Opinión

La lucha en torno a Dios

*El siguiente artículo de opinión no representa en sentido alguno la postura de Proceso y se publica en respeto a la libertad de expresión de Mauro González-Luna, columnista que nos ha acompañado hace muchos años.
viernes, 17 de septiembre de 2021

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Artículo para personas sensatas y libres que basan sus juicios en la objetividad de las cosas, y no en deseos exóticos, hedonismos, ideologías de moda carentes de sustento científico y ontológico; no en barbarie nihilista disfrazada de progresismo o voluntad de poder, en suma.

A diario se renueva la lucha en torno a Dios, según expresión de Jorge Siegmund, especialmente en ciertos casos, como el de considerar un derecho a la acción de abortar.

Toda vida humana es sagrada y debe ser protegida y amada, según ordenamiento de la razón y del sentimiento. Toda, desde el momento de la concepción de la persona humana. A la esencia de la persona pertenece solo la capacidad mental de razonar, de autoconciencia, pero no el actual ejercicio de dicha capacidad, como afirma W. Brugger.

Pensar es un elemento manifestativo de la persona, no constitutivo. Toda actividad de conciencia "supone la realidad en acto del ser personal, y no viceversa". El profesor de la Escuela de Medicina de Harvard, M. Matthews-Roth ha señalado, entre otros muchos científicos de renombre mundial: "es científicamente correcto decir, que una vida humana individual comienza en la concepción". Y así lo reconoce con claridad, entre otras, la Convención Americana de Derechos Humanos (Pacto de San José), en su artículo 4,1.

La diferencia entre la persona en su etapa adulta, y en la cigótica, es de forma, no de esencia o naturaleza, como lo afirma categóricamente el Colegio Americano de Pediatras de los Estados Unidos. El desarrollo humano constituye un proceso continuo, "un tiempo infragmentable", como apunta Bergson; un proceso que comienza con la fertilización y culmina con la muerte, y para el creyente, con la eternidad. Fragmentar el proceso es mera arbitrariedad para hacer nugatoria la protección del concebido no nacido, persona siempre, desde el comienzo.

El concebido no nacido es una persona cuya vida debe protegerse y amarse. Su derecho fundamental a la vida no es cuestión de ideologías, ni de modas deseosas, ni de concesiones estatales. Es un derecho que pertenece a la naturaleza humana, y es propio de cada persona, a la luz de la filosofía perenne que salva a la humanidad, como dice Chesterton en Ortodoxia, de la locura, del naufragio del pensamiento y la vida. Filosofía de la buena frente a mitologías contemporáneas, charlatanerías seudo culturales, muy populares eso sí estas últimas.

La privación de la vida humana es siempre una catástrofe, obviamente para quien la sufre, pero también para quien la perpetra y para quien vive conscientemente en sociedad. Así, el aborto provocado es un acto que conmociona el orden personal y social, que lamenta todo el orbe del ser. Es en verdad un lamentable, gravísimo crimen contrario a la ley natural, que estremece y espanta.

Un genuino ejercicio de ponderación constitucional -no el remedo del mismo durante la discusión de los ministros de la Suprema Corte el 7 de septiembre- entre el supuesto derecho a decidir abortar y el peso específico del derecho fundamental del concebido no nacido, arroja como resultado inequívoco: que el detrimento al derecho de este último, es absoluto, devastador para el que quiera ver a la víctima inerme aniquilada. Víctima destrozada por una especie de aspirador que le arranca a pedazos la vida. Y, por ende, el derecho del concebido no nacido debe prevalecer sobre toda otra pretensión de destipificar el crimen, el asesinato.

El supuesto derecho a decidir, a privar de la vida al indefenso, no puede encontrar por sentido común elemental, fundamentación válida alguna, ni en la Constitución ni en los Tratados Internacionales de derechos humanos. Se basa en la imaginación judicial que a través de malabares conceptuales e ideológicos, se figura una fundamentación constitucional inexistente.

Y, sin embargo, es el aborto una acción que trasciende todos los ámbitos, porque se enmarca en el misterio de la maternidad, en la relación inconmensurable que se traba entre la madre y el concebido no nacido quien es un ser distinto al de la madre, como la ciencia lo comprueba, cuyo cuerpo no es parte del cuerpo de la madre. Habita en éste cual recinto acogedor, cual primer hogar, dependiendo extrínsecamente del cuerpo bendito de ella para desarrollarse, como todo ser humano nacido que depende del medio para respirar, para nutrirse.

Y dado ese misterio, el aborto es un delito cuya sanción, cuya pena en puridad, es el acto mismo de truncar una vida humana, así como la secuela emocional que deja en la madre. Un acto que marca para siempre, que estruja todo el orden de la creación y el de la madre, consciente o inconscientemente, como bien apunta el jurista Francisco Villalón, quien me motivó a escribir estas líneas.

En este contexto, Carlo María Martini, cardenal católico, sabio, humanista, papable en su momento, dijo un día, que era necesario distinguir en el campo de un derecho de vanguardia, entre delitos punibles, es decir, sancionados con privación de la libertad, y el delito del aborto, cuya sanción no debe ser la cárcel para la madre, en virtud del mal menor, de un compadecerse generoso que suple a la justicia en este caso. No significando ello nunca, "una licencia para matar", ni la negación de su carácter de delito como instrumento en que subyace una pedagogía moral, ni la negación del valor objetivo de la verdad de la vida humana del concebido no nacido, "tejido en las honduras de la tierra", según el Salmo.

