Festival Olímpico: "Tanto gasto ¿para qué?"

lunes, 11 de octubre de 2010

MÉXICO, D.F., 11 de octubre (apro).- El jueves 7 de octubre inició el caos cuando el gobierno federal decidió cerrar la avenida más importante del país, el Paseo de la Reforma. No importó que se desquiciara la ciudad durante cuatro días completos, el fin valía la pena: celebrar con un festival olímpico las fiestas por el Bicentenario del inicio de la Independencia.
Darle la oportunidad al pueblo de ver a las figuras deportivas mexicanas que han dado gloria al país y ver nadar en pleno Paseo de la Reforma al campeón olímpico, el estadunidense Michael Phelps, fue el pretexto para que el gobierno federal gastara 80 millones de pesos.
La expectativa creció, los interesados en el tema se preguntaban cómo sería la alberca, la fosa de clavados, la pista de atletismo… donde nuestros máximos deportistas --no los de la selección nacional de futbol, sino aquellos que han ganado medallas— harían gala de sus habilidades deportivas…
La prensa dio cuenta de los pormenores: una alberca de 25 metros de largo con tres carriles; una fosa de clavados circular de cuatro metros de profundidad; una pista de atletismo alrededor de la glorieta del Ángel de la Independencia; un espacio para tiro con arco al pie de la Diana Cazadora…
El sábado llegó y se acabaron las dudas. Temprano, con una temperatura templada y un cielo nublado, el presidente Felipe Calderón inauguró el festival... y surgió la inconformidad y la desorganización. Los escasos asistentes, apenas unos miles, según policías que resguardaban el sitio, se dieron cuenta de inmediato que se trataba de dos fiestas: una para los invitados VIP –funcionarios del gobierno federal y sus familias, así como invitados especiales de los patrocinadores— y otra para que el pueblo se divirtiera de “lejecitos” viendo a sus estrellas.
El millón de personas que Bernardo de la Garza, presidente de la Comisión Nacional de Cultura Física y Deportes (Conade) vaticinó que abarrotarían los 26 escenarios deportivos temporales construidos para el festival nunca llegó; la expectativa de ver nadar a Phelps se convirtió en desilusión… Lo demás, también.
En el festejo había más policías que asistentes, más vendedores que compradores, más tedio que diversión…

Festejos y discriminación
A las 11 de la mañana, algunos cuantos caminaban a toda prisa por la calle de Sevilla, iban animosos a ver el gran Festival Olímpico Bicentenario por el cual cada mexicano pagó 40 pesos de sus impuestos, según Bernardo de la Garza. Pronto se desanimaron.
A los pies de la Diana Cazadora, se instaló el escenario de tiro con arco; una primera valla metálica de metro y medio de alto rodeaba el escenario; y para que los curiosos, el pueblo, no osaran distraer a los arqueristas, se instaló una segunda valla, a unos cinco metros de distancia. Por una puerta improvisada un guardia dejó entrar a una familia joven: Una señora arreglada para un coctel y su obeso esposo, acompañados por sus hijos “güeritos”. Atrás de ellos, una señora acompañada de una niña pretendió ingresar también. Le impidieron el paso:
--Su gafete, por favor.
--Gafete de qué; voy a ver a Juan José Serrano –respondió la señora.
--¿Es usted su invitada?
--¿A poco se necesita invitación?
--Claro que sí, si no, no puede entrar…
--Entonces ¿por qué dejó entrar a esa familia?
    --Porque son invitados…
    --¿No que era una fiesta para el pueblo?
--Lo siento, señora. Son órdenes…
    Enfrente del tiro con arco, otro escenario prometía un buen espectáculo: La regiomontana Elsa García encabezaba el grupo de gimnastas que hacían su exhibición. Cuando por un altavoz anunciaron la presencia de García, la gimnasta evidenció su aburrimiento; se notaba cansada, un poco molesta. Unas cuantas piruetas y terminó su rutina… Fue todo; le siguieron otras compañeras de equipo con el mismo semblante aburrido… A las rampas colocadas alrededor del escenario --a un costado de la alberca--, construidas supuestamente para que la gente apreciara la exhibición, sólo podían ingresar invitados especiales y la prensa.
    Mientras la señorita García terminaba su rutina con una mueca que intentó ser una sonrisa, un grito masivo se escuchó a sus espaldas. El campeón olímpico y mundial Michael Phelps apareció en la alberca.  
    Cientos de personas se arremolinaron frente a la piscina, mientras el campeón olímpico se paseaba de un lado a otro sin hacer caso a los gritos de sus admiradores. Al parecer no se enteró de nada, pues ni siquiera envió un saludo para los mexicanos que, curiosos acudieron a verlo nadar. Por si fuera poco, fue imposible ver desde los camellones del Paseo su “técnica”, su famoso “delfineo”, su brazada que alcanza más de dos metros… Nada. Los más afortunados se conformaron con ver cómo el multimedallista se lanzaba al agua. Fue lo de menos, los invitados especiales, sí pudieron verlo desde las rampas vedadas para el pueblo, así como las futuras estrellas de la natación que nadaron junto al campeón, la mayoría “güeritos” que entendieron perfectamente la “clínica” que Phelps les impartió en inglés.
    Mientras tanto, una voz anunciaba con fingido entusiasmo que al término del espectáculo que ofrecía el estadunidenses para regocijo de los invitados VIP y de la prensa, justo atrás, en la fosa de clavados, se presentaría la campeona mundial Paola Espinosa, Rommel Pacheco, Yael García…
    Aunque Paola Espinosa sólo se lanzó en dos ocasiones, el equipo de clavados fue más amistoso con el público asistente. Todos saludaban antes de lanzarse al agua. Sin embargo, sólo se apreciaron sus piruetas; la entrada, imposible verla. La fosa estaba forrada de láminas rojas que obstruían la visión.
    Los pocos asistentes paseaban de un escenario a otro en busca de una exhibición que de verdad los hiciera disfrutar y los motivara. Una pareja, Nadia y Christian, resumieron el espectáculo así: “Está bonito, pero no nos gustó. Casi no se veía nada”.
Mientras tanto, una señora que caminaba rumbo al metro Sevilla, molesta porque no pudo ver nada reclamó a unos policías: “Tanta gasto ¿para qué? Si ni un alma se paró”.