Tepito, barrio transgresor

martes, 6 de julio de 2010

MÉXICO, D.F., 6 de julio (Proceso).- Quienes estudian la transformación del céntrico barrio capitalino en foco de violencia señalan que la desatención gubernamental y la permanente crisis económica forzaron a muchos tepiteños a invertir sus valores: ahora exaltan la transgresión de las leyes, adoran a la Santa Muerte y honran como héroes a los delincuentes “caídos”. Incluso, según el cronista del barrio, ya es una plaza ideal para cárteles como La Familia...

Doña Enriqueta Romero Romero, doña Queta, se ha convertido en la sacerdotisa del barrio capitalino de Tepito sin proponérselo; el 1 de noviembre de 2001 sacó a la calle el esqueleto de la Santa Muerte que adoraba en su casa, le arregló un altar con guirnaldas de flores artificiales y, para su sorpresa, miles de tepiteños empezaron a rezarle, a pedirle favores, a llevarle ofrendas… Y doña Queta terminó por presidir las multitudinarias ceremonias al culto mortuorio. 

 “Nunca imaginé que mi calaquita chula fuera a despertar tanta devoción. Se convirtió en la Santa Muerte que tiene más fieles en todo México”, dice con orgullo, sentada en su silla de plástico, frente al altar repleto de veladoras encendidas, ubicado en la calle Alfareros número 12, en el centro mismo de lo que se ha dado en llamar “barrio bravo”.

–¿Por qué sacó su Santa Muerte a la calle?

–Desde niña, por herencia familiar, fui devota de la Santa Muerte. En mi casa siempre he tenido muchísimas imágenes de ella. Esta imagen me la regaló uno de mis hijos, pero resultó muy grande para tenerla en casa, por eso decidí ponerle su altar afuera.   

Doña Queta, de 64 años, magra e inquieta, con un mechón de pelo blanco que contrasta con lo oscuro de su piel y de su corta cabellera, se acomoda su mandil a cuadros, cruza la pierna con desparpajo, da una prolongada fumada a su cigarro y comenta:

 “Cada primero de mes le organizo su misa. Vienen miles y miles de gentes que atiborran las calles, muchas llegan de rodillas desde el Metro Tepito. Y yo les digo: ‘¡Alcen todos sus manos para que Dios los bendiga! ¡Hagan una cadena! ¡Recen!’... Y mi niñita les concede un chingo de milagros, pero de veras que un chingo”.

–¿Por qué prendió tanto la devoción?

–Por la necesidad de la gente: muchos tienen un preso en la familia que quieren que salga de la cárcel, otros no pueden conseguir trabajo, tienen un pariente alcohólico o drogadicto, o de plano no consiguen ni para comer. La Santa Muerte los auxilia. Pero además los ayuda a tener un buen morir.    

Doña Queta arquea las cejas –dos delgadas líneas pintadas a lápiz– y señala hacia la fila de personas que esperan llegar a la capilla resguardada por un grueso cristal. “Mire, así los verá día y noche”, dice.

Son jóvenes corpulentos de pelo al rape y tatuajes en los brazos. Hombres en andrajos, de barba crecida. Madres con un hijo en el regazo. Familias enteras rezando con la cabeza baja. Le llevan a la Santa Muerte veladoras, arreglos florales, botellas de vino, cestos de fruta y cigarros encendidos que colocan en ceniceros dispuestos en el piso. Al llegar frente a la imagen, tocan con la yema de los dedos el grueso cristal para cargarse de energía, cierran los ojos y caen en una especie de trance.

Pareciera que, desde sus cuencas vacías, los observara con fijeza esa calavera amarillenta, como moteada de sarro, con una larga y lacia peluca negra cayéndole sobre el pecho. Es una figura de tamaño natural, enfundada en un blanco vestido de novia cargado de holanes. Lleva una guadaña dorada y una balanza sosteniendo unos dólares. 

Sobre la capilla, un enorme letrero: “No temas donde vayas, que has de morir donde debes”.

Doña Queta exclama:     

 “¡La muerte! ¡La muerte! Aquí vivimos muy de cerca la muerte. Por eso a nuestra Catrina le tenemos muchos vestidos y pelucas. Seguido la cambiamos de atuendo. Tiene un guardarropa mejor que el de cualquier actriz de cine. Ella es la reina y yo soy su guardiana.” 

–¿Ninguna otra capilla a la Santa Muerte tiene tantos adeptos como la suya?

–¡Ninguna! A mí me gusta visitar las capillas de la Ciudad de México y de otras partes del país. De aquí y de allá. A veces me invitan a conocerlas. Pero esta es la que jala más gente. Ya no sólo vienen de Tepito o de la colonia Morelos o de la Ciudad de México. Empiezan a venir fieles de provincia y de Estados Unidos.     

