Juárez: Donde el narco manda...

lunes, 27 de septiembre de 2010

Ni los escándalos ni los conflictos en los que se ha metido el gobierno federal por su incapacidad para restaurar el orden en Ciudad Juárez han tenido consecuencias visibles para los narcotraficantes, que son ahí los únicos libres: matan, aterrorizan, copan todos los espacios físicos y, de paso, determinan lo que se dice o no acerca de su régimen de terror. Para los reporteros, fotógrafos y editores de diarios, eso es peor que entrar en terreno minado: ahora ellos son los objetivos de la violencia.

CIUDAD JUAREZ, CHIH., 27 de septiembre (Proceso).- A media hora de terminar su turno, Lucio Soria recibió la llamada que le avisaba de una nueva ejecución en el centro comercial, a dos cuadras del periódico donde trabaja. 

Al llegar encontró el estacionamiento acordonado, un auto gris ametrallado, el conductor muerto. Mientras buscaba un ángulo para tomar la foto, un paramédico le comentó: “Adentro hay un lesionado de bala, dice que es reportero”. Las corvas se le doblaron, las lágrimas se le salieron.

“Sentí horrible”, recuerda el veterano fotógrafo de El Diario de Juárez, a quien dos veces le cayó un mismo rayo. Era la segunda vez que le tocaba fotografiar el asesinato de un colega y amigo. El primero fue Armando Rodríguez, reportero de la fuente policiaca que llevaba las cuentas de los muertos en la ciudad más violenta del hemisferio, y quien en noviembre de 2008 fue acribillado afuera de su casa, cuando se disponía a llevar a su hija a la escuela. El segundo, Luis Carlos Santiago, de 21 años, becario que tenía seis meses en la empresa, acribillado el jueves 16 de septiembre junto con otro colega, que resultó herido.

La violencia comenzó desde 2007, cuando el cártel de Sinaloa emprendió la disputa de esa frontera con el cártel de Juárez; para 2008 los militares fueron enviados presuntamente para poner orden y, al mismo ritmo de su llegada, las muertes se dispararon; casi a mediados de 2010 los soldados fueron reemplazados por policías federales que tampoco logran aplacar a la bestia. En ese lapso el veterano Soria alcanzó el récord de 19 cadáveres fotografiados en un turno de ocho horas, aunque calcula que 2 mil han pasado por su lente. 

Cuando los juarenses piensan que ya vieron todo –cuerpos empalados, amarrados a puentes o con máscaras de cerdo–, la violencia estrena la modalidad de coche-bomba, como en julio pasado, o de granadazos en las escenas del crimen. El 9 de septiembre se recrudeció la guerra. Un grafiti afuera de una guardería del Seguro Social anunció: “Como hombres devuelvan al niño por k sin no van a entrar en una guerra que se van a arrepentir. Att. Diego”.

Una nota de El Diario explicó al día siguiente que el niño secuestrado –quien al parecer fue asesinado– era sobrino del expolicía ministerial antisecuestro José Antonio Acosta Hernández, alias El Diego o El Blablazo, a quien se señala como el segundo en jerarquía de La Línea, brazo armado del cártel de Juárez.

En otro grafiti aparecido ese día se leyó: “Pinche chapo de mierda la guerra no es matando a nuestros hijos y ya la hicieron y ahora les vamos a matar a su familia. Att Diego”. Los cárteles mostraron su cara más despiadada. 

Desde entonces comandos armados no sólo cazan a hombres jóvenes en la calle para aplicarles sus dosis de plomo; ahora se meten a las casas, rafaguean a los inquilinos, no dejan mujeres o niños vivos. El mismo jueves 16 de septiembre mataron a 24; entre ellos se contaban tres familias. 

El fin de semana siguiente al asesinato de Santiago sumaron 32 los reporteros que buscaban llegar a las escenas del crimen antes que el Servicio Médico Forense, y los medios destacaron que un niño de dos años se salvó en una balacera, pero los sicarios dejaron una nota en la que aclaran que “le perdonan la vida”.

