Guerra en Ucrania

Violencia y cultura (Segunda y última parte)

Pese a los encomiables esfuerzos que se han hecho para vigorizar la paz y los movimientos pacifistas, los conflictos armados no han cesado en el crepúsculo del siglo XX y en el umbral del XXI.
viernes, 22 de abril de 2022 · 18:29

La paz no es la ausencia de guerra; es una virtud que tiene su origen en la entereza, es una disposición a la benevolencia, a la confianza y a la justicia.

Baruch Spinoza

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- La guerra en Ucrania y los muchos otros conflictos bélicos que ha presenciado el mundo han suscitado abominación por su crueldad, pues han dado muestras de constituir serios agravios contra la dignidad de las personas. Las imágenes atroces de los enfrentamientos armados en aquel país quedarán indelebles en la memoria colectiva como una muestra de la vileza humana. Ante tales eventos, la Asamblea General de la ONU determinó suspender a la Federación Rusa del Consejo de Derechos Humanos del organismo; una resolución que encuentra su precedente en el caso de Libia de marzo de 2011.

En tanto Occidente se encuentra implicado en una guerra, pudiera parecer socialmente reprochable analizar la paz, los ideales pacifistas y uno de sus contrafuertes: la cultura. Más aún, hacerlo podría considerarse incluso un acto subversivo.

Sin embargo, la importancia de ese análisis resulta cardinal, ya que este es justamente el momento propicio para establecer cómo puede volverse a animar la consolidación de la arquitectura legal de la paz y de los movimientos pacifistas. Pero no sólo ello es importante; es indispensable también apostrofar en forma vehemente la destrucción del patrimonio cultural en tanto secuela de conflictos bélicos como el de Ucrania.

La cultura por la paz

En noviembre de 1984 la Asamblea General de la ONU aprobó la Declaración sobre el Derecho de los Pueblos a la Paz y declaró 1986 como Año Internacional para la Paz.

Esta iniciativa encontró su origen en la obra del sociólogo noruego Johan Galtung (1930), cuyos postulados fueron posteriormente desarrollados por la propuesta educativa del sacerdote peruano Felipe Mac Gregor en la obra colectiva Cultura de Paz, cuando Perú se encontraba abismado en el conflicto social relacionado con las actividades de la organización subversiva Sendero Luminoso.

Pero incontestablemente el Manifiesto de Sevilla de 1986, redactado por un número representativo de científicos, es el repositorio de estos axiomas. El documento concluyó que la guerra no es una fatalidad propia de los genes, del espíritu de violencia, de la naturaleza humana o del instinto. El conflicto bélico, sostiene, es una construcción social y, por lo tanto, “si la misma especie humana ha inventado la guerra, es igualmente capaz de inventar la paz”.

El manifiesto, adoptado por la UNESCO en noviembre de 1989, puntualiza que la diferencia específica consiste en asumir que, si bien ha existido una cultura bélica, entonces la humanidad es capaz de crear ahora una cultura de paz. Carece de cimiento científico por lo tanto postular que la guerra es inherente a la naturaleza humana, y menos sostener que la violencia es una fatalidad biológica. Así lo demuestra la abolición de la esclavitud y de las culturas dominantes fundadas en la raza o el sexo.

La cultura de la guerra ha tenido un desarrollo muy pronunciado, especialmente en las últimas décadas, tanto en organización castrense como en producción de armamento, y sus modalidades han mutado en función de la evolución cultural, no de la evolución biológica. Una evidencia más de que se trata de una construcción social.

A lo anterior habría que agregar que cada vez es más palpable la forma como los gobiernos emplean recurrentemente construcciones sociales artificiales para instilar en sus cuerpos castrenses y en la población en general sentimientos de animadversión y de suspicacia contra sus adversarios.

Esta manipulación empero no es novedosa; existe desde tiempos ancestrales. Así, la idea panhelénica de desarrollar entre los antiguos griegos la conciencia de que eran superiores a los bárbaros vecinos tuvo su más vigorosa expresión en las confederaciones anfictiónicas, en los oráculos y en los juegos olímpicos.

Estas prédicas fueron lo suficientemente disuasivas para modelar el comportamiento bélico de los griegos, pero no tanto como para suprimir los conflictos armados entre las diversas facciones de la Grecia antigua, y menos aún para evitar que una ciudad o una federación de ciudades se aliara incluso con el enemigo común, que eran los persas, para ultrajar a un rival.

La UNESCO

Al Manifiesto de Sevilla le sucedió la Declaración de Yamusukro, Costa de Marfil, emitida en la Conferencia Internacional sobre la Paz en la Mente de los Hombres en julio de 1986, organizada bajo los auspicios de la UNESCO. Esta declaración enfatiza que debe promoverse una nueva visión de la paz que encuentre su basamento en los valores universales de respeto a la vida, a la libertad, a la justicia, a la solidaridad, a la tolerancia, al respeto de los derechos humanos y a la igualdad de género.

Como consecuencia de ello, la UNESCO promovió en 1995 la iniciativa 1996-2001 de Cultura de Paz. Federico Mayor, a la postre director general del organismo, impulsó una definición de cultura que ha hecho época; sostuvo que es la expresión de una convivencia social, y agregó: “Es un conjunto de elementos simbólicos, estéticos y significativos que forman la urdimbre de nuestras vidas y le confieren unidad de sentido y propósito de la cuna a la tumba”.

Esta noción se vio complementada por su sucedánea: la tesis de la cultura de paz como un conjunto de valores, actitudes, tradiciones, comportamientos y modelos de vida fundados en el respeto a la vida, el rechazo a la violencia y la promoción y la práctica de la no violencia por medio de la educación, el diálogo y la cooperación.

