La pasión de Herta Müller

viernes, 25 de noviembre de 2011
Durante el régimen de Nicolae Ceaucescu en Rumania, Herta Müller –premio Nobel de Literatura en 2009– sufrió persecución y censura. Esa experiencia la marcó al grado de no entender los “deseos comunistas” de algunos escritores latinoamericanos. “No comprendo a García Márquez. Esa lealtad a Fidel Castro, pase lo que pase en Cuba. Es una lástima…”, afirma. En entrevista con Proceso en vísperas de viajar a México para participar en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, Müller rememora episodios de su vida que afincaron su aversión por los totalitarismos. BERLÍN (Proceso).- “La sed es peor que el hambre.” “El viento es más frío que la nieve.” “Una papa caliente es una cama caliente”. La madre de Herta Müller sintetizaba de este modo cinco años de labor forzada en un campo de trabajo soviético. Había llegado ahí con sólo 17 años, poco antes del fin de la Segunda Guerra Mundial. La minoría alemana en Rumania pagó con miles de deportaciones el apoyo a Adolfo Hitler en su avance hacia el este. Müller –laureada con el Premio Nobel de Literatura en 2009– debe su nombre al paso de su madre por el campo de trabajo forzado. “Ahí la gente estaba siempre con hambre, desnutrición, agua en la barriga”, cuenta la escritora a Proceso. En ese lugar su madre se hizo amiga de una joven llamada Herta. El nombre proviene de la divinidad germánica de la fertilidad o la tierra y hoy suena algo anticuado. “‘Si tú no hubieras estado aquí, yo no habría sobrevivido’, le dijo mi madre a su amiga, que le había enseñado a manejarse con las raciones de pan”, relata Müller. “Más tarde, sin embargo, esta chica murió de hambre, y mi madre dijo que si alguna vez tenía un hijo, y era una niña, le pondría ese nombre. Eso fue lo que hizo.” Nacida en Rumania, la escritora se crió en el ámbito de la lengua y la cultura de la minoría germana en ese país. El rumano lo aprendió en la adolescencia. La escritura fue para ella una catarsis frente a la opresión política. Su oposición al régimen de Nicolae Ceaucescu le granjeó el acoso de la policía secreta, la Securitate, así como la prohibición de publicar sus escritos. En 1987, la República Federal de Alemania pagó 8 mil marcos por su “rescate”. Desde entonces vive en Berlín. Menuda y vital, de mirada honda y actitud serena, la escritora recibe a Proceso en la señorial mansión que la Casa de la Literatura ocupa en el barrio berlinés de Charlottenburg. La entrevista se realiza durante la soleada tarde del jueves 3, a unas semanas de que viaje a México para participar en la Feria Internacional de Libro de Guadalajara que se inicia el próximo sábado 26. Este año Alemania es el país invitado de honor en el evento, y Müller la figura estelar. De la historia de su nombre –su alemanísimo nombre, que nunca le ha gustado mucho–, Müller se enteró cuando ingresó al bachillerato, por medio de su abuela. “Mi madre no me habló mucho del campo de trabajo soviético”, sostiene. “Todos los detalles sobre el día a día allí me los contó Oskar Pastior. También leí varios libros con relatos de vivencias escritos por gente común”. El escritor alemán-rumano Oskar Pastior (1927-2006), amigo de Müller durante el exilio de ambos en Berlín, fue igualmente deportado por los soviéticos a un campo de trabajo forzado en el que pasó cinco años. De eso trata la novela Columpio del aliento, cuyas primeras 30 páginas fueron escritas por ambos “a cuatro manos”. Un año después de la muerte de Pastior, Müller retomó el texto y le dio forma definitiva. –¿Cuándo fue usted consciente de que su padre había sido miembro de las SS (la organización político-militar y de seguridad de la Alemania Nazi)? –se le pregunta. –Eso yo lo supe desde niña. No era ningún secreto. Todos los de la generación de mi padre estuvieron en el ejército alemán o en las SS. Cuando había una boda en el pueblo, cantaban sus viejas canciones. Yo de niña no sabía que éstas eran nazis. Sabía que mi tío, el hermano de mi madre, había caído en la guerra porque había fotos de él, y también de mi padre, de su época de soldados, entre banderas con la esvástica. Entendí lo que eso significaba cuando me fui a la ciudad, con 15 años, y empecé a leer todo lo que podía conseguir sobre ese tema. Ella nunca pudo hablar con su padre al respecto. Admiraba a aquellos jóvenes de la generación del 68, la primera en preguntar en la República Federal de Alemania qué habían hecho sus padres durante el nazismo. “Leer a Paul Celan fue para mí la primera pastilla amarga”, dice, refiriéndose al notable poeta rumano, de origen judío y lengua alemana. “Porque pensé que mi padre, eventualmente, podría haber matado a los padres de Celan en el campo de concentración, si se le hubiera enviado allí”. Müller aclara que tal cosa no ocurrió: “Pero era horrible saber que mi padre, e incluso todo lo rumano a mi alrededor, había