Metro

¿Claudia o Marcelo?

La tragedia de Tláhuac hizo más evidente la disputa por la candidatura presidencial en Morena.
sábado, 22 de mayo de 2021

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).– La tragedia de Tláhuac hizo más evidente la disputa por la candidatura presidencial en Morena. Los dos principales aspirantes a suceder desde la 4T a Andrés Manuel López Obrador pisan terreno minado porque uno y otra, en diferentes circunstancias, están vinculados a la tristemente célebre Línea 12 del Metro: Marcelo Ebrard la construyó y Claudia Sheinbaum la ha operado por más de dos años. Si los peritajes concluyen que hubo errores de diseño y construcción o fallas estructurales, Marcelo podría enfrentar la guillotina política; si se dictamina que hubo negligencia y no se le dio el mantenimiento adecuado, Claudia estaría en la picota. Y si el reporte final incluye ambas causas –que la obra y/o los vagones tienen vicios de origen y que además se escatimaron recursos o se obviaron acciones para mantenerlo en buenas condiciones–, las aspiraciones de ambos podrían truncarse.

Se trata, vale precisarlo, de dos precandidaturas muy distintas. Sin restarle méritos, la de Sheinbaum se sustenta primordialmente en el cariño y la confianza que AMLO le tiene por la lealtad que siempre le ha profesado. La de Ebrard, en cambio, se sostiene por la eficacia que ha mostrado en sus encargos –que no en su cargo– y en los puentes que ha tendido con empresarios y grupos críticos de la 4T. Su mayor problema, obviamente, es que carece de la coincidencia doctrinaria y la cercanía afectiva de su rival. Y es que AMLO suele tachar a sus colaboradores o aliados cuando no acatan su voluntad, y creo que a Marcelo Ebrard le puso dos tachas –o medias tachas, si se quiere–, una en 2012, cuando disputaron la candidatura del PRD a la Presidencia, y otra durante su exilio en Francia y Estados Unidos. Cierto, le sirve para sacarle las castañas del fuego, pero me parece que lo ve con cierta desconfianza y que lo incluyó en su gabinete porque se abrió un hueco en la Cancillería, una cartera que al menos entonces era poco relevante para un presidente ensimismado en México y desdeñoso de la globalidad.

De ser válidas mis premisas, pues, la puntera es Claudia Sheinbaum. Si AMLO llega al 2024 con fuerza, si su popularidad no se ve significativamente mermada y sigue teniendo a Morena en un puño, será él y solo él quien tomará la decisión del nombre que irá en la boleta. Y si tuviera que tomarla ahora mismo muy probablemente se inclinaría por ella. Marcelo, a mi juicio, sólo tiene posibilidad de ser el candidato de Morena si una crisis económica debilita a AMLO y lo obliga a hacer concesiones al empresariado. Si decidiera a partir de la lógica del péndulo de que habló Cosío Villegas, la que llevó a varios jefes de Estado mexicanos a escoger a un sucesor centrista porque sabían que habían estirado la cuerda del régimen hacia un extremo y que dejar en su lugar a alguien de su misma tendencia ideológica podría romperla –como hizo Lázaro Cárdenas al optar por Ávila Camacho y no por Múgica–, tal vez AMLO elegiría a Ebrard. Pero en plenitud de facultades, con poder suficiente, dudo muchísimo que AMLO siga el criterio pendular: impulsaría a quien él crea que le da más garantías de fidelidad y continuidad.

Lo ocurrido en Tláhuac no cambia mi análisis. Podría, eso sí, modificar el desen­lace. Por ejemplo, si una investigación de peritos extranjeros y sin injerencia de la 4T –si tal cosa fuera factible– señalara ineq­uívocamente a la jefa de Gobierno de CDMX como responsable del desastre. Pero incluso en caso de descartar a Claudia sostengo que un AMLO poderoso recurriría a un caballo negro de su confianza antes que designar a Marcelo Ebrard. Sólo en circunstancias críticas y de debilidad, reitero, podría AMLO inclinarse por él. Y dicho sea de paso, algo similar podría aplicarse a Ricardo Monreal, quien también tiene tacha en el cuaderno del presidente por haberse rebelado precisamente frente a la designación de la candidata a jefa de Gobierno en 2018. Un presidente fuerte tendría que revisar en semejante coyuntura a la caballada parda –para porfiar en la expresión coloquial–, la que le ha demostrado incondicionalidad, en busca de sustitutos(as) a Sheinbaum.

Si descarrilara a Claudia Sheinbaum, o a Marcelo Ebrard, la Línea 12 podría ser fiel de la balanza. Es decir, podría quitarle la primacía a la primera o inhabilitar al segundo para un contexto crítico de dedazo acotado. Si bien hay un tercer escenario –culpar únicamente a Miguel Ángel Mancera de omisiones de corrección de los daños por el sismo de 2017 y salvar a la actual jefa de Gobierno y al secretario de Relaciones Exteriores–, se antoja difícil de sostener tras dos años del nuevo gobierno. No digo que Mancera no tenga cuentas pendientes, pero esta acusación luce endeble. Ahora que, si AMLO se rehúsa a reducir la baraja de opciones, se pueden hacer piruetas para que los dos presuntos implicados en la desgracia del Metro salgan ilesos. Si bien no a los ojos de todos sí a los de su base electoral, que es la que le importa. Pero…

No vislumbro un viraje hacia la moderación en AMLO. Al contrario, lo veo cada vez más radicalizado. Por eso me parece que, si tuviera que tomar la decisión sobre la candidatura de Morena hoy, pondría sus fichas en la casilla de Sheinbaum a fin de salvar a quien representa su proyecto y su agenda. Y aquí retomo el “pero” y pongo sobre la mesa una pregunta: ¿cuál de las dos tentaciones sería más fuerte en AMLO, dejar abiertas las salidas laterales para cualquier contingencia o aprovechar la oportunidad para deshacerse de quien, aunque le es actualmente funcional, en la recta final podría llegar a desafiarlo?. 

Artículo publicado el 16 de mayo en la edición 2324 de la revista Proceso, cuya edición digital puede adquirir en este enlace.

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