Homenaje a Monsiváis: un final entre amigos

lunes, 21 de junio de 2010

MÉXICO, D.F., 21 de junio (apro).- La despedida de los amigos del periodista y escritor Carlos Monsiváis, en el Teatro de la Ciudad Esperanza Iris, se convirtió en una reunión íntima, donde más allá de la tristeza predominó el humor y la ironía que lo caracterizaron. Fue como un diálogo entre cuates.

Se distendió tanto la nostalgia avasalladora del homenaje de ayer en Bellas Artes, que cuando al salir del recinto le preguntaron a la escritora Elena Poniatowska cómo se iba del lugar, respondió con sarcasmo: “¿Que cómo me voy? ¿A dónde? ¿A la muerte?”.

En el centro del foro estaba la urna con las cenizas de Monsiváis, elaborada por su amigo, el artista oaxaqueño Francisco Toledo.

Fue un encuentro de gran diversidad que duró cuatro horas. Ahí estaban Beatriz Sánchez, la prima; Omar García, el compañero entrañable; José Luis Ibáñez, el dramaturgo; Alejandro Brito, el periodista; Martha Lamas, la feminista; Jesús Ramírez, el activista; Rafael Barajas, El Fisgón, el monero; Horacio Franco, el flautista; Eugenia León, la cantante; Jesusa Rodríguez, la comediante, y Elena Poniatowska, la escritora. Y de manera inesperada, la intérprete Susana Harp, recién llegada de Veracruz.

En primera fila, a un lado de Poniatowska, estaba el jefe de Gobierno capitalino, Marcelo Ebrard, y su secretaria de Cultura, Elena Cepeda; y del otro, la presidenta del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta), Consuelo Sáizar, dos mundos políticos distintos unidos en torno a una figura de primer nivel.

Los dos primeros iniciaron el acto: Ebrard, en una breve intervención, para decir que “la ciudad está de luto. No será la misma sin Carlos”. Cepeda consideró que “los mexicanos perdemos a un escritor extraordinario, a un orientador social”:
“Con su muerte hemos perdido sus palabras cotidianas, pero nos ha dejado la ciudad de México que construyó en sus libros”, agregó, rememorando lo que el escritor le contó sobre su vida en la colonia Portales, al sur de la ciudad.

Alrededor de la mesa central con la urna y rodeado de flores, se coloco una muy casera sala, donde los participantes iban a sentarse después de su intervención. Arriba estaba una gran pantalla, donde se proyectó un breve documental de TV UNAM sobre la vida de Monsiváis.

Luego, la prima del escritor, Beatriz Sánchez, agradeció las muestras de afecto a nombre de la familia.

Alrededor de 700 personas (que llenaron la luneta y dos de los cuatro niveles de palcos del Esperanza Iris) escucharon un breve discurso de su amigo Omar García, quien habló de las luchas sociales apoyadas por Monsiváis, en el mismo tono que Alejandro Brito. Pero donde el acto comenzó a cobrar calidez fue cuando el dramaturgo José Luis Ibáñez leyó, con voz entrecortada y profunda, cuatro poemas preferidos del escritor: “Las causas perdidas”, de Luis Cernuda; “El perro de San Roque”, de Ramón López Velarde; “Elegía”, de Salvador Novo, y “Nocturno”, del cubano Emilio Valladares, cuyo final recitó llorando.

“El poema de López Velarde que yo no conocía, me lo leyó Carlos por teléfono una mañana”, relató, y al referirse a las causas perdidas no al poema, sino al concepto), comentó: “Pero las causas perdidas a las que siempre se refirió Monsiváis, no siempre lo son, porque la historia también vuelve vencedores a los vencidos.”

Brito había dicho:

“Carlos Monsiváis fue el activista de las causas justas que en el país de la impunidad son causas perdidas.”

Luego vino la música. Eugenia León cantó “a capela” La Jaula de Oro, de José Alfredo Jiménez, inmejorablemente, pero cuando el flautista Horacio Campo la acompañó con La Paloma, y en seguida éste tocó una pieza indígena de Chiapas al compás de la chirimía colocada en uno de sus tobillos, el aire del recinto se cargó de energía.