En este recrudecimiento de la guerra ocurrió el asesinato del fotógrafo, quien viajaba en el automóvil Nissan gris propiedad del defensor de derechos humanos Gustavo de la Rosa, que inició el año exiliado en Estados Unidos para salvarse de las amenazas que recibía por investigar los excesos del Ejército y los policías federales, y quien ahora despacha desde un búnker dentro de la Procuraduría General de Justicia del estado. A 24 horas del crimen, la procuradora señaló que el asesinato había sido por motivos personales y el gobierno federal decidió no atraer la investigación. 

El Diario publicó en la portada del domingo 19 un editorial dirigido al crimen organizado: “(Señores de las diferentes organizaciones que se disputan la plaza) queremos que nos expliquen qué es lo que quieren de nosotros, qué es lo que pretenden que publiquemos o dejemos de publicar, para saber a qué atenernos. Ustedes son, en estos momentos, las autoridades de facto en esta ciudad, porque los mandos instituidos legalmente no han podido hacer nada para impedir que nuestros compañeros sigan cayendo, a pesar de que reiteradamente se los hemos exigido”.

Esa semana los teléfonos sonaron más de lo usual en las oficinas de cristal de la empresa periodística de dos pisos. “Los hechos nos dicen quiénes son los que mandan, quiénes ponen las reglas”, dice a Proceso Pedro Torres, el subdirector de El Diario. 

El tercer día después del estruendoso editorial que en la Ciudad de México fue criticado por Alejandro Poiré, el vocero de Felipe Calderón en seguridad nacional, el reportero Martín Orquiz, atiende algunas llamadas de periodistas de todo el mundo que le preguntan qué tan fuertes están las cosas en Juárez como para pedir una tregua a los narcos. Afuera de la oficina de Orquiz está un escritorio donde se ve una computadora y varios floreros con rosas secas. En la pantalla apagada está la foto de un joven moreno, de pelo achinado, a media sonrisa. Alguien escribió sobre ella: El Choco was here (El Choco estuvo aquí), pero el was (estuvo) fue tachado y sustituido por un is (está). 

Nadie usa ese lugar. Afuera del periódico una manta exige justicia por el crimen. Desde entonces, junto al encabezado aparece un moño negro, y ahora una bandera que chorrea sangre.

“Con el editorial tratamos de materializar a un enemigo invisible que nos está haciendo mucho daño. No sabemos quién es, dónde está, andamos con el bastón de ciego preguntando quién anda ahí, porque las autoridades que deberían alumbrar no lo hacen. Lo único que pedimos es que del gobierno voltee a ver qué pasa en Juárez”, dice Orquiz.

De la pared cuelga un pizarrón en el que continúa la sumatoria diaria de muertos, que Rodríguez dejó a medias: “2007-320; 2008-1623; 2009-2754 (más 45 osamentas)”. Hasta un día antes de la entrevista con esta reportera, Orquiz había sumado 2 mil 237 en 2010.

Sicosis

 

La gente de Ciudad Juárez cruzó a El Paso para festejar la Independencia. Aquí únicamente los soldados acudieron al Grito del presidente municipal José Reyes Ferriz, quien a su vez duerme todas las noches en Texas, como todos los que han podido huir.

El estudio más reciente de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez da cuenta de que 230 mil habitantes se han ido. Al menos 10 mil comercios han cerrado. La cámara de comercio estima que la mitad de los empresarios paga cuota a la mafia. Sólo en junio pasado fueron asesinados el mismo número de personas que en todo 2007. La violencia hace más difícil el trabajo de los reporteros. 

“Antes nos preocupábamos porque no teníamos fotos para traer, ahora son demasiadas al mismo tiempo. Te vas acostumbrando, aunque me sigue estrujando ver niños muertos. Me tocó acudir al lugar donde mataron a un policía, el vehículo quedó como coladera, pero en la escena del crimen quedó una pelota de futbol llena de sangre, de su hijo; fue una escena muy fuerte”, dice el fotógrafo Ernesto Rodríguez.

