Política

Políticos reciclados

La tragedia de México es la de siempre: ante la difícil situación económica y, en especial, debido a la falta de empleos, muchos toman como oficio vitalicio el de ser político.
martes, 26 de enero de 2021 · 23:02

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- En esta colaboración aludo a dos temas; los dos tienen que ver con el Partido Acción Nacional.

Primer tema: Vicente Fox.

En el afán de arrebatarle a AMLO y a Morena el mayor número de las posiciones en disputa en las elecciones federales y locales a celebrarse en julio de este año, se hizo público que, cuando menos el PAN, como recurso extremo, pretendió recurrir al sistema de reciclaje de basura. Propuso al impresentable Vicente Fox Quezada ser candidato a diputado por su organización. El hombre de las botas, muy digno, rechazó la propuesta. Bien por él.

Los panistas, en su desesperación, olvidaron viejos agravios y recientes desprecios. En su angustia pasaron por alto que, en el ámbito político, él dijo que las mujeres eran “lavadoras de dos patas”; que dejó hacer y dejó pasar todo a su “amiga” y después esposa Martha Sahagún; que hizo de la frivolidad una forma de gobernar; que, en su momento, aventó a la cara de su partido su credencial de panista; que en su momento pidió a los electores votar por José Antonio Meade, candidato del PRI y adversario del postulante del PAN.

Antes, durante su sexenio, por conducto del ahora beato Salvador Abascal Carranza, su secretario de Gobernación, protegió de la justicia mexicana y estadunidense al pederasta monseñor Luis Fletes Santana; también impidió que la justicia estadunidense procediera penalmente contra el cardenal Norberto Rivera, protector del pederasta; y, lo que es más, por conducto del mismo beato Abascal, impidió a Jeff Anderson, abogado de una de las víctimas de monseñor Fletes, notificar al cardenal Rivera de la existencia del juicio penal abierto en su contra. El secretario de Gobernación expulsó al abogado y le prohibió la entrada a México durante cinco años. (Bernardo Barranco, coordinador: ‘Norberto Rivera/ El pastor del poder’, Proceso/Grijalbo, México, 2007, en el apartado de la autoría de Alberto Athié, ‘Norberto Rivera o el tótem de la impunidad’, p. 106).

El mismo Fox, un creyente de crucifijo y rosario en el ámbito privado, recurrió a maniobras sucias para obtener la anulación del matrimonio religioso, legítimamente realizado, de su ahora esposa Martha Sahagún; lo hizo bajo el pretexto de no haberse consumado, a pesar de existir hijos de por medio. Para lograrlo contó con la complicidad de un cardenal y de curas comunes y corrientes. Todos ellos atentaron impunemente contra un sacramento y rescindieron un vínculo indisoluble que sólo la muerte puede romper.

No fue algo inusitado; es práctica común en los altos jerarcas de la Iglesia católica; lo mismo hicieron para obtener la anulación del matrimonio de Angélica Rivera, La Gaviota, a fin de que, por razones netamente políticas, pudiera contraer matrimonio con Enrique Peña Nieto. Esos curas, habiendo dinero de por medio, son capaces de entregar su alma al diablo.

Los que le ofrecieron la diputación al señor Fox partieron del supuesto de que las víctimas de las violaciones de parte de los sacerdotes, las feministas, los panistas congruentes y los creyentes católicos sinceros, estarían anuentes en promover el voto a favor de Fox, de votar por él y de llevarlo a la Cámara de Diputados a representar sus valores.

También pretenden reciclar al Jefe Diego. Él es un caso aparte. Se le puede criticar de muchas cosas: soberbio, creído, de haber entrado en acuerdos con Caros Salinas de Gortari, de haber propuesto la quema de las boletas en las que, según muchos, se acreditaba el fraude electoral del que había sido objeto el ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas, y de otros vicios más; pero nunca se le puede tachar de ignorante, de agachón o de ser traidor a su ideología y a su partido. Se ha mantenido toda su vida en la misma línea política y, lo que sea de cada quien, sabe derecho.

