Del Bajío a Veracruz: la dimensión desconocida

martes, 19 de octubre de 2010

Recurrentes desapariciones forzadas de personas en Veracruz han convertido al puerto en un hoyo negro o una puerta a la dimensión desconocida del narco. No importa si sus víctimas carecen de fortuna que los haga secuestrables: las nuevas modalidades delictivas del narco y la extrema ineficacia de las autoridades –o su muy eficaz complicidad con la delincuencia– se complementan para amedrentar y extraviar a quienes pretenden rescatarlos.

MANUEL DOBLADO, GTO., 19 de octubre (Proceso).- Han pasado más de cuatro meses y la gente sigue preguntando por ellos. 

Manuel Lozano García, Felipe Ángel Aguirre, Diego Ernesto Méndez García y Antonio Meléndez Pérez hicieron en mayo un viaje, que pagaron en tandas, para conocer el puerto de Veracruz. Iban con sus respectivas esposas, hijos y amigos. Allá desaparecieron.

El destartalado autobús hizo casi 24 horas de camino y llegó al hotel Howard Johnson del puerto la madrugada del 13 de mayo. Ese día, por cierto, en el hotel se hospedaba también el entonces candidato del PAN a gobernador, Miguel Ángel Yunes, que tenía actividades de campaña. 

Desvelados y cansados, los paseantes guanajuatenses no quisieron perderse los primeros recorridos y, el mismo día, todos con las pulseras de plástico rojas que los identificaban como huéspedes, conocieron el acuario y el fuerte de San Juan de Ulúa; comieron en Mandinga.

Esa noche los hombres bebieron unas copas en el área de la alberca del hotel y salieron a buscar hielo. Después ya nadie los vio.

Las cuatro esposas interpusieron denuncias. En el proceso han encontrado silencio, falsas pistas, negligencia de las autoridades veracruzanas e incluso amenazas telefónicas. 

Además se enteraron de otras desapariciones, la mayoría de hombres a los que se supone prisioneros en campos de cultivo de mariguana o en laboratorios de drogas sintéticas, donde se les obliga a trabajar para la delincuencia organizada.

Basta con un vistazo a la sección sobre personas desaparecidas, en la página de internet perteneciente a la Procuraduría de Justicia de Veracruz. La primera de la lista es Rocío Alejandra Ceballos Ochoa, originaria de Salamanca, Guanajuato, y trabajadora del Poder Judicial de la Federación en Xalapa.

Según sus excompañeros de la Facultad de Derecho de la Universidad de Guanajuato –quienes enviaron un correo electrónico a esta corresponsal– ella desapareció el 15 de agosto alrededor de las 21:30 horas en la colonia Constituyentes de la capital veracruzana.

La sección revela las dimensiones brutales de la desesperanza: en 36 páginas despliega los nombres de 350 desaparecidos y en algunos casos las fotografías. “Ayúdanos a localizarlos”, pide la autoridad. En la segunda página aparecen los cuatro dobladenses.

“¿Por qué nadie nos dijo que en Veracruz estaba todo tan peligroso? Si hubiéramos sabido…”, lamenta Alma Delia, esposa de Felipe Ángel.

Esta pareja atendía una taquería. Por primera vez viajaban al puerto en un paseo de cuatro noches y cinco días. Se les unieron los otros matrimonios, con los cuales acostumbran dar paseos al arroyo o al cerro, ya sea los fines de semana o en las vacaciones. En una ciudad pequeña todos se conocen.

Ahora Alma Delia comparte con María de los Ángeles, Magdalena y Rocío las ausencias. Y la impotencia porque la procuraduría veracruzana ofreció investigar a fondo para encontrar a sus esposos, pero ya ninguno de sus funcionarios les toma las llamadas.

Las une también el miedo. No quieren volver al puerto porque las llamadas que recibieron hace unas semanas fueron claras: “Ya ni le muevan”. Por ellas “ni nos queríamos venir –dice llorando Alma Delia–; regresamos con la mitad del corazón, porque la otra la dejamos allá”.

Cooperación… ¿con quién?

 

La desaparición de los cuatro hombres quedó asentada en el oficio PGJ/1010/2010, fechado el 15 de mayo y firmado por Ramar Mendoza Díaz, agente primero del Ministerio Público Investigador de Veracruz.

Felipe Ángel Aguirre tiene 35 años, es taquero y tiene una cicatriz por quemadura en el brazo derecho. Manuel Lozano, de 44, criaba borregos en un rancho de siete hectáreas, es diabético y tiene un lunar muy visible bajo una oreja. 

Diego Ernesto Méndez, de 41 años, es comerciante de frutas y tiene una cicatriz por una cirugía en la espalda, cerca de un hombro. Antonio Meléndez también es taquero y tiene 41 años; su ojo derecho es más pequeño que el izquierdo.

Llevaban sus carteras, identificaciones, tarjetas de crédito y el dinero para pagar el resto del viaje. La noche del 13 de mayo decidieron quedarse a conversar y beber unos tequilas cerca de la alberca, mientras las mujeres y sus hijos se iban a conocer el café La Parroquia. 

“No nos tardamos mucho. Cuando volvimos los encontramos afuera del hotel, querían comprar hielo”, narra María de los Ángeles, esposa de Manuel, con quien se casó hace 22 años. Una mujer del grupo entró a una tienda cercana para preguntar por el hielo mientras las demás se metían al hotel; cuando la señora salió de la tienda, los hombres ya no estaban.

