Análisis

Criminalidad empresarial y base social

Me intriga para qué pide AMLO más presupuesto para armar a una Guardia Nacional y a unas Fuerzas Armadas que tienen instrucciones de eludir los choques violentos con los criminales. ¿Así, como lo hizo en Culiacán, es como se pretende trazar la frontera entre fuerzas gubernamentales y delincuentes?
jueves, 18 de noviembre de 2021

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- El presidente López Obrador rechaza, con razón, la política de seguridad del expresidente Calderón, pero como en muchas otras cosas se va al otro extremo vicioso. Y es que su estrategia parte de la falsa premisa de que la causa de la criminalidad que desgarra a México es la pobreza. No es así en el caso del crimen organizado, que sigue la lógica de las grandes empresas. Los becarios se van a volver sicarios mientras perciban que es más rentable, fácil y conveniente dedicarse a la actividad delictiva que estudiar o tener un empleo legal. Si es mucho mayor el ingreso que pueden obtener como halcones y hay represalias en caso de rechazar la “invitación” –plata o plomo–, la aceptarán. Porque además los muchachos saben que la policía no los va a proteger a ellos sino al hampón en jefe de su zona. Es enrolarse o morir.

Ni qué decir de los altos mandos. Buscan maximizar sus utilidades, como cualquier accionista o ejecutivo que se precie de serlo. Ellos dejaron de ser pobres, si lo fueron, para convertirse en magnates. En tanto los criminales se enriquezcan –y lo hacen a lo grande, porque reciben “bonos” para compensar el riesgo de perder su libertad o su vida– seguirán ahí. Para que los cárteles dejen de existir se requiere que el negocio deje de ser rentable, no que los jóvenes tengan becas, pues mientras las ganancias sean millonarias arriba siempre habrá manera de reclutar abajo; con sueldos más altos, con leva, como sea. Confiar en que habrá escasez de mano de obra en el mundo del hampa porque el gobierno dé una pequeña cantidad mensual a quienes están en edad de estudiar o trabajar es absurdo. Sólo cuando bajen los precios de su mercancía por la legalización y/o aumenten sus costos de producción y operación por el bloqueo de sus redes de lavado de dinero o la confiscación de sus activos se podrá esperar que esas multinacionales lleguen a su fin.

He aquí el meollo del asunto. El fin de AMLO –quitar a la delincuencia organizada su base social– tiene medios equivocados. Las comunidades apoyan al capo porque es su empleador y benefactor, sin duda, pero también porque le tienen miedo y sobre todo respeto. Es la figura de autoridad. La policía y hasta las Fuerzas Armadas trabajan para él o, al menos, no lo combaten. Los líderes comunitarios le rinden pleitesía: no sólo reparte despensas sino que también arregla parques e iglesias. ¿Cómo va a ser malo si hace cosas buenas? No se le persigue, no va a la cárcel. Tiene legitimidad. Por eso, si bien es cierto que la violencia del gobierno no detuvo la violencia criminal en los dos sexenios pasados, la idea de AMLO de nunca confrontar a los cárteles es un error: consolida la legitimación. Suena burdo decirlo así, pero los abrazos se prodigan a los buenos y los balazos a los malos, y cuando ocurre lo contrario se concluye lo contrario y se actúa en consecuencia. Es difícil exagerar la repercusión legitimadora del culiacanazo. Respondió categóricamente la pregunta retórica que le gusta hacer a AMLO: ¿quién manda aquí? El problema de volver al entendimiento y al pacto que forjó la vieja guardia priista es una diferencia esencial: entonces se dejaba actuar a los narcos, pero era el Estado el que mandaba, el que daba las órdenes.

Ahora bien, si es absurdo apostar a la fuerza disuasiva de las becas lo es aún más apelar a la prédica moral. Es de una ingenuidad supina creer que los sermones o los castigos de padres de familia –que a menudo trabajan en la misma organización delincuencial– habrán de disuadir a sus hijos de sumarse a ella. Esperar que un discurso moralizador detenga la delincuencia es, en las condiciones de nuestro país, esperar una sociedad de mártires. Si las opciones de un mexicano en un pueblo asolado por un grupo delictivo son oponerse y ser asesinado o colaborar y ganar mucho dinero la inmensa mayoría colaborará. Aquí entra en juego un elemento clave: la corrupción. Sí, la corrupción siempre empieza en las élites, pero cuando se vuelve funcional permea hacia abajo. Y una vez formados esos monstruos criminales que cuentan con estructura gerencial y apoyo social, con dinero a borbotones y armamento militar, combatirlos con subsidios asistenciales equivale a dar una aspirina a un enfermo de cáncer. Y de nada sirve culpar a la negligencia de los médicos que lo atendieron antes; el paciente se le morirá a quien lo atiende ahora si se limita a mal paliar sus síntomas.

No, no es cortando cabezas como se acabará con la hidra, pero tampoco dejándola que crezca en paz. Si bien es imperativo diseñar una buena estrategia y usar la inteligencia antes que la fuerza bruta, un buen diseño estratégico minimiza el enfrentamiento, no lo excluye. A mí me intriga para qué pide AMLO más presupuesto para armar a una Guardia Nacional y a unas Fuerzas Armadas que tienen instrucciones de eludir los choques violentos con los criminales. ¿Así, como lo hizo en Culiacán, es como se pretende trazar la frontera entre fuerzas gubernamentales y delincuentes? En suma: la delincuencia de poca monta, los robos perpetrados por individuos o pequeñas bandas improvisadas se pueden neutralizar con programas sociales. Eso sí lo explica la pobreza. Pero la criminalidad a gran escala que realizan organizaciones tan sofisticadas como las empresas más grandes del mundo es otra cosa. Se mueve con la lógica capitalista del lucro y es producto de la corrupción de toda la sociedad. Y no se les va a quitar su base social sin quitarles antes dos cosas: la rentabilidad y la legitimidad. 

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