Este proceso tuvo su culminación con la Declaración del 2000 como Año Internacional de la Paz, aprobada por la Asamblea General de la ONU, con la proclamación del periodo 2001-2010 como Década Internacional para una Cultura de Paz y de No Violencia para los Niños, y con la aprobación de un Programa para una Cultura de Paz acompañado de un Programa de Acción.

Patrimonio cultural

Pese a los encomiables esfuerzos que se han hecho para vigorizar la paz y los movimientos pacifistas, los conflictos armados no han cesado en el crepúsculo del siglo XX y en el umbral del XXI. Por ello la conferencia Mondiacult México 1982 sobre políticas culturales determinó que, en un mundo reiteradamente alterado por beligerancias que erosionan los valores culturales de las civilizaciones, no se pueden escatimar esfuerzos destinados a preservarlos y a lograr su arraigo en beneficio de la humanidad.

Las acciones subsecuentes se han concentrado en intentar poner fin a las hostilidades mediante la búsqueda de mecanismos de solución de controversias, en observar los principios del derecho internacional humanitario y en salvaguardar el patrimonio cultural y natural, así como las instituciones educativas, científicas y culturales. Los trabajos en torno de esta iniciativa se emprendieron el 22 de septiembre de 1980 y concluyeron el 20 de agosto de 1988.

En ese periodo se desató la guerra entre Irak e Irán (1980-1989), particularmente cruenta y con graves alteraciones del Patrimonio Cultural persa. La invasión de Irak a Kuwait (1990-1991) es otro evento bélico que provocó graves afectaciones al patrimonio cultural. En la primera fase de este conflicto, Saddam Hussein ordenó que se removiera la célebre colección al-Sabah, hospedada en el Museo Nacional de Kuwait y que acabó en el Museo de Bagdad. Las exquisitas puertas de madera del siglo XIV provenientes de Fez, Marruecos, no pudieron ser removidas. Ante esa imposibilidad la tropa optó por destruirlas.

En una segunda fase, Irak se vio obligado a restituir la colección al-Sabah, pero lo hizo con singulares omisiones: faltaban diversas piezas, que en 1997 aparecieron súbitamente en la frontera con Jordania, en donde fueron confiscadas. En la época se comentó que esos faltantes hubieran bastado para montar una exposición magna de arte islámico.

La guerra de los Balcanes (1991-2001) significó igualmente una destrucción sistemática del patrimonio cultural. La evidencia más atroz de ello fue el ataque al Puente Mostar en Bosnia y Herzegovina, una obra del siglo XVI situada entre la orilla musulmana y la croata católica y que era todo un símbolo de la época otomana. Fue el general croata Slobodan Praljak quien ordenó su bombardeo. En el proceso que se le siguió posteriormente en el Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia (ICTY por sus siglas en inglés), Praljak eligió el suicidio ante las acusaciones que lo señalaban como criminal de guerra.

A la destrucción del Puente Mostar se suman los bombardeos a Dubrovnik, ciudad costera en Dalmacia, Croacia, que se encuentra listada como Patrimonio Cultural de la Humanidad. Ambos casos constituyen los símbolos de una aberrante negligencia en materia de salvaguarda del patrimonio cultural, así como de inobservancia del derecho cultural internacional, especialmente del referente a los conflictos armados.

Peor aún, las evidencias demuestran que esos atentados fueron ignominiosamente intencionales; más aún, no sólo se proponían afectar los monumentos en sí mismos, sino que tenían el avieso propósito de desintegrar la vida en común y la interacción religiosa, así como la cohabitación pacífica de las sociedades regionales.

El caso de Afganistán es también patético. Tras la retirada soviética de Kabul en 1988, el Museo Nacional fue totalmente expoliado por los talibanes, quienes arrasaron asimismo con los museos de Ghazni y de Hérat. Los pocos objetos que sobrevivieron fueron finalmente destruidos por esos grupos islamistas radicales.

Los numerosos conflictos de todo género en ese país –guerras civiles, ocupación, fundamentalismo talibán– condujeron a una devastación masiva del patrimonio cultural afgano, simbolizada por la destrucción de los colosos budistas de Bamiyán y por el pillaje de los tesoros nacionales del país. Ahora, con el arribo nuevamente de los talibanes al poder, lo que queda de ese patrimonio se halla en la antecámara del arrasamiento total.

Quebrantos de la misma naturaleza se han observado en Irak y en Siria. El vandalismo y los destrozos de sitios en una de las regiones del planeta con mayor riqueza cultural, como lo es la ciudad de Alepo, por mencionar un solo evento, han transfigurado culturalmente la zona. Hasta hoy sigue siendo difícil cuantificar estos daños, pero que rebasan ya cualquier imaginación.

Epílogo

La cruenta guerra en Ucrania es otro agregado de la vileza humana expresada contra el patrimonio cultural. Sin soslayar las especificidades de los diversos conflictos bélicos, existen elementos con un claro denominador común: la intención de destruir ese patrimonio y con ello impedir que se dé presencia al pasado.

Como consecuencia de ello se altera el vínculo identitario, se obstaculiza la transmisión de conocimiento y se evita la reconquista política del tiempo para las sociedades.

El patrimonio cultural es un vehículo natural hacia la espiritualidad que permite una práctica devocional y la conjunción con la trascendencia. Por este motivo se le ha conceptualizado como un bien universal público que asegura la paz y la estabilidad, el progreso y el desarrollo.

El Consejo de Seguridad de la ONU ha sido expreso en tal sentido: la salvaguarda del patrimonio cultural es un elemento crucial para consolidar el mantenimiento de la paz y la seguridad internacionales.  

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* Doctor en derecho por la Universidad Panthéon-Assas.

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