Las pantallas de las computadoras que lo rodean muestran fotos del velorio de su compañero Santiago, cuyas fotos se quedó esperando. El día de la tragedia Ernesto le marcaba a su teléfono sin obtener respuesta, hasta que Lucio Soria avisó que estaba muerto. 

Todos sus colegas entrevistados confiesan que para sobrevivir se han hecho de las mismas mañas: espejear en el carro, cerciorarse de que no los sigan, acercarse menos a las escenas del crimen. Algunos llevan la luz encendida dentro del auto para que no los confundan.

El fotógrafo Raúl Alejandro Lodoza ya dejó instrucciones a su familia: “Le digo a mi hija que si nos asaltan o nos atentan con la pistola se baje rápidamente, sin pensarlo, y salga corriendo. Al principio se reía, me decía ‘¿qué pues, apá?’, pero ahora ve que sí es en serio, porque sucede muy seguido”, relata.

Aquí no hay reporteros que no hayan hablado de esta posibilidad con su familia o a quienes no les hayan preguntado si van a seguir en el oficio. La mayoría dice que sí, a pesar de que, a principios del año, tuvieron problemas para contratar seguros de vida. Una colega que tiene en su escritorio la foto de su hijo de cinco años, vestido de vaquero, comenta que la semana pasada el niño se le abrazó y le dijo: “Mamá, no quiero que te maten”, a lo que ella le contestó: “M’ijo, en esta ciudad le toca a cualquiera, sea periodista o no”.

Otra comenta que recientemente saltó semáforos y dobló por una calle prohibida para huir de una moto que se le emparejó, porque pensó que su conductor iba a matarla. Cuando descubrió que era una falsa alarma, frenó y se puso a llorar. Sabe que los buitres anidaron en su mente. 

De regreso del funeral de Santiago, dos reporteras sostuvieron una charla que acá es usual.

–Si me matan quiero que me cremen y que mis cenizas las avienten al río Bravo. Y acuérdate: no quiero políticos en mi funeral.

Su interlocutora no evadió el tema. Contestó:

–Yo, en mi funeral no quiero que abran la caja. 

Los mecanismos de escape de la situación son variados. Un fotógrafo admite que su día de descanso termina en borrachera. Son los síntomas del estrés postraumático que padecen estos reporteros, autores de fotos que compiten en concursos internacionales con las gráficas bélicas, como la del corresponsal de Reuters, Alejandro Bringas, o el de El Diario, Julio César Aguilar. 

Mientras cada vez más enviados extranjeros llegan a esta ciudad con cascos, chalecos blindados, reservaciones en hoteles texanos y entrenamiento para sobrevivir a una guerra, los fotógrafos locales sólo andan equipados con su cámara. “Me dicen que acá hay más muertos que en las guerras, aquí mínimo hay de nueve a 14 muertos diarios; hoy van cinco, pero no puede ser, yo digo que no”, comenta el veterano Soria, que cada semana transporta a reporteros extranjeros al infierno de su ciudad, al epicentro de la violencia.

Julio César Aguilar soñó que estaba formado en una fila de personas a las que ejecutaban. Despertó cuando le llegó su turno. Otra noche soñó que estaba caminado sobre una pila de muertos tiesos y que se angustiaba por no llevar su cámara. Otra noche se libró de la muerte porque su agresor fue asesinado cuando iba a jalar el gatillo. En dos ocasiones estuvo a punto de ser asesinado en la vida real, pero se salvó.

Es autor de varias fotos de guerra. La más famosa es la de un niño contra la pared, envuelto en la sombra de un hombre armado, un soldado. Su trabajo compite en foros internacionales. Esta noche se juega la vida en uno de los bares que se han resistido a cerrar, a pesar de que son blancos de ataques constantes. Habla compulsivamente. Agradece la entrevista porque le sirve de desahogo. Confiesa que llora cuando ve niños asesinados. 

Sabe que ha estado demasiado expuesto a la violencia, pero le provoca adrenalina. No quiere cambiar de profesión aunque le ha tocado ir a las escenas del crimen y esperar junto a los muertos a que llegue la policía. O retratar empalados o grafitis en “territorio comanche”, donde sabe que lo están vigilando de lejos.

