Análisis

Anomia

En donde nos paremos, si abandonamos la trampa de las ilusiones, la realidad política apunta a la catástrofe.
viernes, 3 de diciembre de 2021

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- En el antiguo Egipto, dice el filósofo Rüdiger Safranski, existía un mito fundacional sobre lo que hoy llamamos Estado. Estaba representado por Shou, dios del aire. Su tarea era “mantener levantado el cielo sobre la tierra para que éste no se desplomara” y el mundo, devorado por la anomia (ausencia de orden), dirían los griegos, volviera al caos (al abismo, a la oscuridad). El Estado era “la catástrofe detenida”, el “origen del mundo estable”.

Desde entonces esa idea ha prevalecido en Occidente bajo los conceptos de “legalidad” y “legitimidad”, formas modernas de lo que antiguamente eran la potestas y la auctoritas, el “poder temporal” del Estado y el “poder espiritual” de la Iglesia.

Ese orden, que a partir de la Ilustración absorbió por completo el Estado moderno, ha tenido, con difíciles equilibrios, la tarea asignada a Shou de evitar que la violencia generalizada destruya al mundo.

Me parece que desde el ascenso del sovietismo y del nazismo al poder, esa idea comenzó a naufragar y se ha hecho absoluta con el fracaso de los Estados liberales y democráticos que, después de la caída del Muro de Berlín, se presentaron como la mejor forma del Estado, como el rostro más acabado del Shou egipcio, del equilibrio, diría San Agustín, entre la ciudad terrestre y la ciudad celeste. Asfixiado por la corrupción, por organizaciones ilegales, pandemias, desastres ambientales, migraciones, el Estado no sólo se ha vuelto inoperante para contener el desastre, sino incluso, diría Iván Illich, “contraproductivo”, es decir, contrario a los fines para los que fue creado: sus propuestas, lejos de evitar la catástrofe, la auspician y en el mejor de los casos, la posponen o la encubren.

En México esa realidad ha quedado manifiesta con la 4T. Si algo nos ha mostrado este gobierno son 1) los profundos niveles de corrupción del Estado (ocupamos con y desde antes de ella los índices más bajos en el ranking mundial, sólo por encima de países como Uganda y Camboya); 2) su incapacidad no sólo para evitarlos sino para contener la violencia que día con día crece (continuamos teniendo más de 90% de impunidad, 94.8%, para ser precisos; 35% del territorio nacional tomado por el crimen organizado; más de 300 mil asesinados y más de 90 mil desaparecidos); 3) su incompetencia para controlar la pandemia de covid-19 (casi 300 mil muertos en cifras oficiales y una posible cuarta ola de contagios frente a la cual no hay, como en las anteriores, una estrategia clara) y para darle cobertura médica a la mayoría de sus ciudadanos (hay 57% de desabasto en medicinas para el cáncer, la diabetes, problemas cardiovasculares y mentales); 4) su contribución al desastre ambiental con su política de potenciar el consumo de combustibles fósiles.

Recientemente la Secretaría de Gobernación (ver “Más impunidad , inseguridad y conflictos sociales”, Proceso 2350) realizó dos informes en donde evalúa tanto la gobernabilidad del país durante el presente año, como los riesgos que en esos rubros el Estado tendrá que enfrentar en el siguiente. Ni la evaluación ni los riegos son alentadores. El próximo año –dicen en síntesis los informes– se agudizarán la impunidad, la inseguridad y la persistencia de demandas sociales sin atención y continuarán los atentados, y los ataques contra organizaciones civiles y defensores de derechos humanos, así como asesinatos de periodistas y civiles. Sólo en lo que va del gobierno de López Obrador hay más de 30 mil desaparecidos y más de 100 mil asesinatos, dice el informe.

La culpa no sólo es responsabilidad de la 4T y de las políticas de López Obrador, como dice la oposición. Si así fuera, ni los gobiernos del PRI ni del PAN habrían perdido tan aparatosamente la administración del Estado. Lo que, en cambio, han hecho, en su intento por transformarlo y devolverlo a las épocas en que era el dique contra la catástrofe y el garante de la estabilidad del país, es mostrar y acelerar la inoperancia y la contraproductividad a la que el Estado llegó en la primera parte del siglo XXI. Después de López Obrador y de Morena en el poder, lo único que habrá es la anomia en estado puro. La oposición es incapaz de recomponerlo. En su corrupción y barbarie, ha sido parte de su desmoronamiento y lo continuará de llegar al poder. Tampoco Morena podrá hacerlo, su envilecido desorden y su servil arrogancia son el signo de su pudrición. Tampoco podrá hacerlo Andrés Manuel, cuya tentación frente al desastre es, a lo que parece, volverse una especie de Calles trasnochado que simulará gobernar mediante la violencia de dos brazos armados, a los que les ha concedido todo, el ejército y el crimen organizado.

En donde nos paremos, si abandonamos la trampa de las ilusiones, la realidad política apunta a la catástrofe. Shou se ha contaminado y ya no lleva consigo el suficiente aire fresco para mantener al cielo lejos de la tierra.

En el lenguaje teológico que está detrás de Occidente ese momento se llama “apocalipsis” en su doble acepción: “revelación” y “catástrofe”; en el de la laicidad lleva el nombre de “crisis civilizatoria”: una decisión (es el sentido de “crisis”) que podrá crear un nuevo orden o hundirnos en el caos. Mientras decidimos, habitamos la anomia y la noche.

Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, detener la guerra, liberar a todos los presos políticos, hacer justicia a las víctimas de la violencia, juzgar a gobernadores y funcionarios criminales, esclarecer el asesinato de Samir Flores, la masacre de los LeBarón, detener los megaproyectos y devolverle la gobernabilidad a México.  

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