4T

La cuarta transformación y la fórmula populista: un divorcio necesario

Al menos en el mediano y en el largo plazo, el uso de la fórmula populista como medio es incompatible con la 4T entendida como un fin. Hay al menos tres formas de mostrar que la continuación de su uso atenta contra la idea misma de una cuarta transformación.
martes, 16 de febrero de 2021

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- El gobierno de AMLO ha aprovechado la misma fórmula que ayudó al reciente ascenso de los populistas de derecha alrededor del mundo. La relevancia que este compuesto tiene para la 4T queda de manifiesto cuando se consideran sus dos principales elementos. 

El primero está formado por la colección de tropos y recursos discursivos populistas. En esta colección se puede incluir el uso de frases pegajosas o apodos, las simplificaciones de problemas complejos, las respuestas repetitivas y descalificaciones sin distinciones a la prensa, o la jocosa caricaturización de críticos u opositores. 

El segundo elemento consiste en una raigambre cibernética constituida por el uso intensivo de hordas de bots, de replicadores de carne y hueso a sueldo y de influencers, que van desde artistas hasta supuestos intelectuales. Dado que alrededor de la mitad de los perfiles en redes sociales son cuentas automatizadas, el uso de esta estructura tiene un efecto crucial en la determinación del sentido de la discusión y en la formación de la opinión pública. 

Aunque esta raigambre no es exclusiva de los populistas, han sido éstos quienes la han utilizado primero y más eficientemente. Su uso no implica la inexistencia de un apoyo masivo y real a estos personajes o a sus gobiernos, pero juega un papel importante en la explicación de este apoyo. Para simplificar, me referiré a la conjunción entre los tropos populistas y la estructura cibernética como “la fórmula populista”. Independientemente de los aciertos de la 4T –los hay y no son pocos–, esta fórmula ha jugado un papel importante para el presente gobierno. ¿Cómo puede un gobierno de izquierda defender el uso de la fórmula del populismo de derecha?

Para quienes apoyan a la 4T desde la razón puede resultar tentador ver esta fórmula como el menor de los males. La idea es que su uso en 2018 por un líder de la izquierda institucional nos salvó de la posibilidad de que la capitalizara algún populista de derecha, algún comediante venido a político o algún desquiciado –como Gilberto Lozano–. En el mismo sentido, se puede alegar que el dominio de la 4T sobre la fórmula populista es el mejor dique para frenar las ambiciones de conservadores impresentables –por ejemplo, el proyecto Calderón-Zavala– o de empresarios megalómanos –al estilo de Ricardo Salinas Pliego–.

Quienes defienden con argumentos a la 4T también pueden presentar la fórmula populista como un mal necesario. Bien se puede alegar que su uso ha sido crucial para la llegada del primer gobierno de izquierda democráticamente elegido en nuestro país. Las elecciones de 2006 nos demostraron con claridad que buena parte de las élites económicas de México, en alianza con élites políticas, fueron capaces de tirar la casa por la ventana con tal de evitar una presidencia de AMLO. Si el actual presidente pudo romper el cerco que se le impuso fue porque se topó con la herramienta idónea en el momento adecuado. 

La pervivencia de estas élites y de las vociferaciones de sus aliados puede usarse como evidencia de la necesidad de dar continuidad a la estrategia populista. Para ser claro, el argumento detrás de esta justificación es que AMLO no podría limitar a algunos poderes fácticos si no mantuviese un alto porcentaje de aprobación y que, a su vez, dadas las embestidas de estos poderes, la aprobación del presidente sería imposible sin la fórmula populista.

Ambas líneas de defensa presuponen que el fin justifica los medios. No es mi intención entrar aquí en este debate. Lo que me interesa señalar es que, al menos en el mediano y en el largo plazo, el uso de la fórmula populista como medio es incompatible con la 4T entendida como un fin. Hay al menos tres formas de mostrar que la continuación de su uso atenta contra la idea misma de una cuarta transformación.

En primer lugar, la fórmula populista no está diseñada para abrir espacios, sino para cerrarlos con el fin de proteger a un líder o a un proyecto. Esta dinámica es funcional para evitar linchamientos promovidos por élites defenestradas de sus cotos, incluyendo la cargada de inflados comunicadores transmutados, de un sexenio a otro, en críticos feroces del gobierno. Por ejemplo, el presidente suele confrontar con tropos a cualquier voz que le resulte incómoda. Posteriormente, esas voces sufren la embestida de bots y las corrientes que éstos generan naturalmente en redes sociales. 

Pero es fácil ver que mientras se mantenga esta lógica, las voces críticas y sus argumentos están destinadas a no encontrar espacios de diálogo con el régimen. Por ende, tampoco podrán retarlo intelectualmente. De lo anterior se sigue que, mientras esta fórmula sea empleada, el gobierno de AMLO está, de facto, abrazando el solipsismo. El problema es que las grandes empresas colectivas suelen mejorar a partir de la contraposición de ideas y argumentos. Es difícil pensar en alguna transformación social positiva y de largo aliento que haya sido diseñada desde una burbuja.

En segundo lugar, la fórmula populista ocupa los espacios que tendría que llenar la explicitación de la racionalidad. Este reemplazo es claramente ejercido por AMLO cada vez que decide comunicar al público sus decisiones o proyectos. El presidente anuncia, los tropos llenan los espacios dejados por las explicaciones en su discurso y las redes se encargan de insertar estos tropos en los espacios donde podría haber germinado una discusión razonada.

Una dinámica de esta naturaleza claramente ha resultado costeable al presidente en términos de su aprobación; por el momento, la mayoría de las mexicanas y mexicanos le ven con buenos ojos. Sin embargo, un escenario donde un gobierno evita las explicaciones claras y comprensivas implica una total desconfianza en el pueblo al que dice servir. Y, por ende, un desistimiento implícito de la posibilidad de que la 4T llegue a ser una transformación cabalmente democrática.

Finalmente, es importante notar que, por útil que sea de momento, la preservación de la parte cibernética de la fórmula populista es un arma de doble filo. Y lo es porque nada garantiza que el presidente podrá controlar su coto en las “benditas redes sociales”. Lo anterior significa que esta fórmula podría lo mismo terminar siendo instrumental para alguien de su propio partido que para las élites a las que el presidente ha jurado mantener a raya. 

Los casos de Estados Unidos, de Brasil o de Guatemala muestran que, a través de la tecnología, las élites pueden levantar a una piltrafa y convertirla en el presidente de las masas. Por ende, la dependencia en la estructura cibernética pone en riesgo el futuro de la 4T. 

La fórmula populista implica el bloqueo de espacios, el reemplazo de la razón pública y el fortalecimiento de una raigambre cibernética que podría terminar en las peores manos. Todo esto es incompatible con el concepto de la cuarta transformación. En consecuencia, para alcanzar sus fines, la 4T tendría que planear y ejecutar una estrategia de salida con el fin de reemplazar su dependencia de esta fórmula. Desde luego, alguien podría argumentar que este no es el momento; que, aunque la idea es desmontar la raigambre populista eventualmente, las condiciones para empezar a hacerlo todavía no están dadas. 

Pero un argumento de esta naturaleza, además de ser gastado y conveniente, no se sostiene. Apelar a la falta de condiciones implica poner el carro por delante del caballo. Y es que, por las razones mencionadas arriba, las condiciones para una transformación real y de fondo no podrán materializarse mientras la 4T no acepte renunciar a los componentes de la fórmula populista de la que tanto se ha beneficiado. 

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* Profesor de Filosofía de la 

Universidad de Edimburgo

Facebook: Antonio Salgado Borge

Twitter: @asalgadoborge

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