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AMLO y la teología política del mesianismo

Krauze y The Economist trivializan el concepto Mesías y abaratan el Éxodo. La alianza entre Dios con su pueblo está sujeta a los cambios de cultura y a la libertad de convicciones. No sólo asentarse en la tierra nueva sino transformar hacia un nuevo modo de vida y organización social.
lunes, 7 de junio de 2021

El mesías, en la tradición abrahámica, es el enviado por Dios para liberar y salvar a su pueblo. En el Antiguo Testamento es Moisés el llamado por Yahvé para conducir la liberación del pueblo judío del yugo de Egipto; y en el Nuevo Testamento es el propio Jesús. 

Mexico’s false messiah publicado por The Economist en la edición del 29 de mayo de este año merece un apunte, porque a mi juicio abusa de un concepto histórico de las religiones del libro para convertirlo en un adjetivo político despectivo. El texto replica las premisas de quienes desaprueban la gestión de AMLO y reprocha a los votantes mexicanos dejarse engañar y ser fanáticos de un falso líder mesiánico que se cree erróneamente ungido por Dios para conducir a su pueblo. Es un texto que abona a la crispante polarización electoral, que refrenda el clima de odio político que campea en los comicios. 

El falso mesías de The Economist recuerda el retrato crítico de AMLO que Enrique Krauze escribió en 2006, titulado El mesías tropical. Si bien la mirada del historiador recupera ciertos rasgos místicos del tabasqueño, el título de su ensayo es secularmente más provocador que un análisis de los supuestos rastros mesiánicos de AMLO, como sugiere el título. Tanto The Economist como Krauze son reduccionistas en la descalificación del personaje.

Mesías se convierte en un adjetivo humillante. Las referencias se encaminan en construir un desigual paralelismo entre un AMLO que pretende emular de manera barata al Moisés del Antiguo Testamento, liberando a su pueblo de la opresión neoliberal y de una clase política encumbrada que goza de la impunidad de la corrupción. Hay que reconocer que las constantes incursiones religiosas de AMLO en su discurso político han dado pie a dichas caricaturizaciones. El presidente pretendería, entonces, emular a Moisés, quien estableció una relación triangular entre Dios, el mesías y el pueblo judío para liberar la opresión egipcia. 

¿Qué es el Éxodo y cómo encuadra la tradición bíblica al mesianismo? El mesianismo de Moisés se centra en la liberación de su pueblo y alcanzar la tierra prometida. Yahvé se la ofrece a Abraham. La promesa de la tierra nueva está presente en los profetas del exilio y se retoma con ímpetu en el libro del Éxodo. Ahí Yahvé reitera su promesa a Moisés (Éxodo 33:1-3.6). Éste promueve un proceso de emancipación del Egipto esclavista y él y su pueblo inician una compleja migración hacia la tierra prometida decretada por Yahvé. La organización fue difícil, llena de tensiones y altercados. 

Por otra parte, hay una idealización de la tierra nueva donde a menudo se le representaba con extraordinaria belleza, una tierra generosa y fecunda de la que “mana leche y miel”. La travesía dura 40 años en medio de penurias y fracturas internas. Cuando llegan a la tierra de Canaán, la primera impresión es que no es el edén imaginado; hay agua, en efecto, pastura y mayor fertilidad comparada con el desierto, pero no es el vergel prodigioso. Además, el lugar está ocupado por diversos grupos semitas, principalmente por cananeos. Tienen que combatir para conquistarla y luchar para mantener su dominio.

Habría que preguntarse ¿por qué tardaron 40 años en su travesía hacia la Tierra Prometida cuando máximo se requería tres meses? ¿Por qué Moisés mismo no alcanzó llegar? ¿Por qué los que salen de Egipto no llegan, sino que lo hacen las siguientes generaciones? La respuesta está en la naturaleza recolectora y nómada del pueblo judío. Arribar a la Tierra Prometida significaba establecerse y asumir un modo de vida agrícola y sedentario. Por tanto, se requería un cambio de cultura que tardó hasta tres generaciones. El protagonista entonces no es Moisés, el mesías ni Dios, sino el pueblo, quien decide –no sin dudas, divisiones y tropiezos– materializar la promesa de Yahvé que representó un cambio civilizatorio.

El Éxodo es uno de los pasajes más impactantes del Antiguo Testamento. El relato va más allá de la fe y de la literatura sagrada. Es una referencia para la ciencia política moderna e incluso inspiración para el pensamiento político revolucionario no mesiánico en Occidente. Su historia de liberación de la esclavitud, marcha y redención, así como anhelo de la tierra prometida son referencias obligadas de las grandes transiciones sociales y políticas.

La nueva tierra y el Éxodo han inspirado las revoluciones desde Cromwell hasta la estadunidense, y por supuesto están en el nudo conceptual de la Teología de la Liberación latinoamericana. Ahí está un estupendo texto titulado Éxodo y revolución (1985), del brillante académico Michael Walzer, exponente de la filosofía política norteamericana.

Walzer ha examinado, junto con otros pensadores contemporáneos, las fuentes bíblicas como una fuente rica de significados para la comprensión política del hombre moderno en Occidente. En el libro ofrece una lectura secular del Éxodo para captar su significado político y civilizatorio. Walzer profundiza la tensión en el pueblo hebreo esclavo y humillado, tentado entre el deseo de los bienes de Egipto y la aspiración de la tierra prometida, que Dios le ha ofrecido y cuya tensión no puede separarse tan fácilmente. 

Krauze y The Economist trivializan el concepto Mesías y abaratan el Éxodo. La alianza entre Dios con su pueblo está sujeta a los cambios de cultura y a la libertad de convicciones. No sólo asentarse en la tierra nueva sino transformar hacia un nuevo modo de vida y organización social.

La liberación de Egipto fue un acto político y la posesión de la tierra prometida fue un cambio de cultura. Es la supresión del desorden de injusticias y la creación de un orden nuevo. La metáfora bíblica con nuestra actual circunstancia no tiene desperdicio. Fue tal la expectativa de cambio en México que los votantes depositaron en 2018 que se pensó que todo cambiaría con un nuevo gobierno. Ahora queda claro para todos que es un largo y azaroso proceso; complejo y cargado de contradicciones. Los protagonistas somos las y los ciudadanos mexicanos, no los mesías ni mucho menos la providencia divina. Nuestra participación y voto son mandato, no la caprichosa actuación de líderes corruptos ni de profetas autoritarios.

Este análisis forma parte del número 2327 de la edición impresa de Proceso, publicado el 6 de junio de 2021 y cuya versión digitalizada puedes adquirir aquí

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