Antes y ahora, Diego Rivera en el MOMA

martes, 22 de noviembre de 2011
Se cuenta aquí la historia de la fundación del Museo de Arte Moderno de Nueva York (MOMA) que en 1929 abrió sus puertas, y posteriormente la necesidad de crear una asociación de arte mexicano promovida por los Rockefeller para fomentar la amistad entre México y Estados Unidos. De ahí nació la invitación para que Diego Rivera fuera a trabajar una serie de murales a Manhattan y exhibirse finalmente en el MOMA en 1931. A partir del domingo 13, 80 años después, la institución rememora el evento con el cual abrió las puertas al arte latinoamericano, mostrando cinco de los ocho murales transportables de Rivera. MÉXICO, D.F. (Proceso).- En 1929 Abby Aldrich Rockefeller (1874-1948), esposa de John D. Rockefeller Jr. y madre de Nelson, promovió junto con Lille P. Bliss y Mary Quin Syllivan la fundación del Museo de Arte Moderno de Nueva York (MOMA), el cual quedó instalado inicialmente en el edificio Heckascher e inaugurado el 8 de noviembre de ese año. El 9 de diciembre de 1930, en la residencia de John D. Rockefeller Jr., se reunieron personajes de las finanzas con el objeto de organizar una institución que promoviera la amistad entre el pueblo de México y el de los Estados Unidos, al través de intercambios culturales y artísticos. Los trabajos preliminares de la Mexican Arts Asociation, Inc. estuvieron a cargo de Frances Flynn Paine, consejera de los Rockefeller y negociante de arte. El hermano de la señora Aldrich fue nombrado presidente, la presidenta honoraria fue la esposa del presidente del Metropolitan Museum, el cargo de secretario recayó en Frank Crowninshield, miembro del patronato del MOMA. Todos los componentes del consejo de directores eran destacados funcionarios de las más importantes empresas de Estados Unidos, quienes preferían no recordar que en el “Corrido de la Revolución”, de la Secretaría de Educación Pública, Rivera había representado “La noche de los ricos” (1928) respondiendo a las estrofas de unos versos populares que decían: Da la una, dan las dos y el rico siempre pensando comó le hará a su dinero pa´ que se vaya doblando. En el frenado, sentados ante una mesa con champaña, se veía la cinta de comunicaciones financieras, una bóveda bancaria, una réplica de la Estatua de la Libertad y otros aparatos típicos de los bancos de aquellos tiempos, aparecían caricaturizados John D. Rockefeller I., J. P. Morgan, Henry Ford… A principios de 1931 Diego Rivera se encontraba en México, corrigiendo y modificando las pinturas de los arcos centrales de Palacio Nacional, pues durante el tiempo que entre 1930 y 1931 había pintado primero, por encargo en Dwight W. Morrow (el contrato fue arreglado por el arquitecto y promotor estadunidense, radicado en el estado de Morelos, William Spratling), en el Palacio de Cortés en Cuernavaca una secuencia desde la Conquista española hasta la revolución campesina encabezada por Emiliano Zapata, y después una serie de murales en varios edificios de San Francisco, había dejado a la pintora estadunidense Ione Robinson y al pintor ruso Arnautov para que continuaran su trabajo. El resultado le disgustó; pero en vez de repetir su proyecto inicial aprovechó para cambiar una representación simbólica de la Patria por las figuras de Felipe Carrillo Puerto y de Zapata. Tanto éstas como otras porciones de la Secretaría de Educación pública y de la Escuela de Agricultura de Chapingo hicieron que José Vasconcelos, lejos ya de la SEP y de los frescos riverianos que nunca le habían gustado, considerara una “abyección cubrir muros con efigies de criminales”. Mientras tanto la Mexican Arts Association había decidido invitar a Rivera para que en 1931 presentara una muestra individual en el MOMA. Para hacer la proposición con toda pompa y circunstancia Francis Flynn Paine viajó a México. Rivera aceptó gustoso, pero quisquilloso como era prefirió primero consultar con Carl Zigrosser de la Weyhe Gallery, donde le habían impreso algunas litografías. En carta del 2 de mayo de 1931 le expresaba al amigo de sus confianzas: “Mi exposición en el Museo de Arte Moderno no estaba programada para este verano, sino para noviembre o diciembre de este mismo año. Pero voy a escribir al Museo de Arte Moderno para ver si no sería mejor dejar esta exposición para el año que viene para tener una exhibición más completa. Cuando nos veamos en septiembre podremos revisar lo que yo lleve a Nueva York y entonces decidir cuándo y dónde hacer la exposición, ya sea en el Museo de Arte Moderno o quizá en algún otro lugar que tú sugieras (…) Antes de escribir al Museo de Arte Moderno me interesa mucho tener tu consejo al respecto.” Con consejos o sin ellos Diego se embarcó con Frida Kahlo y la señora Paine a principios de noviembre de 1931 en el Morrow Castle, cuyo capitán Robert Wilmot le