Líbano: ¿Cómo gobernarse después del desastre?

sábado, 5 de septiembre de 2020 · 22:16
CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).– La presencia del presidente galo Emmanuel Macron en Líbano, en el puerto de Beirut el jueves 6, muy cerca del lugar de las explosiones, suscitó reacciones encontradas entre quienes recordaban la presencia francesa en la larga historia del país –desde que San Luis decidió apoyar a los maronitas– y quienes no olvidan a Francia como la potencia mandataria que luego de proclamar el Gran Líbano, en 1920, estuvo con sus armas allí hasta años después de la independencia, en 1943. El hecho es que desde el exterior Francia ha estado presente en Líbano y ha contribuido en la resolución de sus problemas. Su intervención ayudó a resolver la crisis cuando el primer ministro Saad Hariri vivió un virtual secuestro en un lujoso hotel en Arabia Saudita en 2017, fue obligado a renunciar y pudo luego reasumir su cargo. Los sauditas querían detener la creciente influencia de Irán, molestos por el pacto nuclear de julio de 2015 en Viena. En la dimisión que presentó entonces Hariri ante los medios debió acusar la influencia ejercida por Teherán y Hezbolá en Líbano. Un mes más tarde volvió de nuevo a sus funciones, quedando clara la posición de Riad pero igualmente que el gobierno libanés no se dejaría impresionar fácilmente y menos teniendo a Francia de soporte. Y desde entonces los sauditas han insistido en sus objeciones respecto a Hezbolá, que cada vez ha tomado más fuerza interviniendo en el gobierno. Incluso Francia y Alemania han reconocido su parte institucional, aunque no su brazo militar, pese a la fuerte condena de Estados Unidos. Ahora, además de mantener una relación con los sauditas, Macron ha estado en contacto con el presidente iraní, Hasán Rohaní, a pesar de las tensiones que provoca por su apoyo a Hezbolá, por el encono con que se tratan sunitas y chiitas. Se ha comunicado igualmente con Vladimir Putin y a todos propone comprometerse con la reconstrucción de Beirut, en cuyo objetivo cuenta también con otros países de la Unión Europea y, algo muy importante, todos consideran apoyar la creación de un nuevo gobierno. Por todas partes se escucha la misma idea, aunque un nuevo gobierno no es suficiente porque el desastre provocado por las explosiones del martes 4 sacó a flote el mal funcionamiento del sistema político, no solamente del gobierno actual. Por supuesto, los libaneses quieren decidir por ellos mismos sin intervención de ningún país, algo sumamente complicado cuando la región, y Líbano en particular, ha sido constantemente escenario de disputas internacionales. Ahora mismo los recursos de hidrocarburos en el Mediterráneo, frente a Chipre, han puesto de nuevo en la palestra la intención de realizar perforaciones en la zona de Levante, frente a las costas libanesas, con contratos firmados con Total, ENI y Novatec. Sin embargo no hay posibilidad de realizar perforaciones en la zona debido al veto que impuso Estados Unidos mientras no haya un acuerdo respecto al Bloque 9 –las fronteras marítimas que han sido diseñadas–, tema donde Israel también influye. El escenario es complejo porque otros países de la región –como Turquía, Irán y Egipto– están atentos a los yacimientos en el mar profundo. Y la presencia de esos países enciende las alertas en Francia, Gran Bretaña y Rusia. Las compañías cuentan con recursos millonarios para construir las plataformas, pero para la seguridad requieren la normalidad política de Líbano, por no decir de la región. El acuerdo de las diferentes asociaciones políticas requiere en Líbano un sistema político diferente; todas coinciden en que un nuevo gobierno debe ser de unidad nacional, y Samir Geagea, jefe de las Fuerzas Libanesas, agrega que debe ser “neutro” e “independiente”… y los calificativos no faltan. Pero está Hezbolá con su incómoda presencia y al que Estados Unidos califica de grupo terrorista; Washington ha optado por negarse a colaborar con Líbano mientras tenga a ese grupo como parte integrante de su gobierno, aunque todo indica que su desarme haría cambiar su postura; algo en lo que le siguen otros países occidentales. Monseñor Béchara Raï, el patriarca maronita, afirma que un nuevo gobierno debe ser de “ruptura” y no de “continuidad”. Pero fue más radical cuando afirmó el domingo 16 que “el pueblo quiere un gobierno para salvar a Líbano” y no “el poder de la clase política”. Agregó que no puede ser de “partidos ni de comunidades ni de países extranjeros”; hizo