Segundo tema: Ricardo Anaya.

Ricardo Anaya, por su parte, el domingo 17 de enero externó su interés en volver a ser candidato a la Presidencia de la República. Declinó ser candidato a diputado federal. Se le hizo poco el cargo. Amenaza con visitar mil municipios de la República para “conocer sus problemas”.

Supone que haciendo eso y presentándose como candidato de la triple alianza pudiera asegurar su acceso a la Presidencia. Santo y bueno. En la vida es válido tener ambiciones; quien las tiene es elogiado por ello. En política es admisible siempre y cuando ellas tengan algún sustento real. Habrá que analizar, a vuelo de pájaro, las posibilidades que tiene su candidatura y, en su momento, su llegada a la Presidencia.

En principio, él mismo y alguien más pudieran suponer que el hecho de haber quedado en segundo lugar en la elección presidencial de 2018, con un aproximado de 12 millones de votos y muy por encima del candidato del entonces partido oficial, hace viables sus aspiraciones. Ese es un elemento a considerar.

Pero se presentan algunas variantes que es preciso tomar en consideración:

En la política real se observa una constante: ningún candidato a la Presidencia de la República de los partidos tradicionales que haya resultado derrotado, ha intentado y tampoco se le ha permitido volver a presentarse. Los casos de Francisco Labastida y Roberto Madrazo, en el PRI, son dos ejemplos. En el PAN nunca volvieron a ser candidatos Luis Cabrera, Efraín González Luna, Luis H. Álvarez, Josefina Vázquez Mota y otros.

Ciertamente Cuauhtémoc Cárdenas lo fue en dos ocasiones. El caso es diferente. Él fue cofundador del Partido de la Revolución Democrática y durante algún tiempo lo controló.

Otro caso es el de Andrés Manuel López Obrador. Fue candidato en tres ocasiones. Lo fue por el PRD en dos ocasiones en razón de que controlaba ese partido; en la restante, fue candidato por una organización política que él promovió y que controla.

Otro elemento a considerar: AMLO parece del pueblo, sabe hablar el idioma del pueblo, detecta los motivos de descontento que existen en los grupos sociales a los que se dirige y se apunta como la única solución a todo. Tiene olfato político. Nació para gobernar. La izquierda, en lo poco que tiene de existencia, gira en torno a él.

En el caso de Ricardo Anaya, si bien muestra ser inteligente y estar preparado, tiene muchos factores en contra:

Bien o mal, es un perdedor y por mucho. Le ganaron por más de 18 millones de votos. Nadie, incluyendo a su mentor Jorge Castañeda, dirá que fue por un pelo.

No controla Acción Nacional. Es uno de sus tantos líderes. Ciertamente, pudiera tener algún ascendiente, si se quiere, sobre ciertos sectores de su partido, pero no de todos. Hasta ahí. Su liderazgo no le da para más.

No es el único precandidato. Hay otros con más relaciones, méritos y tiempo dentro del partido. Sus posibilidades se reducirían enormemente en el caso de que la triple alianza se llegara a consolidar para 2024. Anaya no tendría el control de las otras dos organizaciones: el PRI y el PRD. En el caso sería el PRI el elemento determinante del candidato de unidad. Aunque no se quiera reconocer, en este momento es el PRI quien cuenta con elementos viables y presentables. Si de reciclar se trata, no sería mal candidato José Antonio Meade.

El mayor inconveniente que tiene Anaya es que huele a loción fina, habla como tecnócrata y no sabe dirigirse al pueblo. Los “indios huarachudos” y los “obreros de overol” nunca lo tomarían como alguien identificado con ellos. Lo verían demasiado fino.

El PRD no tiene sorpresas. Sus candidatos a diputados seguramente serán los de siempre: los Chuchos, y con ellos acabamos de contar. No tienen más.

La tragedia de México es la de siempre: ante la difícil situación económica y, en especial, debido a la falta de empleos, muchos toman como oficio vitalicio el de ser político. Es trágico que no quieran o, incluso, no sepan hacer otra cosa.

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