Opinión

La desencarnación

Al desarrollo creciente del uso de los sistemas para "relacionarnos" se agrega una separación mayor del prójimo mediante la distancia y el uso de mascarillas y aditamentos que aíslan nuestra carne de la del otro.
viernes, 1 de enero de 2021

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Acabamos de celebrar la Navidad, la fiesta de la encarnación, del descendimiento de Dios en lo más propio de lo humano: su carne. Es la celebración de un acontecimiento que, creamos o no en él, fue un parteaguas histórico: el nacimiento de una era cuyo centro es el descubrimiento del otro como prójimo. Todo lo que constituye los ideales más sagrados de Occidente –la igualdad, la libertad, la fraternidad, los derechos humanos– son incomprensibles sin ella. Además de que igualó a todos en una misma dignidad y los volvió sagrados, trajo la idea de que ese vínculo sagrado es una relación de proporción, mediada por la cercanía, que la palabra “prójimo” define bien.

Así como Dios, a partir de la encarnación, dejó de ser una abstracción para convertirse en un ser humano que vivió en el horizonte limitado, espacial y temporalmente, de la Palestina de hace 2020 años, el prójimo es aquel que, en mi universo carnal, está en mi horizonte espacio-temporal. No es la abstracción llamada humanidad, sino aquel que miro, que me interpela en su carne, que puedo tocar, acompañar, proteger, como el samaritano hizo con el judío herido o como el Dios hecho carne lo hizo con los pescadores, las prostitutas y los publicanos con los que se encontró y a quienes acompañó y reveló el sentido del Evangelio. La celebración misma de la Navidad –una fiesta que reúne alrededor de la mesa a los más prójimos– es su ilustración simbólica.

Esta celebración, sin embargo, perdió su sustancia. La fiesta, no obstante lo que sabemos de ella, se volvió un rito vacío, un periodo de vacación puntuado por un consumo salvaje; un periodo que, potenciado por el covid-19, mostró lo que hace ya mucho se perdió del misterio: la muerte de la era de la encarnación y el nacimiento de otra que habría que llamar poscarnal. Su símbolo es la computadora, un sistema que algunos llaman herramienta, pero que es absolutamente distinta a ella.

La herramienta forma parte del mundo carnal. Pertenece a la proporción, a aquello que nos permite ayudar a otros y ayudarnos como prójimos. Es algo que usamos para fines determinados en beneficio de un bien común proporcional y limitado como nuestra carne. Los mundos llamados premodernos viven aún de la herramienta. El sistema, en cambio, nos usa.

Cercano al industrialismo, cuyas herramientas complejas nos enajenan, el sistema nos vuelve parte de sus circuitos de imputs, outputs y de sus cadenas de feedbacks. Nos desapropia de la carne del prójimo y del mundo, y nos encierra en la virtualidad de un yo que es manipulado y manipula lo real. El sistema no conoce lugares concretos ni prójimos de carne y hueso, sino imágenes, abstracciones en las que el prójimo y su mundo son tan intrascendente como la tecla “delete” que borra un texto. En él, a diferencia del mundo carnal, ya no hay matriz trascendente, sino imágenes etéreas.

La llamada “nueva normalidad” –que cambiará para siempre nuestras vidas– es su consecuencia. Al desarrollo creciente del uso de los sistemas para “relacionarnos” agrega una separación mayor del prójimo mediante la distancia y el uso de mascarillas y aditamentos que aíslan nuestra carne de la del otro; privilegia las labores económicas y sus consumos sobre la vida; reduce la salud del prójimo y su cuidado a prótesis que nos distancian y a la disponibilidad de camas dentro del sistema médico, y potencia el individualismo.

Bajo esa percepción se entiende por qué se asesina, se humilla, se desaparece sin que nadie haga nada más que expresar con palabras y datos lo que queda de una era donde el prójimo importaba, donde la carne del otro y del mundo tenía el peso y la densidad que trajo la encarnación. Muerto Dios y sustituido por deidades tecnógenas, el prójimo ha dejado de estar en nuestra realidad.

Aun cuando hablemos de la encarnación, aun cuando celebramos el suceso, ella dejó de habitar nuestra percepción. Atrapados en un mundo sistémico y desencarnado, el prójimo y su mundo están, pero son nada. A lo sumo, una idea abstracta en la que sólo habita la nostalgia de algo casi ya imposible de recuperar.

La propia celebración de la noche de Navidad es otro símbolo de la desencarnación. Como cada vez más las celebraciones eucarísticas, la misa de Navidad se celebró frente a pantallas televisivas –un sistema– y, en el mejor de los casos, frente a un número reducido de fieles. La misa, que conmemora la redención en un Dios hecho carne, sólo adquiere realidad en la carne de los fieles reunidos. Creer que tiene el mismo sentido en un aparato es haber perdido la dimensión propia de la encarnación. Es haberla desalojado de su sustancia simbólica, para atraparla en el anverso en el que ahora transcurren nuestras vidas.

Hace mucho la idea del desarrollo hizo desaparecer al niño de Belén del pesebre en el que aún creemos mirarlo¬. El covid 19 y su “nueva normalidad” lo han hecho evidente. No hay encarnación sin prójimo y sin mundo reales y concretos. Su desencarnación es casi infernal. ¿Cómo volver a ella? ¿Cómo recuperar la vida de la carne: la amistad y su práctica, la austeridad que la hace posible, el cuidado de los sentidos con los que nos relacionamos con el mundo y el prójimo para celebrar sus bendiciones? Son preguntas que están en el fondo de nuestro desconcierto.

Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, detener la guerra, liberar a todos los presos políticos, hacer justicia a las víctimas de la violencia, juzgar a gobernadores y funcionarios criminales, esclarecer el asesinato de Samir Flores, la masacre de los LeBarón, detener los megaproyectos y devolverle la gobernabilidad a Morelos.

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