Análisis

Pensar lo impensable

Mientras las élites continúen jugando a la democracia y al estado de derecho; mientras crean que el destino de México se juega en las elecciones, la violencia del crimen reinará con más fuerza bajo su amparo.
martes, 1 de junio de 2021

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- En los setenta, durante sus conferencias en el Colegio de Francia, Michel Foucault exhortaba a su auditorio a “pensar lo impensable”, es decir, a romper las seguridades mentales con las que solemos reflexionar para enfrentar nuestra época. Tres décadas después, de cara a las elecciones de 2012 y de la guerra desatada por Felipe Calderón, Jean Robert, siguiendo ese exhorto, escribió un artículo fundamental: “La fractalización del mundo global” (Conspiratio No. 12). En él nos ponía en guardia contra lo que nadie se atrevía a pensar: que, bajo la lógica de las organizaciones criminales, el Estado, como garante de la legalidad y de la legitimidad de la vida política, estaba desapareciendo.

Nadie entonces lo tomó en cuenta. Nadie tampoco parece tomarlo en cuenta hoy. Tanto ayer como ahora las élites (gobiernos, partidos, intelectuales, medios de comunicación y empresarios), abrazadas a sus seguridades mentales, continúan pensando que el Estado aún existe y que es posible dispu­tar su administración en las próximas elecciones. Sin embargo, como lo previó Robert, ese Estado, arraigado en el mito del Leviatán, ya no existe. Contaminado de violencias de todo tipo (corrupciones, fraudes, extorsiones, usos perversos de la legitimidad y de la legalidad, mentiras, asesinatos, secuestros, amenazas, masacres, fosas clandestinas) la idea clásica del Estado como una relación entre gobernantes y gobernados, entre administradores y administrados, entre los que tienen el monopolio de la fuerza y los que la padecen, perdió cualquier significado real. Lo que hoy se vive en México es una violencia que carece de dueño y un poder que dejó de tener un lugar legítimo.

En el lapso de 20 años pasamos de un Estado benefactor y una democracia dirigida a la consolidación y legitimación de estructuras criminales enmascaradas de luchas partidistas. Los hechos están a la vista y sólo quienes se aferran a seguir pensando desde sus seguridades mentales o quienes se benefician de ello se empecinan en no verlo. Enumero algunos de esos hechos que entrevió Jean Robert y a los que agrego otros que la realidad sumó:

1) A lo largo de los años los territorios del crimen y de la ley se han mezclado tan íntimamente que se han vuelto un intrincado lodazal, al grado de que los principios de organización que rigen las estructuras criminales (fraude, engaño, enriquecimiento ilícito, intimidación, asesinato, ignorancia…) y los de la ley (el estado de derecho) son cada vez más difíciles de distinguir. Gobiernos y partidos, al margen de cualquier valoración moral y atendiendo su pura eficiencia, han decidido incorporar a su quehacer tanto los principios de las organizaciones criminales como personas que trabajan para ellas.

2) Lo que queda del Estado –si es que, bajo el cascarón vacío de las instituciones, queda algo– ya no garantiza, por lo tanto, el respeto de la ley formal, concebida como escudo de los ciudadanos. Por el contrario, ese resto de Estado se ha vuelto objetivamente promotor de la fusión económicamente eficiente de lo criminal y de lo legal.

3) Los discursos de ética política, que emanan tanto de los gobiernos como de los partidos, sólo encubren redes criminales que se han apoderado o buscan tener su parte en el control de la vida política y social.

4) La llegada de Andrés Manuel López Obrador a la Presidencia, lo único que ha hecho es extremar las contradicciones de la vida política y social del país y descubrirnos que el Estado, tal y como lo concibe la teoría clásica, se volvió inoperante y contraproductivo.

En su libro, publicado en 1997, El porvenir del crimen, el magistrado francés Jean de Maillard, a quien Robert cita en su artículo, decía que la globalización abrió en el tejido social brechas en las que redes y organizaciones criminales proliferan con absoluta impunidad. Ellas, continúa De Maillard, empezarán a colonizar franjas heterogéneas de la vida social y política hasta volver imposible su control. Esto es ya una realidad en México, donde la diferencia entre la economía del crimen y la economía legal es de intensidad: en las zonas calientes de choque frontal con lo que queda de legalidad –zonas que crecen día con día–, el espectáculo del homicidio se volvió cotidiano; en las zonas tibias, la corrupción de baja intensidad se volvió instrumento de gestión. En una y otra, la violencia disuasiva por su crueldad y la intimidación, que apunta hacia ella, es la base de las relaciones políticas.

Este panorama aterrador e imposible de pensar desde una idea clásica del Estado es la realidad que exige ser enfrentada con otros criterios. Si no somos capaces de pensar lo impensable que está frente a nosotros, no podremos pensar las soluciones impensables que necesitamos para ponerle fin. Mientras las élites continúen jugando a la democracia y al estado de derecho; mientras crean que el destino de México se juega en las elecciones, la violencia del crimen reinará con más fuerza bajo su amparo. Entonces nuestro destino será vivir en esa nueva y espantosa dictadura que anunciaba De Maillard, que describí en “Una nueva forma de la dictadura” (Proceso 2324) y que desde hace mucho se apoderó de nuestras calles, de nuestros espacios políticos, de nuestras libertades y nuestras elecciones.

Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, detener la guerra, liberar a todos los presos políticos, hacer justicia a las víctimas de la violencia, juzgar a gobernadores y funcionarios criminales, esclarecer el asesinato de Samir Flores, la masacre de los LeBarón, detener los megaproyectos y devolverle la gobernabilidad a México.

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