un llamado a las fuerzas de seguridad para “abrazar y proteger a los jóvenes” y avaló la idea –compartida por varios actores políticos– de convocar a elecciones legislativas y establecer un gobierno transitorio. Sin embargo, la perspectiva de salir de la crisis política acentuada por la tragedia no depende sólo de las buenas intenciones. La renuncia de 25 diputados, luego de las explosiones, apenas puede resolverse si algunos de ellos reconsideran su posición; pero en todo caso restan 95 de los 128 que pueden modificar la Constitución e introducir los cambios que abran el camino a una reconfiguración. En la reconfiguración que se pretende no se puede descuidar la fuerza del cuestionado presidente Michel Aoun, quien debe encontrar a un nuevo primer ministro que forme gobierno. Pese a lo impopular de su figura debido a los últimos eventos, es difícil olvidar de quién se trata, por el prestigio acumulado. Conocido como El General, por su participación en la guerra, fue primer ministro entre 1988 y 1990. Con la ocupación siria fue exiliado para regresar cuando ésta terminó, en 2005. Volvió el 7 de mayo, cuando se le brindó un apoteósico recibimiento luego de estar ausente 15 años. Se esperaba que cambiaría el rumbo electoral por su crítica a Siria, pero después de las elecciones en las cuatro regiones en que se divide Líbano se inclinó de nuevo por una alianza confesional que fue dominada por el bloque cristiano-sunita-druso, identificado como la corriente Futuro, de Saad Hariri, con 36 escaños. El voto de los cristianos fue confesional en lugar de favorecer a las fuerzas políticas que formaron la “oposición” y que con la Revolución de los Cedros hicieron salir del país a las fuerzas sirias en 2005. Aoun, unido inesperadamente a los prosirios, alcanzó 14 asientos. Los movimientos radicales fundamentalistas Amal –con 15 plazas– y Hezbolá –con 14– dejaron al Parlamento dividido en los cuatro bloques confesionales de mayor peso: chiita, sunita, druso y cristiano. Queda claro que hasta ahora los clanes familiares han sido parte fundamental de la política en Líbano, lo cual es favorecido por la participación religiosa de sus diferentes comunidades en el gobierno. La familia Hariri mantiene un primer plano cuando, justo en medio de la tragedia que se vive en Líbano, el Tribunal Internacional de La Haya dio a conocer los resultados de la investigación sobre el asesinato del exprimer ministro Rafik Hariri en el no tan lejano 2005. La voz popular responsabilizó desde el primer momento a Siria y a Hezbolá, pero ahora el tribunal, aunque encuentra culpables a cuatro personas vinculadas con esa organización, advierte que no se puede demostrar su injerencia en el complot. Su hijo Saad Hariri, que también ha sido primer ministro dos veces, afirmó: “Aquí en Líbano uno teme por su vida cada día. Después del asesinato de mi padre, es algo que sobra mencionar”. Pero mantiene su figura como político al considerar que 60% de la población ha votado por Hezbolá y si se vive una democracia hay que aceptar su presencia y no se pueden negar sus votos en el Parlamento (El País, 3 de julio de 2020). Y aunque no quiere comentar la postura de Estados Unidos, afirma estar en desacuerdo con la política de Hezbolá en la región, aludiendo sin duda a su relación con Irán y a su negativa a aceptar a Israel. Además de la familia Hariri, entre los musulmanes sunitas están los Karame, Salam y Solh, mientras los chiitas tienen a El-Zein, Hamade y Assad. Los maronitas cuentan con la familia fundada por Pierre Gemayel, los Chamoun, Lahoud, Frangie y Edde. Los drusos tienen a la antigua familia de los Joumblat y los Arslane. También las comunidades más pequeñas tienen a los propios, como los griegos católicos melquitas a la familia Pharaon, y seguramente hay más. Si la familia Hariri ha dado dos primeros ministros al país, del lado de los cristianos la familia Gemayel constituye uno de los clanes más representativos, también con dos primeros ministros: Bachir, que dio al Partido Kataëb una milicia de 6 mil hombres y fue asesinado en 1982, y Amine, ambos hijos del farmacéutico Pierre; uno de sus nietos con el mismo nombre ha sido diputado. Ahora Samy es miembro del Parlamento y líder del partido familiar. Los Joumblatt cuentan con el Partido Socialista Progresista y junto con los Pharaon han mantenido una presencia constante en la región desde hace más de 150 años. Esta última familia tiene una de las redes empresariales más fuertes en muy diferentes ramas de la economía, con