AMLO

Cómo no dormir junto al elefante

La relación de México con su vecino del norte es sumamente compleja y difícil, esté quien esté en la Casa Blanca.
jueves, 11 de febrero de 2021

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Tengo para mí que los gobiernos de izquierda populista de América Latina han cargado, desde hace medio siglo, con el fantasma de Salvador Allende. Su temor a un golpe de Estado les ha llevado a tener a raya, por la buena o por la mala, a tres factores de (in)gobernabilidad –las fuerzas armadas, el empresariado y Estados Unidos–, y ha reforzado su vocación autocrática. Un corolario de ese izquierdismo radical bien podría ser que la democracia sirve para llegar, no para mantenerse. Si el allendismo fue depuesto antidemocráticamente, ellos van a conservar el poder antidemocráticamente.

En menor medida, los mexicanos estamos presenciando ese reconcomio. No soy de los que equiparan al obradorismo con el chavismo, pero sí creo que en la cabeza del presidente López Obrador reverbera el ominoso derroca­miento de Allende y, quizá con más fuerza, el de Madero. Aunque la 4T ha usado el presunto riesgo golpista como estratagema propagandística, AMLO parece tomarlo en serio. No en balde ha procurado cultivar buenas relaciones con los militares, los grandes empresarios y Donald Trump. A los primeros les ha dado casi toda la operación gubernamental, a los segundos bastantes concesiones y con el tercero capituló incluso antes de iniciar la refriega. Aquí voy a detenerme esta vez, porque hay baraja nueva.

La relación de México con su vecino del norte es sumamente compleja y difícil, esté quien esté en la Casa Blanca. Y desde luego, si quien está ahí es un personaje de la ralea de Trump, la complejidad y la dificultad se potencian. La famosa metáfora de Trudeau padre es certera: es un peligro dormir junto a un elefante, porque aun si quisiera ser cariñoso te aplastaría. De 2016 a 2020 no hubo hacia los mexicanos ningún asomo de cariño y sí muchos conatos de aplastamiento. Y en otros tiempos nos ha ido peor (por algo tenemos una cicatriz por frontera). Sólo una política bilateral y multilateral perspicaz y firme puede trocar desventura geográfica en ventura geopolítica.

Permítaseme una digresión personal para aclarar que mi postura ante el trumpismo viene de lejos. En 2015, cuando Donald Trump era precandidato y el priñanietismo desestimaba sus “payasadas” (así les llamaban) argumentando que no llegaría a ningún lado, advertí en la tribuna de la Cámara de Diputados que su irrupción en la escena política era oprobiosa y que sería una grave equivocación soslayarlo. Luego, cuando Enrique Peña Nieto le hizo el infame acto de campaña en Los Pinos, fui el primero en exigir la renuncia de Videgaray; y cuando el que consideraban “payaso” llegó a la Presidencia publiqué varios artículos señalando que nuestro gobierno tenía que hacer acopio de fichas de negociación para contenerlo, y pronuncié un discurso en la Interparlamentaria con los dipu­tados estadunidenses en el afán de persuadirlos de colaborar a que se entendiera en su Congreso que, si bien su país es vital para nosotros, el nuestro también es vital para ellos (sin nuestra cooperación en seguridad, migración y otros ámbitos se verían en aprietos). Pero claro, la diplomacia parlamentaria es inútil cuando el Ejecutivo no diseña una estrategia con inteligencia y la ejecuta con valor. Peña Nieto no tenía ni una ni otro y, como era de esperarse, Trump lo (nos) humilló una y otra vez.

Cuando AMLO llegó a Palacio Nacional pensé que él sí iba a hacerlo. Había escrito un libro donde le plantaba cara a Donald Trump –el cual sin duda le dio votos en la elección de 2018– y se mostraba dispuesto a enfrentarlo con dignidad. Y sí, al final pergeñó una serie de medidas, algunas simbólicas y otras más prácticas, que mostraban a Goliat que David podía agarrar la honda. El problema es que lo hizo, literalmente, al final: después del gobierno de Trump y antes del de Joe Biden. Es decir, puso el mundo al revés y adoptó con quien no tiene una agenda contra nosotros la actitud que debió haber adoptado para contener al halcón antimexicano. Aunque Biden no es pro México, tampoco es anti México. Suscitará episodios de rispidez por sus discrepancias con la 4T pero, a diferencia de su predecesor, no trae chantajes arancelarios bajo el brazo ni es racista y xenófobo ni cuenta entre su base social con milicias neonazis y supremacistas blancos que odian a los mexicanos.

Nadie espera que Joe Biden actúe con altruismo: como todo presidente defenderá los intereses de su país. La pregunta que AMLO tiene que responder es por qué fue tan sumiso con Donald Trump y por qué se endurece frente a Biden (es un mal cálculo asumir que llegará debilitado). ¿Será porque uno trató mal a nuestros paisanos pero trató bien a él, y con el otro puede ocurrir lo contrario? Cuando le reclamábamos en Twitter, primero a Peña y después a AMLO, que le concedieran todo al bully agresor, sus defensores respondían con la misma cantaleta: “No sean irresponsables, no podemos pelearnos con la superpotencia”. Curiosamente ahora, cuando en vez de zaherir a los migrantes desde la Casa Blanca se suspende el muro, se apoya a los dreamers y se busca la regularización de los indocumentados, los 4Tistas promueven la “irresponsabilidad”, responden con el viejo discurso antiimperialista y llegan a la ignominia izquierdista de defender a Trump, líder de la ultraderecha y enemigo confeso del socialismo. ¿Será que el fantasma del golpismo reaparece en amagos defensivos o se trata de retórica y propaganda? ¿Será que AMLO quiere expiar su pecado de sumisión al imperio o es que hay elecciones este año y el antiyanquismo da votos? 

Comentarios