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El dictador

En sus inicios el dictator, del que deriva el actual concepto, es el “que dice algo para que otro lo copie” (...) cambió el dictado por la dictadura (un “dictado-duro”, valga la falsa etimología) y se convirtió en dictador, en violador de la autonomía y la libertad del otro. ¿López Obrador es eso?
lunes, 9 de agosto de 2021

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Se suele acusar a López Obrador de dictador o, al menos, de pretender serlo. ¿Lo es? Según el diccionario de la RAE, el “dictador” es alguien “que se arroga o recibe todos los poderes políticos y, apoyado en la fuerza, los ejerce sin limitación jurídica”.

Para entender mejor la definición hay que remontarse a su sentido original.

En sus inicios el dictator, del que deriva nuestro actual concepto, es aquel “que dice algo para que otro lo copie”. Está asociado con el nacimiento de la escritura que, en sus comienzos –3000 a.C.–, y debido a que no existían todavía los elementos para hacerlo de manera personal (separación entre palabras, puntuación, márgenes, etc.), se ejercía mediante el dictado. Cicerón, por ejemplo, tenía 20 esclavos dedicados a ese oficio. Su preferido era Tiros, que había ideado un método de escritura rápida. Lo mismo puede decirse de San Agustín y San Bernardo. A veces quienes dictaban solían utilizar diferentes escribas, según el tipo de dictado.

La mayoría de esos amanuenses no sabían leer, quizá ni siquiera entender el dictado. Sabían simplemente reproducir gráficamente el sonido de las palabras que grababan sobre la piel de una tablilla de cera, de un papiro o de un pergamino. Según Irene Vallejo, el lector de esos dictados, que, dadas las condiciones de la escritura de entonces, sólo podía hacerlo en voz alta para sus oídos y los de otros (leer era un acto no de los ojos, sino de la voz y la escucha), solía asociarse en la Roma antigua con un ser sodomizado por la palabra del dictator, que al seducirlo y someterlo mediante la autoridad de su decir lo desapropiaba de su palabra.

Visto desde allí se entiende mejor por qué su significado pasó a asociarse con alguien que domina, que se apoya en la fuerza de su decir, que graba su palabra más allá de los límites de la ley (los límites de la oralidad en el sentido de la escritura) para sodomizar a sus oyentes. El dictator, que por asociación o extensión se refería, en la República Romana de Cicerón, al magistrado que era investido temporalmente con poderes absolutos, se transformó, después, en un monstruo que –como Hitler, Stalin, Franco, Pinochet, Castro, Díaz-Canel, Daniel Ortega, Bolsonaro, Maduro o Trump, que lo intentó y lo sigue intentando– graba en la piel de quienes no quieren ser sodomizados el punzón de su dictado.

No en vano las bayonetas tienen la forma del buril o del cálamo con el que se escribía antiguamente. Estos dictadores llevan el poder que la autoridad le confería al dictator (la condición de autor, del “que hace crecer”), a la arbitrariedad y la imposición por el miedo. El dictator que, por la calidad de su decir, invitaba al lector a ser sodomizado, cambió el dictado por la dictadura (un “dictado-duro”, valga la falsa etimología) y se convirtió en dictador, en violador de la autonomía y de la libertad del otro.

¿López Obrador es eso? En varios sentidos sí. Primero, en el sentido de que dicta y su dictado lo realiza con su equipo a puerta cerrada, como Cicerón lo hacía con sus esclavos y, luego de manera pública en cada “mañanera”. Segundo, porque su dictado aparece luego, semejante al de los dictatores de la Antigüedad, grabado no en tablillas de cera, en papiro o pergamino, sino en el papel de los periódicos, en la escritura luminosa de las redes y a través de la televisión, esa forma de la lectura que recuerda en algún sentido los púlpitos donde se realizaba la lectio. Tercero, porque su dictado, que muchas veces violenta le ley, que la malversa, que la usa según conviene a su autoría, busca sodomizar no sólo por la seducción a sus partidarios, sino mediante la violencia y la persecución verbal a sus adversarios.

No lo es, en cambio, en el sentido de que, hasta ahora, no ha buscado, querido o podido imponer ese dictado con el punzón de las bayonetas; no ha sodomizado –mediante el encarcelamiento arbitrario, el asesinato, la desaparición y el miedo– a quienes se le oponen o lo criticamos incluso con vehemencia.

Ese tipo de dictadura pertenece a una nueva forma de ella, que emergió de los intersticios de la globalización: la del crimen organizado al que el dictado de López Obrador ha terminado por servir y que tiene no sólo capturada una buena parte del Estado, de los partidos políticos y de algunas empresas, sino también 35% del territorio nacional. Como las dictaduras que conocemos, ésta, que se acompasa bien con esa especie de dictablanda de López Obrador, fabrica a su vez campos de exterminio como el de la Bartolina, excava fosas por todo el territorio, ejerce su poder sin limitaciones jurídicas y, mediante el terror, la extorsión y la muerte, genera el caos en el que estamos sumidos.

Las dictaduras han sido espantosas. No lo es menos ésta que combina una especie de dictadura híbrida que va destruyendo lo que queda de las instituciones políticas y de las organizaciones civiles del país.

Si López Obrador quiere transformar a la nación, tendría que recuperar un espíritu democrático que la unifique para, en un proceso de verdadera verdad y verdadera justicia, sanar lentamente a un país capturado y devastado por el crimen. No se ve, por desgracia, que su espíritu lerdo lo prepare para ello y habría que obligarlo desde abajo, como siempre se hace con el poder.

Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, detener la guerra, liberar a todos los presos políticos, hacer justicia a las víctimas de la violencia, juzgar a gobernadores y funcionarios criminales, esclarecer el asesinato de Samir Flores, la masacre de los LeBarón, detener los megaproyectos y devolverle la gobernabilidad a México.  

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