presencia en varios países. La familia El-Solh cuenta con el prestigio del fundador Riad, creador del Pacto Nacional de 1943, origen de la composición del gobierno con cuotas comunitarias; no importó lo que hizo por el país: también fue asesinado después de haber cumplido su cargo. Esas familias han dado cohesión y prestigio al sistema libanés que ahora es cuestionado porque asimismo ha incubado los vicios que son la causa de los desacuerdos, como la concentración de poder y la corrupción que han fomentado. Las fuerzas políticas han actuado de acuerdo con los clanes familiares que representan apoyados, a su vez, en los lazos comunitarios, lo que significa que las formas más tradicionales de gobernar funcionaron y alentaron la modernización, pero ahora retrasan su inserción en formas de gobierno acordes con los tiempos de la globalización y de un juego internacional sumamente complejo en la zona. Pese a la presencia de Estados Unidos, que veta todo lo que considera en contra de sus intereses; Israel, que defiende sus fronteras a cualquier precio; Irán, que ha apoyado el fortalecimiento de Hezbolá para mantener influencia en la región, y Siria, que ha debido enfrentar a quienes han pretendido socavar la fuerza del clan familiar de los El-Assad, Líbano debe resolver sus problemas internamente y no culpar a las fuerzas externas por su incapacidad de hacer un frente común. Por eso resalta que ahora sea Hezbolá, la más joven organización del país y la más cuestionada, la que busca la solución institucional. En días pasados acusó a los políticos libaneses de tratar de llevar al país a una guerra civil provocando la caída del Estado. Es evidente su defensa del presidente Aoun, apoyado por Geagea, quien afirma que ha sido abandonado por el Partido de Corriente Futura de Hariri, y del Partido Socialista Progresista de Walid Joumblatt, y busca atraer a Gemayel para reconstruir un gobierno con el bloque de los cristianos. Hassan Nasrallah (jefe de Hezbolá) insiste en que debe crearse un gobierno fuerte protegido por el Parlamento, un gobierno de unión nacional con gran representación política y popular. El problema es que alguien tan recién llegado a la política libanesa considere que el gabinete debe compensarse con “personajes políticos” y especialistas. Pero la población rechaza con enjundia la presencia de esos “personajes” que han ocupado el escenario político durante mucho tiempo; si acaso coincidiría en que debe llamarse a los especialistas. El gobierno propuesto por el líder de Hezbolá tendrá la prioridad de la reconstrucción del país y, para conducir las reformas económicas necesarias, luchar contra la corrupción y seguir la investigación para determinar lo sucedido el martes 4. Y como si se tratara del mismo nivel, dada la demanda que recorre el país, entre lo más urgente de resolver en términos económicos están el déficit de electricidad y el manejo de los desechos. Saad Hariri, que busca mantenerse como protagonista, ha expresado bien cómo salir de la crisis multifacética que enfrenta Líbano, porque sus opciones políticas son “dolorosas”, por lo que el objetivo es el de “recuperar la confianza para estabilizar la situación y, en una etapa posterior, abordar los desequilibrios macro y garantizar los requisitos necesarios para una recuperación sólida. Esto requiere primero desarrollar un plan integral que aborde todos los aspectos de la crisis. Segundo, asegurar un fuerte apoyo doméstico en torno al plan a través de amplias consultas con todas las partes interesadas. Tercero, comprometerse con el Fondo Monetario Internacional para elaborar un programa adaptado a las especificidades de Líbano. Y cuarto, garantizar un paquete considerable de asistencia externa de países donantes e instituciones financieras internacionales”. Después del desastre ocurrido, con medio Beirut destruido, con el enorme desá­nimo, hay que pensar a profundidad en la reorganización política y en que las reformas que deben sustentarla constituyen algo cuesta arriba, cuando el sistema político tarde o temprano tendrá que cambiar. Acabar con las inercias y reconocerse como una sola nación conducida por ciudadanos, no necesariamente por quienes ostentan los apellidos históricos por más ilustres que sean, es una asignatura por aprobar en Líbano y no puede esperar. *Sociólogo, historiador, investigador y escritor mexicano. Su libro más reciente: Cruzar el umbral al Medio Oriente (Océano, 2018).
Reportaje publicado el 30 de agosto en la edición 2287 de la revista Proceso.