Violencia de género

La Historia de Nosotras

López Obrador aspira a pasar a la historia como un Gandhi o como un Mujica. Pero al tratar a las mujeres como lo hace, acaba pareciéndose más a hombres como Trump y Bolsonaro y Orban y Erdogan. Hombres que buscan subordinar a las mujeres.
jueves, 18 de marzo de 2021

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Andrés Manuel López Obrador erigió una valla y el feminismo la transformó en un memorial. El presidente construyó un “muro de paz” y las mujeres evidenciaron la guerra en su contra, con nombres, con pintas, con flores. El país herido, ahí. El país doliente, ahí. El país inequitativo, ahí. Cuando AMLO afirma que “esto es nuevo” se equivoca.

La lucha por los derechos no es de ahora; no comenzó como un movimiento personalmente adversarial y continuará después de que él deje Palacio Nacional. La pelea por un México donde ser mujer no signifique vivir con miedo, persistirá. La lucha por un México donde ser mujer no signifique ganar menos que el hombre sentado a tu lado, prevalecerá. La cruzada para que las voces históricamente silenciadas sean escuchadas, será asumida por nuestras hijas y por nuestras nietas y por todas las que vienen detrás.

Seguiremos aquí, una marea verde y morada de humanidad, de mujeres con el deseo de marchar, participar, confesar, exigir, ser tomadas en cuenta. No como cómplices de una “conspiración conservadora”, sino como personas libres cuya libertad aún no es reconocida. Hoy él es el blanco por su actitud desdeñosa, por su postura descalificadora, por cómo prefiere ganar elecciones a defender principios.

Pero los reclamos que hacemos y las banderas que enarbolamos lo trascienden. Exigimos que rompiera el pacto patriarcal que tantos defienden porque creíamos que –al menos en este tema– demostraría ser de izquierda progresista. Pero ha demostrado que no lo es. La candidatura de Salgado Macedonio sólo refuerza ese pacto, basado en los silencios recíprocos, en la membresía al club de los machos y los misóginos.

Un club al que pertenecen hombres de todos los partidos y todas las afiliaciones ideológicas, aunque se monten sobre el feminismo cuando sea políticamente conveniente. Pero están todavía lejos de entender el miedo que padecen las mujeres del país que tantos hombres gobiernan. El miedo a ser violada, el miedo a ser acosada, el miedo a ser asesinada, el miedo a ser desaparecida, el miedo a seguir siendo ciudadana de segunda, con derechos de segunda.

Y en respuesta, no logramos escapar a eso que Rebecca Solnit llama “el deseo cultural masculino a favor del silencio femenino”. Para el patriarca de Palacio, calladitas nos vemos más bonitas. Calladitas y bien portadas como las mujeres del gabinete paritario que lo cuida. Calladitas y bien portadas como él nunca lo fue cuando tomaba pozos y encabezaba la oposición. Calladitas y bien portadas como dijo que deberíamos actuar frente al muro de la provocación que colocó.

Las feministas tienen más tiempo siéndolo que AMLO como presidente. Denunciando desde hace décadas la impunidad de la autoridad. El manoseo a manos de policías y militares. Las leyes que apuntalan al patriarcado, permitiendo que los hombres se salgan casi siempre con la suya. Lo que el presidente presenció y criticó el 8 de marzo es una insurrección contra el maltrato masculino, y las múltiples violencias que entraña. Una revuelta enojada, fuerte, discordante y quizás transformadora por lo que busca decir. Nos rehusamos a aceptar la pandemia de la violencia que mata a 11 mujeres al día. Nos rehusamos a aceptar la mano que nos toquetea en el Metro. Nos rehusamos a aceptar el lenguaje degradante de los periodistas y del propio presidente en la mañanera. Queremos cambiar la conversación, y las instituciones, y las leyes, y la cultura, y la forma como México consistentemente desvaloriza a sus mujeres.

Duele que un presidente que se dice transformador no entienda que la transformación transita por las mujeres. No debe ser sólo un cambio que confronte a las élites contra el pueblo o al PRIAN contra Morena o a los cosmopolitas contra los nacionalistas o a los neoliberales contra los estatistas. El feminismo es de las causas más revolucionarias que hay. Es uno de los movimientos que sí está haciendo historia al trastocar patrones viejos, moldes atávicos, hábitos arraigados. El feminismo necesita de los hombres y AMLO está mandando el mensaje de que no contemos con él. Que nuestra lucha no le atañe, no le interesa, no le incumbe. Que las feministas no son pueblo verdadero, como el de Guerrero que tendrá el derecho “democrático” de elegir a un delincuente como gobernador, con la venia del presidente.

Al denostar al feminismo como lo hace, AMLO se para del lado de hombres que se sienten con derecho a humillar, castigar, silenciar, violentar o aniquilar a una mujer. Al dividir a las mujeres en las “buenas” que lo apoyan y las “malas” que son manipuladas para criticarlo, contribuye a las múltiples violencias cotidianas. Se suma a las muchas formas de “micromachismos” que en realidad no lo son, como lo ha explicado Eréndira Derbez. Propicia un clima de pequeños insultos y grandes agresiones.

López Obrador aspira a pasar a la historia como un Gandhi o como un Mujica. Pero al tratar a las mujeres como lo hace, acaba pareciéndose más a hombres como Trump y Bolsonaro y Orban y Erdogan. Hombres que buscan subordinar a las mujeres. Hombres que asocian al feminismo con el viejo orden que buscan derrumbar, y López Obrador deslegitima la causa de las mujeres vinculándola con el conservadurismo y el neoliberalismo y el prianismo. Aunque pregone un gabinete paritario –en los hechos–, la política pública de su gobierno ha dañando nuestras causas y cercenado nuestros derechos. Quizás por su conservadurismo religioso o por sus cálculos político/electorales o porque sabe que las mujeres son más subversivas y transformadoras que él. Estamos amenazando la dominancia de los hombres en la vida pública, y no hay hombre más dominante en ese espacio que el presidente. Estamos cuestionando jerarquías y él es un jerarca. El feminismo sabe que lo personal es político. Y la historia de nosotras es una búsqueda de equidad: en la casa, en la calle y en la transformación incluyente de México.

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