trabajado para los alemanes”. El miedo La escritora nació en 1953 en Nitchidorf, aldea ubicada en el oeste de Rumania, poblada por colonos alemanes desde el siglo XVII. Allí sólo el policía, el médico y el secretario del Partido Comunista eran rumanos. “En ese año murió Stalin –dice–, pero el estalinismo no desapareció con su muerte. Se prolongó muchos años más. En los cincuenta cualquiera iba a parar a la cárcel por una pequeñez”. Ya de joven, a la incipiente escritora le causaba un enorme rechazo el culto a la personalidad del presidente rumano Nicolae Ceaucescu, sumado a una situación económica que empeoraba cada año. “A comienzos de los años ochenta, Rumania estaba en la ruina: no había alimentos, la gente compraba todo con tarjetas de racionamiento, había cortes de energía, no funcionaba la calefacción, faltaban medicamentos. En el diario, la televisión y la radio sólo aparecía Ceaucescu. En el teatro había obras espantosas que iban bien con la ideología. Para las exposiciones se pintaban temas partidarios. Era asfixiante”, sostiene –De esos años, usted dijo que aprendió a estar a un lado de sí misma. ¿Podría describir esa experiencia? –Creo que esto es así en toda sociedad en la que rige el miedo. Uno no es imbécil. Todo lo que la rodea insulta la razón. Es una falsificación absoluta. Uno ve cómo vive la gente, y en todo momento se afirma lo contrario. “La palabra ‘progreso’, la palabra ‘felicidad’… surge un verdadero asco por ese lenguaje ideológico. Cuando Ceaucescu volvía a la ciudad en otoño se rociaban las hojas de los árboles con pintura verde para que no viera ninguna hoja amarilla. Uno piensa que está en un manicomio. Y naturalmente se pone al lado de sí mismo. De lo contrario uno tendría que detenerse y gritar. Pero si lo hace solo es detenido de inmediato y no consigue nada. Por eso se traga todo y se calla. Y se asfixia.” –Durante la Guerra Fría, mientras el este de Europa sufría la dominación soviética, las dictaduras militares latinoamericanas eran apoyadas por Estados Unidos y Europa occidental. ¿Es posible trazar paralelos entre ambas formas de dictadura? –se le pregunta. –En todas las dictaduras hay paralelos, porque se erigen sobre la misma base. El individuo no cuenta. La individualidad es un delito. La represión es el mecanismo que se utiliza para que eso se sostenga, para que el sistema funcione; el miedo es el motor, la herramienta. Se genera miedo en todas partes. La única rama de la producción que funcionaba durante la dictadura de Ceaucescu era el miedo. “Y creo que es igual en todas las dictaduras, sea una dictadura militar de derecha, un Pinochet o un Ceaucescu. Los signos son en apariencia contrarios pero en realidad son lo mismo. También los Estados europeos occidentales apoyaron a Ceaucescu de manera diligente. Era querido en Alemania y muy bien visto como huésped en Occidente. Incluso fue recibido por la reina de Inglaterra.” –En 1971, Ceaucescu recibió la máxima condecoración que por entonces otorgaba la República Federal de Alemania –se le comenta. –Por supuesto. Iba a todos los países y los presidentes lo paseaban en carruajes. Para que su mujer pudiera comprarse sus pieles y sus zapatos con diamantes, cerraban la circulación en las calles. Müller cree que los gobiernos occidentales se aprovecharon del carácter advenedizo de Ceaucescu: “Él venía de la zona más pobre de Rumania y tenía cuarto grado de primaria. Ser catapultado de esta forma, tener tanto poder, fue naturalmente catastrófico para una persona de corte tan sencillo. Occidente siempre ha apoyado las dictaduras hasta último momento. Acabamos de ver lo mismo en el mundo árabe con (Hosni) Mubarak. Lamentablemente puede que esto siga siendo así. La política es una cuestión de intereses. Y la moral se deja de lado.” Gabo y Rulfo A Müller se le pregunta si es posible equiparar el anhelo de justicia social en Latinoamérica con el de libertad en Europa del Este. “Seguro. Probablemente son el mismo deseo.” Y cuenta: “Hace muchos años estuve en México, Perú, Argentina, Uruguay, Bolivia, Chile, en un viaje organizado por el Instituto Goethe. Y tuve discusiones muy duras con escritores que se definían como personas de izquierda. Tenían realmente deseos comunistas. Eso no lo entendía. Y dije solamente que esa no era ninguna alternativa. Es el mismo par de zapatos. Uno es el izquierdo, y el otro, el derecho. Cuando uno sale de una dictadura, cuando uno define valores democráticos, no se puede recurrir a una ideología socialista”. –Seguramente esos autores le habrán dicho que las dictaduras militares se instauraron en el nombre de la libertad, en contra de la supuesta amenaza comunista. –Está bien. Ceaucescu fue probablemente apoyado y recibió tanta atención en Europa occidental porque en ese entonces se distanció de la Unión Soviética. En realidad, no había tal distanciamiento. Nuestras exportaciones