Análisis

¡Cognitariado de todos los países, uníos!

Estamos ante la emergencia de una nueva clase social resultado de la Sociedad de la Información como modo de desarrollo, la conectividad, el Internet y el progreso de las empresas tecnológicas.
martes, 22 de junio de 2021

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- A muchos indignó la caracterización que hizo el presidente López Obrador de la clase media en la Ciudad de México, quizá porque varios nos identificamos con ella. Aunque se refirió en términos despectivos a ese estamento social, no debemos ofendernos por su atinada definición, máxime cuando él mismo, su esposa e hijos pertenecen a esa clase social (por lo que se auto descalifica), además de a otra clase, la política, esa sí muy desacreditada.

Cuando AMLO dijo que la clase media era “difícil de convencer”, en realidad fue un halago porque la clasificó como pensante y reflexiva; no se deja engatusar por mensajes electorales que en realidad fueron dirigidos a las bases partidistas duras que no necesitan ser convencidas sino reafirmadas. Lo anterior evidencia una mala estrategia discursiva y el abandono, precisamente, de las expectativas clasemedieras que, como vimos en los pasados comicios, es capaz de cambiar el rumbo “lógico” de una elección. Platón ya decía que el Estado es una imagen agrandada del individuo.

Al tacharla de tener una actitud aspiracionista, también fue acertado el Ejecutivo, como él mismo al aspirar tantas veces al poder político y además alcanzarlo, monumento a su clasemediera ambición.

Salvo las revoluciones rusa y mexicana (con un fuerte componente proletario y campesino, respectivamente), históricamente las clases medias han sido las promotoras de las grandes y reales transformaciones (no como la 4T), desde la revolución liberal en Inglaterra en el siglo XVII que logró el ascenso de la burguesía (entonces clase media) al Parlamento, pasando por la industrialización en Estados Unidos hasta el actual conflicto en Colombia –esencialmente de clase media–, que tiene arrodillado al gobierno de Iván Duque, que pretendió cobrarle más impuestos.

La clase media es digna de respeto porque al tener anhelos intelectuales y económicos claros, tiene conciencia de clase. Lo decía Samuel Ramos en El perfil del hombre y la cultura en México cuando realizó un psicoanálisis del mexicano: “por su calidad, la clase media ha sido el eje de la historia nacional y sigue siendo la sustancia del país”.

Pero hay algo que no han visto ni el gobierno ni los partidos, ni siquiera la clase media ha tomado conciencia plena de ello, mucho menos la clase baja preocupada por su subsistencia, pero que podría ser rescatada de su marasmo. Estamos ante la emergencia de una nueva clase social resultado de la Sociedad de la Información como modo de desarrollo, la conectividad, el Internet y el progreso de las empresas tecnológicas. Me refiero al cognitariado o clase social del conocimiento.

El desprecio declarativo del presidente AMLO hacia el conocimiento y los especialistas en pleno siglo XXI lo coloca en el cabús del avance civilizatorio porque hoy lo que genera riqueza es el estímulo y promoción del cognitariado. Las políticas de López Obrador están en la retaguardia del progreso al no invertir estratégicamente en educación, al eliminar becas para estudiantes y no darle suficiente dinero público a los creadores y artistas.

Lo que hoy genera riqueza, prosperidad y bienestar son la creatividad, la innovación, el conocimiento y la información. El cognitariado es el sector social (mucho más amplio que la clase media) que puede lograrlo si y sólo si adquiere conciencia como clase del conocimiento.

El cognitariado no sólo es la clase media ilustrada, es el emprendedor, la madre soltera que abre un negocio y se promociona en Internet y redes sociales, los pueblos originarios (tradicionalmente clase baja) depositarios de costumbres, tradiciones y creatividad milenarias, el joven que obtiene su primera fuente de ingresos –que no de empleo– de las plataformas de Internet colaborativas.

Aún en la miopía de AMLO como aspirante a estadista y dirigente de uno de los movimientos políticos más exitosos en tan poco tiempo, la evolución hacia el cognitariado es inevitable e irreversible. La pregunta no es si queremos o no ser un cognitariado, sino si seremos un cognitariado calificado o precario y cuáles son las políticas públicas para desarrollar un cognitariado de vanguardia. Así como hay obreros calificados o pauperizados, también existen trabajadores del conocimiento con habilidades desarrolladas o subdesarrolladas.

Desde 1776 hemos ignorado a Adam Smith, quien decía que la riqueza de las naciones se basa en el modo de organizar las habilidades (saber hacer cosas), las destrezas operativas (manuales) y la inteligencia (juicio), que hacen que el trabajo de las personas sea capaz de generar un valor añadido proveniente de la transformación de una materia inerte en un bien.

No es la extracción de petróleo, sino de datos, la nueva materia prima que genera valor y riqueza. La actividad de los usuarios conectados a Internet a través de tecnologías es la fuente de esos datos. La economía es primordialmente informacional y cognitiva. El trabajo es cada vez más inmaterial orientado hacia el uso y tratamiento de esos datos, información, símbolos, cultura, creatividad, afectos, servicios.

Basta ver las empresas más ricas en el top de la Bolsa de Valores de Nueva York para identificar dónde está empleado buena parte del cognitariado más calificado. Es un cambio de paradigma que está lejos de ser comprendido por la 4T. Como dice Nick Srnicek en Capitalismo de plataformas: “La economía está dominada por una nueva clase (el cognitariado) que no es dueña de los medios de producción (fábricas, como en la sociedad industrial), sino que más bien es propietaria de la información (datos, conocimiento, innovaciones, patentes, propiedad intelectual, derechos de autor)”.

La otrora clase trabajadora industrial o proletariado está siendo reemplazada por trabajadores de la información y el conocimiento. Los procesos productivos se automatizan. El smartphone tomó el lugar de la cadena de montaje en la organización del trabajo cognitivo.

La difusión de conocimientos, la inversión en capacitación y la formación de habilidades permiten aumentar la productividad y reducir las desigualdades sociales. Por el contrario, la ausencia de esas habilidades –como ocurre en México– puede impedir que amplios grupos sociales gocen del desarrollo y la prosperidad, lo cual nos conduce a un cognitariado precario o subdesarrollado.

El objetivo de la política debiera ser transformar y adaptar los servicios de educación, empleo y bienestar social en respuesta a los cambios tecnológicos para garantizar que todos los habitantes disfruten los beneficios de la Sociedad de la Información y el Conocimiento.

El líder visionario de la civilización digital prepara medidas sistémicas, como el despliegue de infraestructura de banda ancha cibersegura, para permitir que el cognitariado haga uso de las Tecnologías de la Información y las Comunicaciones (TIC) sin temor a una polarización social, alienación del trabajo o ataques a la privacidad.

El cognitariado calificado es el engrane que hace girar las industrias. Todas ellas habilitadas por tecnologías digitales inteligentes como los dispositivos móviles, Inteligencia Artificial, Nube, Big Data e Internet de las cosas. Estas industrias conectadas y automatizadas generan nuevos empleos que dependen de un sistema educativo formador de cognitariado. El objetivo es el bienestar colectivo. La clase media debiera proclamar para sí: ¡Cognitariado de todos los países, uníos! 

Twitter: @beltmondi

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