“Ninguno estaba ebrio, sólo habían tomado durante un rato. Cuando se fueron a buscar el hielo Antonio quería llevarse a uno de sus hijos, pero luego comentaron que mejor no porque no se iban a tardar. Los vieron caminar rumbo a la zona de los taxis. Ya no los volvimos a ver”, dice Alma Delia.

Cuando le preguntaron al guardia del hotel si había visto a dónde se dirigieron, respondió que alguien les había recomendado ir al bar New Fantasy, a unas tres cuadras de ahí. Ellas pensaron que sus maridos se iban de parranda y volverían en la madrugada. Se fueron a sus respectivas habitaciones. Algunas los llamaron a los celulares pero ninguno respondió.

“Ya traíamos la angustia –comenta María de los Ángeles–, porque ellos no son así. Siempre salimos todos juntos, son hombres de trabajo y de andar con la familia, y sabían que al día siguiente saldríamos temprano a otro recorrido”.

Incrédulas, las mujeres comprobaron que ninguno de los hombres regresó a dormir al hotel y emprendieron la búsqueda. Durante toda la noche, en un taxi, recorrieron hospitales, oficinas de policía y tránsito y hasta el forense. Al contarle al taxista que sus esposos pretendían ir al New Fantasy él les comentó: “No quiero asustarlas, pero ese bar es bien peligroso, es de puros narcos”. Lo confirmó el agente investigador Ramar Mendoza, que de plano les aconsejó que no se aparecieran por ahí.

Estaba planeado que la noche del 16 de mayo fuera la última que pasaran en el puerto, pero se quedaron. Ya habían avisado a otros familiares en Manuel Doblado, por lo que tres parientes de ellas viajaron a Veracruz en una camioneta. Acudieron a la procuraduría estatal y luego a la Policía Federal.

Entonces el caso dio un giro. Un agente llamó para decirles que tenía información y les pidió dinero. Cuando se reunieron con él les sugirió que se fueran del estado porque los estaban vigilando. Y el martes 18, ya de regreso en Manuel Doblado, el agente volvió a llamar. “Esto ya se volteó completamente, ya agarró otro vuelo”, dijo. Fue la última vez que pudieron hablar con él.

Martín Lozano, hermano de Manuel, comenzó a recibir llamadas en el número telefónico que imprimió en unos avisos que el grupo distribuyó en Veracruz. “Me decían que me calmara, que ya le bajara a la cosa”, dice.

Al poco tiempo llegaron a sus casas los estados de cuenta bancaria. Una tarjeta BBVA Bancomer a nombre de Manuel registró cuatro movimientos o compras el 14 de mayo (el primer día de su desaparición) en dos establecimientos: el Súper Servicio Bolívar y la farmacia Guadalajara 346. En ésta se hizo una compra a crédito por 2 mil 999 pesos y otras por 290, 192, 552 y 178 pesos. Otras tarjetas fueron usadas en tiendas departamentales, una de ellas para comprar ropa femenina. 

Los familiares de las víctimas entregaron los documentos a las autoridades para que los investigaran, pero no les hicieron caso.

Al volver a Guanajuato las mujeres buscaron la ayuda del procurador de Justicia, que les consiguió una cita con su colega veracruzano, Salvador Mikel Rivera, para el 20 de mayo en su oficina. Cuando se reunieron con él estuvieron presentes Gustavo García Munguía, jefe de la Unidad Antisecuestros, y otros dos colaboradores de Rivera.

“El procurador (de Veracruz) nos dijo que haría todo lo posible por ayudarnos, fue muy amable. Nos llevaron al hotel y pagaron la cuenta porque ya no teníamos dinero”, dice una de las señoras.

Pronto, el jefe de la Unidad Antisecuestros les informó por teléfono que habían localizado tres casas de seguridad donde habían querido meter a sus esposos, dice una de las muejeres, “pero el abogado que nos ayuda se dio cuenta de que ni el expediente tenían en la procuraduría; nada era cierto. Y luego ya no respondieron ni el teléfono”.

Lo único que han encontrado durante este proceso es una serie de historias parecidas a la suya, como la de cuatro jóvenes empresarios que viajaron en abril desde Jerez, Zacatecas, con intención de abrir varias tortillerías en el puerto de Veracruz, y a los cuatro días dejaron de comunicarse con sus familiares. 

Una semana después, un primo de los desaparecidos y un investigador al que contrató la familia partieron a la misma ciudad para localizarlos. Encontraron el local que habían rentado pero no el camión donde iban. Alcanzaron a reportar este hallazgo antes de desaparecer ellos también.

Supieron igualmente de los tres tamaulipecos que, se dice, fueron infraccionados por un agente de tránsito cuando visitaban el mismo puerto hace siete meses, y después de que sus familiares enviaron dinero para pagar la multa, no volvieron a saber de ellos.

“Nos han llegado muchas historias, versiones de ranchos cercados y con guardias armados, de donde salen camiones llenos de hombres que son obligados a trabajar sembrando la droga… Ya no sabemos qué creer, en qué pensar”, señala Martín Lozano, hermano de Manuel.

El celular de Diego Méndez es de renta mensual. Su esposa todavía lo paga porque de vez en cuando le marcan desde ahí, y suena cuando ella marca, aunque nadie responde. Cuando se les ocurrió decirle al agente investigador Ramar Mendoza que ese teléfono era una posibilidad para localizarlos, si lo rastreaban, les contestó: “Señoras, eso sólo pasa en las películas”.   l

 

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