Aparte de ser el principal centro de culto a la Santa Muerte, Tepito también ocupa el primer lugar en narcomenudeo en el país; a plena luz del día, los repartidores de droga, los “burros”, realizan su trabajo montados en motonetas de llanta ancha. Son jóvenes de brazos tatuados que platican en grupos en las esquinas, sentados plácidamente en sus motos, o recorren las calles jalando el acelerador y abriéndose paso entre los puestos del enorme y estridente tianguis que es Tepito.

La guerra contra el narcotráfico emprendida por el presidente Felipe Calderón ni un rasguño le provoca al barrio. La policía es por lo general cómplice de los narcotraficantes, mientras que el Ejército no ha realizado ningún decomiso, ni siquiera ha puesto un pie en la zona por temor a una revuelta de los tepiteños, dispuestos a morir bajo la protección de su Santa Muerte.

 

Todo queda entre “La Familia”

 

La venta de droga sigue dándose como siempre. Lo mismo el trasiego de armamento, la contratación de sicarios y la venta a gran escala de productos piratas. El especialista Manuel Ambriz Roldán, del Instituto Nacional de Ciencias Penales (Inacipe), comenta:

“En Tepito opera un grupo delincuencial bastante fortificado que controla el narcomenudeo, y al que las autoridades no han podido atacar debido, en gran parte, a la misma corrupción policiaca. Tepito es un barrio de pelea, aguerrido, que reacciona ante cualquier acción de autoridad. Esto ha facilitado la actividad ilícita y delictiva”.

–¿Es ésta muy alta?

–Sí, las estadísticas del Inacipe revelan que, por cada 100 delitos denunciados en Tepito, 90 son delitos contra la salud, que abarcan la transportación, el suministro y la posesión de droga, principalmente cocaína, mariguana y pastillas psicotrópicas.   

Ambriz Roldán hace una pausa, para luego enfatizar:

“Tepito sigue siendo el principal punto de narcomenudeo a nivel nacional. Le siguen Ecatepec y Ciudad Nezahualcóyotl, zonas con las que tiene que competir. Antes no era así. Tepito estaba solo. Pero hoy el narcomenudeo se extendió mucho a la periferia de la Ciudad de México.”

–¿Qué cártel suministra la droga a Tepito?

–La Familia michoacana, que actualmente controla la periferia de la ciudad, en puntos como Ecatepec, Neza, Cuautitlán y algunas zonas de Toluca. La Familia tiene rodeado y bajo su control al Distrito Federal. No permite el acceso a ningún otro cártel, mucho menos lo dejará que se cuele hasta Tepito, situado en pleno centro de la populosa capital del país.

Aparte, repara el especialista, las variadas actividades ilícitas en Tepito, como el tráfico de armas y la piratería, se ajustan a la misma diversificación que emprende esa organización. 

“La Familia ya no se dedica sólo al narcotráfico. Últimamente amplió su campo a la extorsión, al secuestro, a actividades que tienen que ver con el acopio y traslado de armas. La competencia entre los cárteles provoca que diversifiquen sus actividades para allegarse más recursos. A veces les es más fácil imponer ‘derecho de piso’ o cobrar cuotas a cambio de protección, que traficar con droga.”          

–¿Qué características tiene la venta de armas en Tepito?

–Es un mercado negro de ventas al menudeo. Pero eso sí, se da muchísima venta de armas en comparación con otras zonas del país. El armamento proviene principalmente de Estados Unidos. Nuestras estadísticas nos dicen que son armas cortas, aunque hay versiones de que se puede comprar cualquier tipo de armamento.  

Según testimonios proporcionados por varios vendedores a la prensa, en Tepito ya se consiguen desde revólveres calibre .380, pasando por fusiles automáticos AK-47 y R-15, hasta metralletas antiaéreas y lanzagranadas. Los precios van de 5 mil a 20 mil pesos por pieza.

Aparte de Estados Unidos –el principal proveedor–, el armamento también proviene de Paquistán, Colombia y España. Al llegar los cargamentos a Tepito se distribuyen en distintos puntos del país. Pero también surgió recientemente otra variante de este negocio: la renta de motocicletas y armas de fuego en paquete, muy solicitada por las bandas de asaltantes. Hasta matones a sueldo pueden conseguirse en Tepito. Dice el investigador: 

“Es muy común escuchar: ‘¿Quieres matar a alguien y conseguir al matón? Pues vete a Tepito y ahí lo contratas’. Aquí ya estamos pisando el terreno de los homicidios, un delito del fuero común.” 

–¿Por qué no llega a Tepito la guerra contra el crimen organizado? 

–Porque ésta no combate al narcomenudista. Además, imagínese al Ejército entrando a Tepito, en pleno centro de la Ciudad de México, donde todavía está muy presente la matanza del 68. ¡No, no! No conviene atizar el fuego. De por sí los operativos policiacos siempre provocan fuertes reacciones entre los tepiteños. Hace unos días, éstos volvieron a cerrar las avenidas que rodean al barrio, dejaron aislada a la zona y se enfrentaron a la policía.