Señalamientos de narcoestado

 

Mientras maneja, el periodista Jorge Luis Aguirre va espejeando para cerciorarse de que nadie lo sigue, aunque circula por El Paso, Texas, la tercera ciudad más segura de Estados Unidos. Dos días antes el gobierno de ese país le otorgó asilo político, con lo que se convirtió en el primer periodista mexicano que lo obtiene. Otros tres están en trámites. 

“Lo que tuve que demostrar para que me dieran el asilo es que los narcos son los que mandan aquí, como es un narcogobierno, por lo tanto las amenazas vienen del gobierno. En Chihuahua estamos hablando de una política ficción”, explica mientras maneja hacia un Village Inn, donde se estaciona para tomar un refresco y dar la entrevista. Ahora mismo una televisora lo anda buscando. Se rehúsa a dar entrevistas a El Diario porque siempre ignoró su caso, al igual que los legisladores y políticos mexicanos.

Desde mediados de 2008 comenzó a recibir llamadas amenazantes. Después apareció una cabeza humana en la Plaza del Periodista, mataron a El Choco, recibió mensajes amenazantes –que atribuye a Víctor Valencia y a la procuradora Patricia González– hasta que le avisaron telefónicamente que iban por él. 

“Si la situación en Juárez no se soluciona se va a dar una guerra civil, y la gente empezará a hacerse justicia por su propia mano, aquí y en la sierra. ¿Por qué, si el gobernador ya fue rebasado, no renuncia?”, dice.

De regreso a la selva juarense, en El Diario siguen las entrevistas internacionales sobre su postura ante el crimen organizado. 

“El editorial toca o apela a esa impotencia que siente la gente, a lo que dice la gente común: si no pueden con ellos, pacten, y estamos reflejando eso que la gente piensa”, explica Pedro Torres, quien interrumpe constantemente la entrevista para atender llamadas en su oficina. Unas solicitando entrevistas, otras del dueño del periódico, Osvaldo Rodríguez, quien vive resguardado en El Paso, Texas.

“Es desesperante –sigue el subdirector–, ves miles de policías, soldados, te anuncian que supuestamente ya llegaron los de inteligencia y las acciones sociales y no ves que esto cambie.”

Orquiz tiene en el escritorio de madera de su oficina los adelantos de lo que se publicará mañana. La nota principal anuncia que los pobladores de Asención, a 170 kilómetros de Juárez, lincharon a dos adolescentes secuestradores y anunciaron que tomarán las armas para defenderse, ante la incapacidad del gobierno. Un capturista incluyó el mensaje: “Ya era hora”. 

Otra nota da cuenta de cómo los juarenses construyen bardas para bloquear calles como medida desesperada de seguridad. Una más da seguimiento a la rebelión de los médicos, quienes anunciaron que cerrarán hospitales por la inseguridad y el secuestro masivo que sufre su gremio.

También se puede ver la portada del día, con una nota que da cuenta de que, como ya es costumbre, el Ministerio Público se desistió de los cargos que pesaban contra cuatro integrantes de la pandilla Artistas Asesinos, al servicio del cártel de Sinaloa, acusados de 55 homicidios. 

En esa misma edición otro texto señalaba la impunidad: “De 2 mil 236 asesinatos que se han cometido en lo que va de 2010, sólo se han judicializado 67, apenas 3% de los casos, y no todos han sido resueltos”.

Otro periodista de El Diario, que pide el anonimato, señala: “Odio que digan que sólo hacemos body-count (el recuento de los cadáveres) y que todos los periódicos de la frontera están silenciados. Nosotros tenemos nuestros defectos pero hemos publicado las causas sociales de la violencia, el dolor de las víctimas, cuáles son los grupos en disputa, cómo han sido las traiciones internas, los asesinatos del gobierno y de la Policía Federal, la ineficiencia de la procuraduría, cómo los cabecillas han sido detenidos y dejados libres”.

Texto publicado en la edición 1769 de la revista Proceso, actualmente en circulación.