de granos se canalizaron sin interrupciones a la Unión Soviética, así como la producción textil. Los oficiales del ejército tenían que ir regularmente a Moscú donde recibían formación y perfeccionamiento militar. –Buena parte de los dictadores y represores en Latinoamérica fueron formados en Estados Unidos. –Unos lo aprendieron de los estadunidenses y otros de los soviéticos. Eran los dos grandes maestros. ¿Qué más puedo decir? –Usted ha comparado su pueblo, Nitchidorf, con Macondo… –(Gabriel) García Márquez es otro caso que yo no comprendo. Como hombre político no lo comprendo. Esa lealtad a Fidel Castro, pase lo que pase en Cuba. Es una lástima… Sí, Cien años de soledad fue para mí un libro importante. También lo fue El otoño del patriarca. Gran parte de la atmósfera concordaba, cierta cosa que yo conocía muy bien. También esa parte mágica o, como suele decirse, ese realismo mágico. “Justamente porque los rumanos, al contrario de los alemanes, piensan y viven a través de un lenguaje pleno de imágenes. Eso lleva a que las fronteras entre la realidad y lo surreal se desvanezcan, también en lo cotidiano. Yo también pensé que Macondo podría ser Nitchidorf. Se parecían la atmósfera, infinidad de detalles, el tipo de soledad.” –Su primer libro, En tierras bajas, fue comparado con Pedro Páramo, de Juan Rulfo. –Lo leí hace muchos años en Rumania. Pedro Páramo y también El Llano en llamas. Hay ciertos escritores que escriben muy poco. Todo dicho. Nunca más. Extraordinario. Ahí también aparecen esos sentimientos de la tierra cuando uno ya no vive allí. Se puede saber cómo huele el polvo cuando viene la lluvia. Es un sentimiento vital que uno reconoce. De ahí surge una identificación inmediata e indecible, sobre todo en el lenguaje. En su escritura, sostiene Müller, el tema asume la dirección y el lenguaje dicta la mirada. Las frases indispensables, que tanto la impactan como lectora, en sus libros suelen ser frases de la realidad. “Yo sé que vas a regresar”, le dice la abuela al joven que va a ser deportado en Columpio del aliento. En la vida real, Pastior sostenía que esta frase lo mantuvo con vida los cinco años que pasó en el campo de trabajo. Sin embargo, la escritora cree que no se debe sobrestimar el poder de la palabra. “Una frase no puede hacer nada contra el hambre, la miseria, el abandono, la enfermedad. Quizá cada uno de los deportados en el campo de trabajo tenía una frase así”. Asegura que también las frases de tono contrario, como las amenazas de muerte, resuenan como un eco durante muchos años. Uno de los golpes más duros que ella vivió últimamente fue la revelación, a finales de 2010, de que su amigo Oskar Pastior había sido informante de la Securitate, la policía secreta rumana, antes de escapar hacia Occidente. Considera, sin embargo, con base en las actas que se han encontrado, que los informes que Pastior rindió fueron inofensivos en comparación con muchos otros de tono despiadado. Usted dijo: “Cada viaje a Rumania es para mí un viaje hacia otro tiempo, en el que yo en mi propia vida no sabía qué era casualidad y qué puesta en escena. “La muerte era escenificada. El asesinato se escenificaba como suicidio. Caídas desde las ventanas. Una vez tuve un accidente con la bicicleta, en el que un coche me atropelló. Y en el siguiente interrogatorio, el hombre que me hacía siempre las preguntas comentó: ‘Realmente hay accidentes de tránsito’. Antes ya me había amenazado con que algo así podía pasarme.” Müller era sometida constantemente al acoso y las humillaciones de la policía secreta. En innumerables ocasiones fue sustraída brutalmente de la vida real y puesta frente a su interrogador. El destino quiso que pudiera ver con sus propios ojos la caída de ese sujeto, en tiempos en que declinaba la estrella de Ceaucescu. El hombre iba por la calle, con capa y gorro de piel, demasiado abrigado para un día de primavera. Se sobresaltó al pasar junto a la escritora. “Lo reconocí por su miedo –dice Müller–. Debido a su gorro tuve que mirar dos veces. Hasta que de repente me di cuenta de quién era. Él se metió de un salto en la cola de los que esperaban para comprar huevos. Si yo hubiera dicho en voz alta que ahí había un agente de la policía secreta, la gente hubiera estado dispuesta a lincharlo. Me acerqué a él y le dije: ‘¿Se da cuenta? Ahora usted me tiene miedo a mí. ¿De qué sirvió todo eso?’.” Y añade: “¿Qué podría haberle dicho? Pensé en mis amigos muertos”. El agente en cuestión murió hace tiempo. Otros hacen hoy fortuna con agencias de seguridad, hoteles, negocios inmobiliarios. La escritora se alegra de no haber estado en Rumania tras la caída de Ceaucescu. “Yo sabía tanto de tanta gente que lo apoyó –dice– que me hubiera asqueado que vinieran y me dijeran ‘A Dios gracias, (Ceaucescu) ya no está. Cuánto habíamos esperado este momento’”

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