Razonamiento de avanzada, deliberación prudencial de altos vuelos, pensar equitativo el del insigne cardenal. Además, la idea de Martini robustece el alcance protector de los conceptos de excusa absolutoria y de "estado de necesidad", que la eximen de responsabilidad penal, de cárcel, sin que se deje de reconocer que hubo un delito.

No hay un derecho al aborto, al que eufemísticamente llaman interrupción del embarazo; no hay tal derecho a decidir sobre la vida del concebido no nacido. Afirmar que lo hay como lo hace la Suprema Corte, es sostener que hay un derecho constitucional a cometer crímenes por decisión de un tribunal complaciente con ideologías de moda que abrevan en el nihilismo o relativismo de hoy, ayer presentido por el Nietzsche que anunció la muerte de Dios.

Estar en contra o a favor del aborto no es cosa de conservadores o liberales como se cree frívolamente, es una cuestión profunda que mide la grandeza humana: la capacidad de discernir el bien del mal, de deliberar rectamente para vivir una vida honorable y libre; es decir, es cosa de capaces o incapaces, prudentes o insensatos, conscientes o irresponsables, de quienes viven conforme a la razón y de quienes lo hacen conforme al instinto. Y todo ello, no obstante que somos polvo, pero "polvo que piensa".

Lo que hay conforme al pensamiento de Carlo María Martini y de Villalón, es un entender profundo, compasivo, en virtud del misterio de la maternidad, de la pena que es la acción misma de abortar, de la tolerancia, del lamento intrínseco que clama al cielo. Abortar entiéndase bien, es un crimen evidente, no es un triunfo de la libertad, sino su derrota en un mundo en estado de ignorancia, enajenación e inconciencia, pues solo la verdad nos hace realmente libres. Y los Pilatos de hoy, preguntarán de nuevo, ¿Y qué es la Verdad?

La supuesta muerte de Dios equivale en realidad a la muerte de lo mejor del ser humano: su conciencia. Si Dios no existe, todo se vale ha dicho Dostoievski, incluso permitir sacrificar a la persona del concebido no nacido en aras de la voluntad de poder. ¡Qué contraste con el esmero en la protección de huevos de tortuga, como decía Leticia González, presidenta de Voz Pública a Carmen Aristegui!

A la barbarie hoy se le llama acción progresista, conquista, triunfo, como ayer en el nazismo, se llamó "solución final" al aniquilamiento en cámaras de gas de millones de hombres y mujeres no considerados dignos de vivir. Las palabras y su sentido derrumbados al servicio del poder, la moda y la ideología. Olvidan los ministros desde su olimpo, que hay una justicia superior que pasado el tiempo, impide que la iniquidad quede impune.

El cardenal Martini juzgó en su momento que el papel de la Iglesia católica es formar la conciencia de las personas, ayudarlas a "discernir el bien del mal en cualquier circunstancia". Papel basado en la divinidad y soberanía de quien la encabeza, y en el testimonio de santos y mártires, cuyas vidas son ejemplo para la Iglesia peregrina, harto pecadora, incluyendo laicos y pastores, pero siempre en trance de levantarse del polvo. Palabras prudenciales en tiempos extraviados. Y de la mano del urgente, apremiante papel formador de conciencias rectas, la familia, la escuela, las universidades, el derecho en su pureza prístina, en su función directiva.

Por otro lado, el Estado y la sociedad tienen la obligación de acompañar a la mujer encinta, mostrándole la alternativa de dar en adopción al bebé en lugar de abortar, de apoyarla en verdad, moral y materialmente, sin regateos, sin adoctrinamientos, sin imposiciones, sino generosamente.

Finalmente, cabe señalar que el derecho humano a la objeción de conciencia frente al aborto, para efectos de la no prestación de los servicios correspondientes por parte de los profesionales de la salud, encuentra base en el respeto a la dignidad humana, en la libertad de profesar convicciones fundamentales que es reconocida en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, y no en simples concesiones graciosas del poder judicial. Negarle el sentido de derecho fundamental, es una insensatez, nacida o de ignorancia culpable o de fanatismo antirreligioso. Esperamos que en esta materia impere en la Corte, la justicia y no la ideología o el capricho.

Ojalá que en el porvenir, con una conciencia formada, los pueblos aprendan a discernir el bien y el mal, y no opten más por el mal del aborto, sino por el mejor bien, el de la defensa y protección de toda vida humana, sagrada e irrepetible: "Antes de haberte formado en el seno materno, te conocía, y antes de que nacieses te tenía consagrado" (Jeremías, el profeta de las lamentaciones).

Dedico este texto a la memoria  de Carlo María Martini; a las víctimas de la historia y de estos tiempos; a los abortados que ama el Altísimo y que portan en sus almas el laurel del martirio nuevo; a las niñas, mujeres y hombres afganos traicionados por la superpotencia; a los que gritan en la Cuba oprimida por tiranos, Patria y Vida; a los fallecidos por covid-19 y cáncer, y cuyas muertes eran muchas evitables con medidas públicas adecuadas; a los migrantes pobres, de color, arteramente reprimidos ante la indiferencia generalizada de izquierdas y derechas, y a tantos otros de los que habla Max Horkheimer en un libro cuando encomia a la víctima por antonomasia: Cristo, ante quien toda rodilla se dobla.

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