ONU

La ONU enfrenta dos grandes crisis

La organización trabaja bajo grandes carencias financieras –compromisos ineludibles, pero muy costosos, como el uso de seis idiomas–, con inercias burocráticas, propias de una organización de tantos años, y bajo la presión constante de grandes potencias.
miércoles, 3 de noviembre de 2021

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).– Hace unos días se conmemoró el 76 aniversario de las Naciones Unidas (ONU). Las reacciones ante esa noticia son diversas. En general, domina el escepticismo sobre el significado de esa organización en un mundo conmocionado por catástrofes mundiales de grandes ­dimensiones.

Semejante sentimiento es comprensible pero injustificado. Con sus serias limitaciones, la ONU ha cumplido un papel importante ante las dos catástrofes más importantes que debemos enfrentar: la pandemia, que no termina, y el cambio climático que se acelera.

Las Naciones Unidas no es, como algunos se imaginan, un organismo supranacional con posibilidades para imponer decisiones, vigilar que se cumplan y aplicar sanciones si esto no ocurre. Los países y sus gobiernos no han evolucionado en esa dirección, todo lo contrario. Son enormemente celosos de su soberanía, listos a defender su autodeterminación, nacionalistas y profundamente egoístas cuando se trata de elegir entre privilegiar a sus nacionales o cooperar con el resto del mundo.

Al mismo tiempo la organización trabaja bajo grandes carencias financieras –compromisos ineludibles, pero muy costosos, como el uso de seis idiomas–, con inercias burocráticas, propias de una organización de tantos años, y bajo la presión constante de grandes potencias que dirimen sus diferencias suspendiendo sus contribuciones financieras o paralizando deliberadamente la marcha de sus órganos más importantes.

Tomando en cuenta los puntos anteriores, la ONU y sus agencias especializadas están enfrentando con una determinación admirable los momentos más difíciles que nos ha tocado vivir desde hace más de un siglo. La pandemia de covid-19 y la rápida aceleración del calentamiento global que está poniendo en riesgo el futuro de la humanidad.

Bajo la dirección de su actual secretario general, Antonio Guterres, cuyo liderazgo y compromiso ha sido notable, la ONU ha desempeñado un papel muy importante al menos en tres ámbitos.

Por lo que toca a la pandemia, fue desde la ONU que se hizo el esfuerzo más notorio por alertar para que se tomara conciencia del carácter mundial de la misma y, por lo tanto, la necesidad de enfrentarla en todos los continentes. La famosa frase de Antonio Guterres, “nadie está a salvo mientras todos no estén a salvo” sintetizó, mejor que cualquier otra expresión, la dimensión de lo que se tenía que lograr si realmente se querían superar los peligros del virus que recorre al mundo. Las enormes dificultades que están presentes para avanzar hacia la meta de la vacunación universal recuerdan, día a día, la pertinencia de la frase “que todos estén a salvo”.

En la actualidad la asimetría de la lucha contra la pandemia se ilustra rápidamente si recordamos que mientras en los países avanzados se logra la vacunación de cerca de 65% de la población y se entra ya a la aplicación de una tercera dosis a diversos sectores, en algunos países africanos apenas hay 5% de la población vacunada una primera vez y en países muy pobres, como Haití, apenas 2% de la población ha sido vacunada.

El segundo ámbito en que la ONU ha centrado la atención, gracias a resoluciones de la Asamblea General y declaraciones en el Consejo de Seguridad, es el acceso a los equipos, medicamentos y, desde luego, la vacuna para combatir la pandemia. De la ONU surge la propuesta de hacer de esos medicamentos un bien público mundial, accesible y asequible para todos.

Semejante objetivo pasa necesariamente por el tema de la liberalización de las patentes y la ampliación y fortalecimiento de laboratorios y farmacéuticas a lo largo del mundo con la capacidad para fabricar y distribuir más aceleradamente la vacuna.

La batalla, llevada a cabo para ese fin en el seno de la Organización Mundial de Comercio, no se ha ganado. Son muy fuertes los intereses económicos involucrados. Sin embargo, el objetivo está ahí, manteniendo la esperanza de que podrá alcanzarse.

El tercer ámbito en que la contribución de organismos de la ONU es sobresaliente es el de la información, su recolección, sistematización y propuestas de acción, basadas en el conocimiento científico, tanto en lo que concierne a la pandemia como al cambio climático.

Sobre lo primero, es notable la contribución de organismos especializados de la ONU, como la CEPAL, al conocimiento de los efectos económicos y sociales de la pandemia en América Latina. Su última publicación sobre las consecuencias del covid-19 en la región, una de las más golpeadas en el mundo desde el punto de vista social, es una importante llamada de atención a los gobiernos y la sociedad sobre la urgencia de poner en pie programas de recuperación económica y atención social.

Ahora bien, el documento de mayor trascendencia surgido de los grupos de trabajo bajo los auspicios de la ONU es el Informe del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre Cambio Climático (IPCC) presentado en agosto del presente año. Creado desde 1988 por el Programa de la ONU sobre el Medio Ambiente y la Organización Meteorológica Internacional, el IPCC es la autoridad más reconocida por los científicos para estudiar el comportamiento del clima y hacer proyecciones hacia el futuro.

Su más reciente informe nos recuerda que la influencia de la actividad humana sobre los cambios en el clima es indiscutible, que esos cambios se han acelerado notablemente durante los últimos 10 años, que sus consecuencias sobre la intensificación de fenómenos como lluvias, inundaciones y sequías persistentes, así como la elevación del nivel de los océanos y el deshielo de los glaciares, continuarán.

Esos cambios serán irreversibles durante miles y cientos de miles de años. Sólo una acción enérgica y duradera para la reducción de gases de efecto invernadero puede limitar el desastre. Como señaló acertadamente el secretario general de la ONU, “el informe es un código rojo para la humanidad. Las señales de alarma son ensordecedoras y las pruebas son irrefutables”.

Cabe insistir en el hecho que las crisis que vivimos, tanto por la pandemia como por el cambio climático, no pueden enfrentarse sin la acción colectiva. Son fenómenos imposibles de combatir sólo individual o regionalmente, requieren de acción universal; para ello, la participación de la ONU es ineludible.

El presidente López Obrador ha informado sobre su decisión de acudir a la ONU a pronunciar un discurso durante la presidencia rotativa del Consejo de Seguridad que corresponde ejercer a México en noviembre. ¿Cuál será su posicionamiento sobre las dos grandes crisis que enfrenta la organización? 

Este análisis forma parte del número 2348 de la edición impresa de Proceso, publicado el 31 de octubre de 2021, cuya edición digital puede adquirir en este enlace

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