La Enciclopedia Británica de 1911

martes, 20 de diciembre de 2011
A Julio Ortega, a quien debo esta joya MÉXICO, D.F. (Proceso).- La invención de la enciclopedia se atribuye a Plinio el Viejo (años 23-79 de la era cristiana). Su Historia Natural en 37 volúmenes, compendio del saber científico en tiempos anteriores a Cristo, hoy se puede leer como excelente literatura, muchas veces fantástica. Plinio es también el primer reportero muerto en el cumplimiento del deber: se acercó a atestiguar la destrucción de Pompeya y las lavas del Vesubio acabaron con él. En 1728 Ephraim Chambers reunió a un grupo de especialistas para lanzar su Cyclopaedia. Fue la base de la obra más ambiciosa e influyente en su género: entre 1751 y 1772 Denis Diderot y Jean le Rond D’Alembert publicaron la Encyclopedié que tuvo entre sus colaboradores a Voltaire, Rousseau, Montesquieu y Buffon. La Enciclopedia de los “ilustrados” por excelencia empezó como un modesto intento de traducir la de Chambers. El genio de sus redactores la transformó en el primer desafío a la concepción teológica del mundo y en uno de los fundamentos ideológicos de la Revolución Francesa. Diderot, Voltaire, Kropotkin La respuesta anglosajona a los enciclopedistas (como se les llama desde entonces) fue la Encyclopaedia Britannica (EB)que apareció de l768 a 1771. No se hizo, como uno supondría, en Londres, la capital militar y económica del mundo en ese momento, sino en Edimburgo, Escocia, durante mucho tiempo el centro literario del orbe en lengua inglesa. Su editor, William Smelle, tuvo tanto éxito que la segunda edición creció hasta ocupar diez volúmenes extendidos a veinte en 1810. La Universidad de Cambridge se hizo cargo de la undécima edición en 28 tomos editados por Hugh Chisholm. La Británica fue durante mucho tiempo la obra esencial de consulta sin ninguna competencia hasta que, en una España que se consideraba atrasada y al margen de Europa, surgió la asombrosa Enciclopedia Universal Ilustrada que se conoce como la Enciclopedia Espasa. Es toda una biblioteca que sigue actualizándose cada año. Hace un siglo, en 1911, apareció esta undécima edición que se considera la clásica de la Enciclopedia Británica. En ese mismo año empezó a publicarse ya en colaboración con los Estados Unidos. Es imposible enumerar a sus ilustrísimos redactores. Cuando menos debe decirse que entre ellos figura el príncipe Kropotkin (1842-1921), el gran teórico del anarquismo y muy respetado geógrafo, quien desde 1887 vivía exiliado en Inglaterra. Para que estos volúmenes no resultaran inmanejables se inventó lo que durante mucho tiempo designamos en español como papel Biblia y los británicos llamaron imperialmente papel de la India. Debe decirse que ha resistido el paso y el peso de un siglo entero y aún permite la cómoda lectura que, a pesar de todos los avances, no encontraremos en pantalla. Al expirar el copyright sus artículos quedaron en el dominio público. Es fácil consultarlos en internet. Los conocimientos que antes se duplicaban cada cinco años ahora, sin exageración, se centuplican cada tres meses. Acaso esté sucediendo con la EB 1911 lo que pasa desde la Edad Media con las páginas de Plinio. Ya nadie acudirá a ella para informarse sobre la actualidad del saber y sin embargo muchos de sus artículos sobre historia y literatura, sobre todo las biografías en miniatura, siguen siendo inapreciables. El naufragio en las trincheras Lo que hace tan dramática la lectura o el hojeo de la EB 1911 es resumir de manera ejemplar lo que era el mundo al iniciarse la segunda década del siglo veinte. Se ufanaba de haber llegado a la cima del progreso.Todo había sido ya inventado. Era imposible añadir nada más a la cadena vertiginosa de teléfonos, trasatlánticos, automóviles, aviones, zepelines, aparatos eléctricos. Creía que por los siglos de los siglos las cosas iban a seguir igual. La decepción (en su doble sentido de “engaño” y “desengaño”) tocaba a las puertas pero en aquel momento nadie podía escuchar su llamada. En 1912, la edad que se consideraba a sí misma “Bella Época”, comenzó a hundirse en el naufragio del Titanic. Dos años después, en el mismo y trágico Sarajevo donde el arrogante siglo XX iba a encontrar su espantoso final, un “indignado” de entonces, un adolescente serbio, Gavrilo Princip, mató al archiduque Francisco Fernando de Austria y a su esposa, Sofía Choltec. El disparo de ese muchacho desencadenó la Primera Guerra Mundial. Sin ella, entre otras cosas, no hubiera habido Revolución soviética. Cuanto el progreso había acumulado para aliviar las penalidades del vivir se arruinó al ponerse al servicio de la destrucción masiva. La guerra heroica desapareció para