acondicionó un estudio para que adelantara sus pinturas. El 13 de noviembre llegaron a Nueva York, de modo que sólo le quedaba un mes para completar la exposición, la cual incluiría siete tableros al fresco que fueron ejecutados en una de las galerías desocupadas en el edificio Heckascher. Se hospedaron en el Hotel Barbison Plaza, que no fue del gusto de Frida, como se puede apreciar en una breve carta que el 22 de enero de 1932 le escribió a Abby Aldrich: “Mi querida Sra. Rockefeller: “Deseo darle las gracias por el hermoso libro que me envió la semana pasada. Espero que a pesar de mi terrible inglés pueda leerlo. Sus flores estuvieron maravillosas, no puede imaginarse lo bonitas que se ven en este cuarto. Este hotel está tan feo, que gracias a las flores pienso que estoy en México.” Cuando en 1927 Rivera fue invitado al décimo aniversario de la Revolución de Octubre viajó a la Unión Soviética provisto, como era su costumbre, de numerosas libretas. En tres o cuatro de ellas realizó, entre 1927 y 1928, apuntes que –tal como le contó a su biógrafa Gladys March– “recogían mis observaciones de la vida del pueblo soviético. Había hecho una serie retratando al trabajador ruso y a su familia desde el momento en que se preparaban para asistir al desfile conmemorativo hasta su clausura, incluyendo la marcha en la Plaza Roja”. Al entrar en contacto con Abby Aldrich ésta se entusiasmó con los dibujos y acuarelas de Rivera realizados en la URSS y le adquirió 45 piezas. Algunas de ellas se muestran ahora en la exposición que celebra el 80 aniversario de la primera. El 23 de noviembre de 1931 Frida le escribía a su amigo y médico, el doctor Leo Eloesser (1881-1976): “(...) estamos en Nueva York desde hace ocho días; Diego naturalmente ya empezó a trabajar y le ha interesado muchísimo la ciudad, lo mismo a mí (…) Diego pintará siete frescos que pueden moverse por estar en marcos de fierro. Su exposición se abrirá el 20 de diciembre.” En carta de noviembre 26 de 1931 Frida descarga con Eloesser sus sentimientos negativos: “La high society de aquí me cae muy gorda y siento un poco de rabia contra todos estos ricachones de aquí, pues he visto a miles de gentes en la más terrible miseria, sin comer, sin tener dónde dormir; ha sido lo que más me ha impresionado de aquí; es espantoso ver a los ricos haciendo de día y de noche , mientras mueren de hambre miles y miles de gentes. Diego está contento pues trabaja mucho y Ud. sabe que es lo único que más le interesa en la vida.” A Gladys March le relató Diego de manera precisa: “Cuatro de estos paneles eran adaptaciones de detalles de mis murales mexicanos. Los tres restantes se referían a temas que ya había observado en la ciudad, mostraba un grupo de trabajadores soldando una gran caldera en una de las plantas de luz y fuerza de la General Electric Company. En Barrenando neumáticos pintaba a trabajadores barrenando la capa rocosa de Manhattan para preparar la construcción del centro Rockefeller. El más ambicioso de estos frescos mostraba varios estratos de la vida en Nueva York durante la gran depresión. Hasta arriba asomaban como mausoleos los rascacielos que se juntaban con la fría noche. Debajo de ellos había gente camino a sus casas, miserablemente aplastados en los tranvías subterráneos. En el centro había un muelle que servía de dormitorio a los sin trabajo que no tenían hogar, con un musculoso policía haciendo guardia. En la parte baja del panel aparecía otro aspecto de esta sociedad: una bóveda de seguridad con reja de acero, en la que una señora estaba depositando valores mientras otras personas esperaban su turno para entrar en ese lugar sagrado. (…) Un periodista que fue a cubrir la información el día de la exposición, el 23 de diciembre, bautizó este fresco con el título de Fondos congelados, nombre que la señora Paine, ahora mi agente, adoptó en seguida para el mismo. La exposición constaba de 150 obras: óleos, pasteles, acuarelas, aguatintas, además de los siete frescos. En ella estaban representadas todas mis épocas.” La actual exhibición, mucho más pequeña, con sólo cinco de los ocho murales que finalmente ejecutó, incluye algunas de las piezas que pertenecieron a Abby Aldrich. El que más conmueve es Fondos congelados, pues la gran depresión vuelve a afectar a millones, mientras los ricos siguen gozando de sus bienes y desencadenando guerras que les permiten acceder a las grandes fuentes de materias primas. Los que mueren en lejanos países son jóvenes que entran en las filas del ejército invasor por no ver posibilidades de empleos y desarrollo, o se integran en movimientos, muchas veces reprimidos, como Occupy Wall Street. Ellos son los que sustituyen a los lingotes de oro en los Fondos congelados, que oportunamente expone el MOMA hasta el 14 de mayo de 2012.

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