Opinión

Pepe "El Toro" y la Línea 12

Esta vez sí que la pereza discriminatoria ganó la partida. Para justificar la derrota que experimentaron Morena y sus aliados en la Ciudad de México, el presidente Andrés Manuel López Obrador decidió recurrir al argumento del clasismo.
miércoles, 16 de junio de 2021

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Si usted viaja en Metro es gente buena, trabajadora y humilde; por tanto, pertenece a ese grupo de personas capaces de comprender que estas cosas, “los accidentes”, suceden. Si usted viaja en Metro se duele por las víctimas, quizá proteste, pero no se deja impactar por la política ni las elecciones. Si usted viaja en Metro apoya a la transformación y entonces su voto debe ser para Morena.

En cambio, si usted no usa el Metro es que pertenece a la clase media o media alta, a la pequeña burguesía, pues. Es, por tanto, probable que sea un tonto manipulable por la información tendenciosa, calumniosa, inmoral y además tóxica. Si usted no viaja en Metro vota por partidos como el PAN, el PRI o el PRD, o peor aún, por todos revueltos.

¡Tan sencillo que era de entender y algunos que nada más no entendemos! El Metro lo define todo: ser bueno o malo, comprensivo o impertinente, manipulable o no, lopezobradorista o antilopezobradorista.

Esta vez sí que la pereza discriminatoria ganó la partida. Para justificar la derrota que experimentaron Morena y sus aliados en la Ciudad de México, el presidente Andrés Manuel López Obrador decidió recurrir al argumento del clasismo.

En vez de interrogarse con gravedad sobre los resultados electorales del pasado 6 de junio en la capital, el mandatario optó por repetir el discurso que por siglos ha estigmatizado a tantas generaciones.

La literatura, el cine y las telenovelas nacionales están plagados de esta narrativa indignante donde la bondad es sinónimo de docilidad y la humildad equivale a sometimiento.

Los olvidados de antes continúan siendo los olvidados de hoy: gente que asume que “esas cosas desgraciadamente suceden”. Esas cosas (¿los accidentes?), esas cosas (26 muertes), esas cosas (80 heridos), esas cosas (el trauma), esas cosas (la irresponsabilidad), esas cosas (la corrupción), esas cosas (la indolencia), esas cosas (los afectados), esas cosas, pues, que sólo (por obra del azar) ocurren.

De plano se equivocó el discursante. La Línea 12 del Metro da servicio a ocho alcaldías y no sólo a Tláhuac e Iztapalapa. Entre esas demarcaciones, algunas apoyaron a Morena y otras no, pero en todas vive gente humilde y buena, trabajadora y honesta, sensata y consciente.

En Tlalpan, por ejemplo, lugar de residencia de la jefa de Gobierno, Claudia Sheinbaum, hay barrios y colonias donde la pobreza azota y lo hace fuerte. Sin embargo, ahí la gente no apoyó al partido del presidente.

Lo mismo podría decirse de Coyoacán o de Álvaro Obregón: alcaldías que igual albergan barrios tan antiguos como adinerados que cañadas populares o colonias marginadas.

En Los Culhuacanes habitan miles de familias muy trabajadoras cuyos atributos no desmerecen por el sentido de su voto y lo mismo puede decirse de las personas que por varias generaciones han poblado las barrancas de Mixcoac: ellas también votaron a favor de la oposición el domingo de la semana pasada.

Es cierto que las alcaldías que exhiben niveles bajos en desarrollo ofrecieron el triunfo a Morena y sus aliados, pero es una mentira enorme decir que las demarcaciones que hospedan a las poblaciones de clase media y media alta no gobiernan a centenas de comunidades pauperizadas.

A los vecinos de Santa Úrsula Coapa también los asaltan en el microbús y a los de Torres de Padierna les ha tocado, por obra de la violencia, enterrar a sus muertos. No son burgueses manipulables los vecinos de Magdalena Contreras, Tlalpan o Álvaro Obregón que durante los dos últimos años vieron duplicar el tamaño del negocio del narcomenudeo en sus calles.

Ninguna de estas poblaciones pareciera estar dispuesta a resignarse frente a la realidad. En todo caso, no tuvieron ánimo de premiar a quien no lo merecía. Si las y los alcaldes de esas demarcaciones hicieron un mal trabajo, no hay bondad que obligue al ahorro de los castigos electorales.

De haber contado los olvidados de Buñuel con el voto para reclamar por su dignidad frente los responsables del inhumano olvido, muy probablemente la historia habría sido distinta.

Es cruel elogiar a un ser humano, usuario o no del Metro, por aguantar lo inaguantable.

Hace tiempo que el presidente López Obrador hizo explícito que desprecia a los de su propia clase social; repudia un día sí y otro también a quienes viven en el mismo piso que su familia.

Pero no se había visto antes que estigmatizara a quienes no ganan en cinco años lo que los suyos ingresan mensualmente. Es la primera vez que se registra un comentario suyo así de discriminatorio.

Quizá no se percató de que, al utilizar de nuevo el leño encendido en contra de sus pares terminó discriminando por igual a quienes votaron a su favor y a quienes lo hicieron en su contra.

Con su discurso, el presidente exhibió una noción de la realidad sólo compatible con el mito estelarizado por Pedro Infante en Nosotros los pobres.

El Torito no es personaje distinguido del siglo XXI mexicano, como tampoco habrían de serlo Chachita o Blanca Estela Pavón.

Aquella narrativa de 1948 quedó atrás, junto con el clasismo y la corrupción alemanistas que, según el propio López Obrador, tanto detesta.

El Metro importa a la ciudad y por eso hubo un voto de castigo contra la Línea 12. Pero también hubo sufragios que premiaron y acaso por eso –mientras en Álvaro Obregón, Coyoacán, Tlalpan o Magdalena Contreras se expresaron contra Morena– en Iztapalapa, Tláhuac, Milpa Alta, Venustiano Carranza, Iztacalco, Xochimilco o Gustavo A. Madero los alcaldes lopezobradoristas mantuvieron sus posiciones.

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