición y deber de señalarle, sobre todo, sus equivocaciones para que reflexione y rectifique. Así lo hizo hace un par de días el secretario de la Semarnat hasta ahora, secretario de Estado nada menos. Y así, con afecto se le dice al régimen: estás equivocado amigo en tu política cotidiana que divide y denuesta; en tu concentración inédita de poder; en la militarización de la seguridad pública, propia de un sistema no democrático; en tu combate al pluralismo político; en tus leyes anti garantistas y discrecionales de extinción de dominio y prisión preventiva. Se te pide rectificar el rumbo en aras del Bien Común de todos los mexicanos, y la nación entera y la historia te lo reconocerá. Estás equivocado amigo en tu errático e incomprensible manejo de la pandemia, minimizando sus efectos devastadores en salud y economía, abandonando a su suerte a decenas de millones de desempleados sin un ingreso de emergencia, indispensable en estos momentos de hambre y desolación para la mayoría de los hogares. Y lo estás, en tu política de "ahorro" presupuestal de fuerte tufo electorero que ha desmantelado instituciones públicas, truncando o afectado vidas de médicos y enfermeras de hospitales como en ningún otro país, por no contar con insumos básicos de calidad; en la atropellada política de salud que ha producido el desabasto real de medicinas para niños con cáncer cuyas madres apelan al Cielo, para adultos y ancianos víctimas de enfermedades graves. Estás equivocado en tu política económica de neoliberalismo selectivo con grandes empresarios amigos, a contrapelo de la brutal desigualdad social y económica; en tus innumerables adjudicaciones directas de contratos públicos; en tus obras faraónicas descalificadas por técnicos de la materia, fuera y dentro del país, en medio de tanta necesidad provocada por el virus y la quiebra masiva de empresas productivas, pequeñas y medianas; en tu trato injusto a los migrantes pobres para complacer al trumpismo racista y antimexicano, en lugar de combatir sus amenazas arancelarias ante instancias internacionales de comercio conforme al derecho internacional, pues nada que sea injusto es necesario. Asimismo, en tu política educativa que privilegia la televisión en lugar de los avanzados medios digitales que permiten la necesaria intercomunicación; en tu política que atenta contra el derecho natural de padres y madres de familia de educar a sus hijos conforme a sus convicciones fundamentales; en privilegiar energías fósiles, minería y agroindustria devastadoras en perjuicio del medio ambiente, pueblos y agroecología; en culpar de todo al pasado y huir del presente y su realidad, hacia un futuro imaginario. Es tiempo de que se marchen esas políticas. Es hora de que la nación toda y el régimen federal morenista se liberen de obsesiones, indiferencia, soberbia y división. Ojalá que las lecciones de Gandhi, el bapu del pueblo, despierten, conmuevan y hagan rectificar en esta hora grave de la historia de México. Hago votos porque lo imposible se haga posible con la ayuda de Dios, a quien Gandhi invocó en su hora postrera. Un día les dijo a los ingleses: "dejad a la India en manos de Dios; es preferible el caos a la ruptura del país". Dedico este artículo a la memoria de ese grande de la historia universal, Gandhi, no un visionario como él mismo aclaró, sino un hombre de carne y hueso que anheló el cambio de sí mismo para vencer el mundo, el swaraj. Y al régimen federal con la esperanza de que, al rectificar, comience de nuevo en la búsqueda de paz, libertades, salud, justicia, bienestar y concordia. Entonces, sí habrá transformación, primero en corazón y mente, y luego en la realidad. (Con el permiso de mis amables lectores y de mis amigos de Proceso, haré una pausa para meditar y descansar un tanto. Hasta luego y gracias).