La lectura del texto de Martha Lamas comenzó con el tuteo, al referir la “declarada misoginia” de Monsiváis, “de la que fui testigo”. Con palabras entrecortadas, a momentos, pero con humor en otros, de todas las causas que el escritor defendía no exaltó la de las feministas que ella representa, sino la de la protección de los gatos, explicando cuál será su futuro tras la muerte de su amo.

“Ni se preocupen por los gatos. Paren el rumor de que los dormiremos. Al parecer, este rumor proviene de la Sociedad Protectora de Animales”, explicó.

Recordó que los amados gatos de Monsiváis lo manipulaban e incluso se orinaron en unas cartas que le escribió Xavier Villaurrutia, entre otras. Pidió a la izquierda mexicana recuperar esta causa que ha olvidado: la defensa de los animales.

El momento más climático del homenaje fue el reconocimiento del monero Rafael Barajas, quien en camino hacia el teatro dijo no saber qué escribir sobre Monsiváis:

“Se me apareció un beato cristero que está en proceso de ser sacrificado por el Vaticano y me contó esta historia que trata de un engendro del demonio.”

En su relato, Luzbel creó un engendro “más puro que la vida íntima del Padre Maciel, más púdico que la declaración de impuestos de Roberto Hernández; más cristiano que un narco absuelto por un nuncio papal; más puro que un gramo de cocaína vendido por un judicial; más limpio que un operativo antinarco; tenía tanto rating como una novela en horario triple A y, por último, estaba imbuido en una fe religiosa tan ardiente que era un ateo radical.”

El engendro se llamaba Sansimonsi.

Según Barajas, Monsiváis vivía en la calle San Simón, en la colonia Portales, que pidió sea rebautizada con el nombre de Carlos Monsiváis, petición celebrada unánimemente.

A Sansimonsi, siguió el monero, Luzbel “lo hizo Santo Patrono de las causas perdidas en el país de las causas perdidas”:
“Luzbel le dio el don de confundir a los incautos diciendo la verdad; lo dotó de una memoria RAM de 6 millones de gigas; le puso internet inalámbrico integrado y lo dotó de una inteligencia fuera de serie.”

Ante su horrible creación, Luzbel quedó sumido en la más profunda confusión “y su alma se extravió en un complejo laberinto de explicaciones: ¿había hecho mal al crear un personaje tan excéntrico? ¿Qué mal podría venir de la verdad?”.
El remate de El Fisgón hizo reír al auditorio:

“Cuando vio que la gente quería y leía a Sansimonsi, Satanás acabó abandonando su trono en el último círculo del infierno y entró a un convento como el más humilde, el más meditabundo y confuso de los hijos de Dios. Al triunfar, había fracasado. Su obra era tan perversa que lo había vuelto a él mismo a la senda del bien.”

Después, la comediante Jesusa Rodríguez entró al escenario encarnando a Borola Tacuche, el mítico personaje de La Familia Burrón. Y más allá del homenaje al escritor, criticó el homenaje del día anterior en Bellas Artes por la presencia del secretario de Educación Pública, Alonso Lujambio y exclamó: “guácala los panistas”.

Para entonces ya se habían marchado Ebrard y Sáizar.

Fuera de programa, la intérprete oaxaqueña Susana Harp decidió sumarse al homenaje con La Llorona y una pieza vernácula zapoteca, para que finalmente se anunciara la presencia de la escritora Elena Poniatowska, quien releyó el texto “¿Qué vamos a hacer sin ti, Monsi?”, donde también alternó la tristeza con la interlocución familiar:

“¿Por qué te fuiste así? Y si te ibas a ir ¿por qué no nos preparaste mejor?”.

El gobierno de la ciudad había repartido una hoja con la letra de la canción La Paloma, que todos los presentes cantaron.

Después de un largo, último aplauso a Monsiváis, los fotógrafos y reporteros se avalanzaron hacia Elena Poniatowska. Fue cuando la autora de La Noche de Tlatelolco dijo lo de la muerte. Y después, cuando se le especificó, “cómo se va de este homenaje”, contestó:

“Bueno, estamos súper tristes. Pero creo que vamos a hacer miles de cosas en torno a Monsi. Se puede pensar en hacer libros sobre él, entre las cosas que él no hizo, claro, no cómo él las hizo. Porque, pues, nadie tiene tanto coco como él”. 

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