dejar su sitio al lodo sangriento de las trincheras donde la juventud europea sucumbió por millones. En los fosos y alambradas de la tierra baldía desaparecieron los imperios. Bajo los tanques y los gases asfixiantes expiró aquella indudable grandeza que había celebrado la EB1911. Al cumplirse el centenario la EB1911 es admirada en todo lo que vale y denostada por lo que no pudo adivinar. La juzgamos racista, chovinista y sexista como buen producto de su tiempo. La EB1911 festeja que en la “lucha por la vida” haya triunfado el hombre blanco, es decir el anglosajón, the fittest, no necesariamente “el más fuerte” sino “el más idóneo”, “el más apto”, “el mejor adaptado” a las condiciones cambiantes de un mundo darwiniano y feroz en que, contra lo que proponía Kropotkin, sólo puede haber víctimas y verdugos. Barbaries de ayer y hoy La EB1911 es la celebración del Wasp victorioso, el “blanco, anglosajón, protestante” que se retrata con la bota puesta sobre el cuello de los lesser breeds, las razas inferiores denostadas por Kipling. Si los muertos pudieran ver lo que hacemos los vivos antes de unirnos a ellos, los redactores de aquel momento se estremecerían en el sepulcro al enterarse de que un afroamericano demandó por muchos millones de dólares a la Universidad de Chicago, actual responsable de la Enciclopedia, sólo porque en ella aparece, horror de horrores, la impronunciable palabra, la monstruosa injuria nigger. No la escribió ninguno de los colaboradores actuales: está en el artículo sobre Joseph Conrad y en el título de su novela The Nigger of the Narcissus. ¿Todo ha cambiado para bien? ¿Ya no somos como los tontos enciclopedistas del estúpido siglo veinte? Usted, si tiene el dinero, dispone de cien maravillosos instrumentos para leer la Británica, la novela de Conrad y todo lo que desee. Al instante puede comentarlo con sus amigos de otras ciudades y otros continentes. Es posible darse estos lujos porque en el Congo nuestra civilización perpetra las mayores barbaries. Las comete a fines de 2011 como en tiempos de Leopoldo II, el hermano más que incómodo de Carlota, ahora en busca del coltrán indispensable para que funcionen nuestros aparatos montados en China por esclavos que trabajan en condiciones sólo vistas en Buchenwald o en el Gulag. Borges y el laberinto de los textos Para nuestra cultura la significación de esta obra es muy grande. En 1972 Emir Rodríguez Monegal comprobó que es una de las principales fuentes para la prosa de Borges. Sin afán de rectificar a Monegal, debe decirse que al modelo de los británicos –basado en el plain style que a partir del siglo XVIII y la Sociedad Científica de Londres fue el ideal de clarity, force and easy para los escritores ingleses– Borges sumó como “influencias” o apropiaciones la tradición barroca hispánica y los ideales literarios franceses absorbidos durante su adolescencia en Ginebra. Borges empieza a ser Borges en la Historia universal de la infamia (1935). Estos protocuentos, narraciones palimpsésticas e intertextuales tienen como fuentes reconocidas por él mismo las Vidas imaginarias (1896) de Marcel Schwob. Fueron escritas para un diario popular, equivalente argentino de La Prensa mexicana. Varias de estas narraciones son desarrollos inventivos de fichas encontradas en la EB1911. “Texto” recupera su acepción original de “tejido”. Los hilos se entrecruzan. Nada se crea, nada se inventa pero todo se transforma en una sucesión sin fin de textos sobre textos que engendran otros textos. Huxley y el caos Es fama que Aldous Huxley se llevaba consigo a todos sus viajes los 29 tomos. Se dice que él y Borges son las únicas personas que los leyeron de corrido igual que si fueran una novela. Más que simbólicamente el autor de Brave New World, no Un mundo feliz sino, como traduce Carlos Fuentes, “¡Valiente mundo nuevo!” en el sentido de “¡Vaya con este pinche mundo nuevo!”, el hombre que se anticipó al México de estos días para injuriosamente definirnos como Very strange and sinister country, and dark, savage people, murió el mismo día en que mataron a Kennedy y empezaron con la trasmisión en vivo la aldea global y el caos que no ha hecho sino agravarse en el medio siglo transcurrido desde 1963. Internet inmóvil a menos que la lectura la actualice y la ponga en acción en la pantalla mental que llevamos dentro, cápsula del tiempo, espejo de la historia y a la postre invitación a la humildad contra la soberbia y la arrogancia, la Enciclopedia Británica de 1911 no está indefensa contra nuestras pretensiones de superioridad por el simple azar de haber nacido más tarde. Ella también nos observa y nos juzga.

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