Ambriz se refiere a la movilización encabezada por más de 100 jóvenes motociclistas que mantuvo cercado a Tepito durante un día completo, de la noche del 31 de mayo a la noche del 1 de junio. Protestaban porque supuestamente había un grupo de gente que se estaba robando a los niños del barrio. Fue una alarma falsa y absurda que desembocó en el secuestro de un Turibús y en la intervención de 700 elementos policiacos. Fueron detenidos 77 tepiteños, que muy pronto salieron libres.

Para el cronista de Tepito, Alfonso Hernández, se trató de una oscura maniobra distractora:

“Hubo mano negra. Alguien prendió la mecha. Toda la atención se centró en el bloqueo y en el despliegue policiaco, mientras que al interior del barrio aislado sucedían cosas extrañas; llegaban y llegaban camiones y se daban otros movimientos raros. Percibí un reacomodo del narcomenudeo. Los ‘burros’ motorizados se repartían el pastel”.

 

“México es el Tepito del mundo”

 

El cronista del barrio lamenta que la “tribu urbana” de Tepito –sólo 50 mil habitantes distribuidos en apenas 57 calles– “haga más desmadres” que, por ejemplo, los “2 millones y medio de pobladores que tiene Iztapalapa”, otra de las  zonas capitalinas más conflictivas.

Lamenta igualmente que los sicarios y pandilleros de Tepito “hayan sustituido a sus ídolos del boxeo”. Hoy, el ejemplo a seguir para la juventud tepiteña son Hugo Bocinas, Beto Pelotas, El Lalito y otros afamados delincuentes de la zona. “Pero son ídolos de plastilina que duran muy poco, hasta que se los truenan y caen”, dice el cronista.

El Mural de los caídos es el más fiel reflejo del culto que se le rinde a estos mártires locales. Es un mural de colores chillantes pintado sobre la larga barda donde convergen las calles de Mineros y Carpintería.   

Preside este mural la figura de Jesucristo, sentado en un trono que resguardan leones de melena alborotada. Un águila con sus alas extendidas planea sobre la cabeza del Cristo. Atrás de la imagen se aglomera la multitud de “caídos” de Tepito. Sus rostros están bien delineados: ojos, barbas, patillas, bigotes... El pintor sin duda se valió de fotografías para plasmar sus caras con detalle.       

Un intenso cielo azul, salpicado de blancas nubes algodonosas, enmarca a esa extraña procesión de transgresores de las leyes terrenales que se dirigen al paraíso. No se les ve compungidos por sus fechorías. Todo lo contrario; los tepiteños veneran la transgresión.

Entre la basura, sentados al filo de la banqueta, un par de ancianos ebrios comparte una botella y observa con embeleso la exaltada fantasía del mural. “Son nuestros muertitos. Van caminando derechito al cielo. Puro picudo que se la rifó contra la tira. Yo conocí a algunos. ¡Vaya que tenían güevos!”, balbucea uno de ellos. El otro lo interrumpe y da una lenta palmoteada al aire:

“Pero tenemos tantos que ya no caben pintados en la barda… los nombres de los últimos los ponemos en esa cruz”.

Señala una cruz de madera levantada junto al mural, de unos cinco metros de altura, adornada con listones. Casi toda su superficie está cubierta de apodos: Roñas, Fredi, Tochis, Gordo, Chaval, Seco, Niño… 

Alfonso Hernández explica: “En lugar de recordar a sus muertos a través de los registros periodísticos de la nota roja, los tepiteños prefieren hacerlo en el Mural de los caídos. Es una especie de reivindicación”.

Aclara el cronista que también hay mucha gente de Tepito que se opone a la delincuencia: “Muchos de sus 10 mil comerciantes apostados en la vía pública –lo que queda del mercado prehispánico de Tlatelolco– son gente honesta que trabaja honradamente de sol a sol. Hay jóvenes que viajan a Nueva York, a Los Ángeles, a China, para estar al tanto en la moda y poder competir. Aquí también se encuentra la tecnología de todo el mundo. Tepito es un tianguis globalizado y un barrio con gran riqueza cultural”. 

Sin embargo, enfatiza, la corrupción policiaca, la desatención gubernamental y la crisis económica son importantes factores que alientan la delincuencia: “Es muy fácil decir que nuestras calles y vecindades son generadoras de carne de presidio, que somos los ‘burros’ de la droga o una mafia de contrabandistas. ¡Así no se vale! ¡Que se analicen también las causas!”

–¿Se sataniza a Tepito?

–Sí, se está criminalizando este espacio. A todos los espantan diciéndoles que en Tepito hay mucha violencia y muerte, sin combatir las causas. Pero eso sí, jamás les dicen que México ya se convirtió en el Tepito del mundo. Tepito es sólo el reflejo del país.    

 

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