Análisis

La llegada de los bárbaros

Los migrantes, cuando dejan de serlo, pasan a formar parte de la sociedad que los ha recibido y ha tenido capacidad para integrarlos.
viernes, 19 de noviembre de 2021

“La cultura es necesariamente colectiva”. Tzvetan Todorov

 

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Son muchas las expresiones y manifestaciones que surgen de la avalancha de personas procedentes de Centroamérica y de las Antillas que han tomado a México como corredor de tránsito para llegar a Estados Unidos. Las poblaciones que han atravesado las caravanas compuestas por miles de personas han reaccionado de diferente manera. Han sido solidarias pero también refractarias al ver sus lugares asediados sin conocer sus intenciones, pero también porque desconocen las políticas públicas del país que suponen debía dar orden a ese conjunto que pareciera ahogarse en un mar de oprobio y buscar desesperadamente cómo sacar la cabeza para respirar.

Varios son los motivos que hicieron salir a los seres humanos de sus casas para emprender el viaje; la historia está llena de esos movimientos provocados por diferentes motivos, desde la curiosidad, el comercio, la conquista, las guerras. Es hasta muy recientemente que se dice que abandonan su tierra en busca de mejores condiciones de vida.

Pero no solamente los expulsa la miseria, sino las causas políticas. Desde la antigüedad los griegos se acercaron a otros pueblos, tal como lo explica Herodoto de Halicarnaso, quien desde muy joven abandonó su hogar. Como primer historiador, relató los prejuicios que encontró respecto a los extranjeros. Y pudo ­dejar sentado que desde el principio de los tiempos los ajenos son los bárbaros, los otros, aun cuando los mercaderes eran esperados para surtirse de los productos necesarios para la supervivencia.

Quienes se movieron no encontraron obstáculos, sortearon montañas y aun el mar, permitiendo los intercambios entre los pueblos. Los tiempos de la historia son muy largos para registrar todo lo acontecido, pero algo conocido es, por ejemplo, el largo trayecto, en los siglos VII y VIII, de los omeyas que bordearon el norte de África hasta llegar a España y luego los que allí crecieron emprendieron el camino en sentido contrario. Dejaron en su paso de siglos intercambios culturales que continúan influyéndonos.

En el siglo XVIII los serbios huyeron del dominio del Imperio Otomano hacia el vecino Imperio Austro-Húngaro, convirtiendo a los Balcanes en una región multicultural cuyos efectos se manifiestan hasta nuestros días, como en la guerra de Bosnia-Herzegovina. Durante la segunda mitad del siglo XIX y comienzos del XX otros pueblos igualmente dominados abandonaron sus lugares, no les importó dejar atrás a su gente en los cementerios. Esos procesos terminaron de definir las Américas, de tal forma que hay más descendientes de libaneses en Brasil que en Líbano. Igualmente localidades completas llegaron después desde Armenia o Polonia.

Los intercambios han sido constantes en la humanidad. Cuando los ajenos llegan a sitios seguros, la mayoría de sus expectativas quedan frustradas. Algunos se resignan a la prisión de la memoria y el sufrimiento de la pérdida y de la nostalgia. Conciben los países de refugio como una estación de tránsito, una vida temporal. Muchos buscan eludir las fronteras, esas líneas trazadas arbitrariamente para separar a los pueblos. Los gitanos tienen una experiencia de siglos y como nómadas encuentran asilo por las calles en las ciudades europeas. Se cuentan por miles, la mayoría romaníes, pero poco importa su procedencia; están allí y forman parte del conjunto. Las necesidades son más imperiosas que la legalidad. En lo provisional, prevalece la resignación y la falta de actuación, cierta inmovilidad en el lugar. Así se convierten en víctimas de la espera temiendo perder su identidad y fusionarse en la sociedad de alrededor. Entonces se encierran en sí mismos. Y hacen que quienes están a su alrededor les cierren la puerta en la cara, se desprende de los escritos de Todorov.

Más allá de factores externos, algunos expertos apuntan las intervenciones de los organismos internacionales como un factor que determina los flujos. En general se manifiesta la ayuda de la sociedad. Es una obligación humanitaria salvarlos, pero a corto plazo esa misión actúa como un factor que estimula las salidas. Si los migrantes saben que van a ser salvados, pueden correr el riesgo, argumentó Elizabeth Collett, cuando fue directora del Migration Policy Institute en 2014.

Es eso lo que estamos presenciando en el momento actual en México, donde los riesgos no importan; los migrantes centroamericanos buscan alejarse de la situación que han vivido. Tampoco parece importar el precio; han pagado a traficantes de personas, a agentes aduaneros, a quien proporciona un medio de transporte y en ocasiones terminan pagando lo que podría haberles costado un viaje en la comodidad de un avión. Su ilegalidad les imposibilita y les hace caer en las trampas de esas redes que viven de explotar desgracias ajenas.

No les importa igualmente a las mujeres las penurias de desplazarse con dificultad, acompañadas por sus hijos o apenas en gestación; nada es obstáculo, como tampoco lo son las enfermedades y las capacidades disminuidas. Junto con los varones caminan y caminan kilómetros en temperaturas que en Chiapas han superado los 40 grados; no pueden mitigar la sed con la regularidad requerida y tampoco les resulta fácil lidiar con el hambre pese a las ayudas que reciben.

Prefieren el hambre que intercambian por el miedo a la guerra y otras dificultades. Al ser detectados en su tránsito, las autoridades deben conducirlos a donde tienen la posibilidad de pedir asilo y esperar en centros especiales o albergues en muy malas condiciones, sin paciencia para esperar que su situación se resuelva. La mayoría prefiere abandonarlos, porque no hay nada que los detenga, ni siquiera un lecho donde pasar la noche. Saben que sus solicitudes no cumplen los requisitos, lo que los hace sujetos de ser deportados, pero el proceso es complejo, especialmente si no existe acuerdo de retorno con el país de origen.

Muchos rehúsan revelar su procedencia y mantienen oculta su nacionalidad.

En los centros de detención es común la denuncia de que los otros no son del país que dicen ser, porque es mejor afirmar que son mexicanos porque la deportación es apenas a unos cuantos kilómetros, y la distancia de Estados Unidos, donde realmente quieren estar es mucho mayor a El Salvador o Nicaragua.

Las migraciones de nuestra época han cambiado de carácter; las descripciones y explicaciones ya no son suficientes para entender la complejidad, las causas para que en los escasos años transcurridos del siglo XXI hayan salido de sus lugares de nacimiento los mismos 200 millones del siglo anterior.

Los migrantes forman una categoría cada vez más compleja, se movieron por su voluntad o son los expulsados y los desplazados, los refugiados de guerra y persecuciones. Es el fenómeno social más grave, porque los conflictos que los provocaron agudizan los problemas económicos, como en Siria, por lo que sus expulsados no quieren regresar.

La sociedad mundializada es propensa a los intercambios humanos permanentes entre los países más remotos, y entre los que comparten fronteras, como entre Estados Unidos y México; también acontece en aquellos con rasgos culturales comunes, como Argelia y Francia. Entre quienes fueron refugiados llegaron profesionistas que benefician al país receptor. Egresados de universidades libanesas son cuadros de las empresas en Nueva York.

Sin embargo, son alarmantes los fuertes contingentes que se desplazan si se recuerda lo que sucedió este mismo año en Afganistán, que echó a tantas personas que debieron encontrar refugio en otros países. Primero salen los que han estudiado y pueden ser seleccionados para puestos de trabajo. Los migrantes, cuando dejan de serlo, pasan a formar parte de la sociedad que los ha recibido y ha tenido capacidad para integrarlos. Sólo de esa manera se entienden los millones de personas que ha recibido Estados Unidos en los últimos 10 años. O el millón que recibió Alemania a partir de la crisis humanitaria en la cuenca griega del Mediterráneo en 2015.

Aun si se exagera la hipótesis del beneficio a los países receptores, debe tenerse en cuenta que los migrantes también realizan trabajos que no son atractivos para los nacionales, como los servicios. Hace poco se dio a conocer el déficit de 1 millón de choferes en Estados Unidos debido a la pandemia. Los migrantes ayudan a las economías cuando, siendo en su mayoría jóvenes, contribuyen a compensar los trabajos abandonados por los pensionados. Y están, desde luego, las remesas, que constituyen un fuerte alivio a ciertas economías: México recibiendo las de Estados Unidos, Líbano las de los trabajadores en Arabia Saudita y Emiratos Árabes, la India las de varios países, entre los que destaca Inglaterra.

Por todo esto, donde dice “migraciones” debe decir “permanencias”.

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