Václav Havel: A la política de ida y vuelta

miércoles, 28 de diciembre de 2011
El domingo 18 murió el mayor de los dramaturgos checos, quien fue presidente de su país a la caída del régimen comunista. En literatura, Václav Havel llevó a términos de excelencia la línea del teatro del absurdo instaurada por Ionesco y Beckett, y en política aplicó en su país lo que él llamó la “Revolución de terciopelo”. MÉXICO, D.F. (Proceso).- A nadie sorprendió su muerte. En la primavera de 1996 se publicó una fotografía que ocupó un espacio en los periódicos más importantes del mundo. En ella aparecía fumando su último cigarro en compañía de un ciudadano común. El célebre escritor, al cual los vientos de la historia lo arrastraron a la política hasta ocupar la presidencia de su país, iba a ser sometido a una cirugía para extirparle un pulmón dañado por el cáncer: tal era el precio que pagaba el fumador empedernido. Sobrevivió, pero nunca recuperó satisfactoriamente su salud. Y no hubo explicación de por qué no aprovechaba el benigno clima invernal de Portugal (donde poseía una casa en las playas de Portimao) para pasar allí los crudos meses de frío de su país, que cada vez más se convertían en una pesadilla. La adicción al tabaco y las secuelas que sobre su salud le dejaron los años en prisión al fin pusieron fin a su vida el pasado 18 de diciembre. Con él desaparece toda una época de su país y del mundo. Su fallecimiento sucede en un momento de aguda crisis para la Unión Europea. Con él desaparece la idea de una Europa unida, a la que se sintió vinculado. Y termina una dramaturgia que llevó a la excelencia el tipo de teatro que inventaron Ionesco y Beckett. No fue gratuito en Václav Havel la elección de los maestros: sólo desde el absurdo y de la neohabla se podía reflejar un sistema de vida en el que lo que parecía no era y lo que era no parecía. Por sus orígenes y su talento literario estaba destinado al ejercicio de la disidencia política, pero nunca pasó por su mente que se dedicaría a la actividad política. Su disidencia adquirió un carácter relevante cuando promovió la Carta 77, inspirada en las declaraciones que los líderes europeos habían hecho en la reunión de Helsinki en 1975. Havel exigía que los gobernantes checos cumplieran al pie de la letra lo que esa carta decía sobre la defensa de los derechos humanos y las libertades políticas. El escritor recibió como respuesta a sus peticiones una condena a prisión de tres meses. Más tarde, en 1979, bajo el cargo de subversión, fue sentenciado a cuatro años y medio de cárcel. Así sus periodos de encierro algunas veces fueron breves, otras sumaron años. Y en esas circunstancias llegó el año de 1989, que marcó el fin del dominio de la Rusia soviética en los países de Euopa del Este. La gran autoridad moral que Václav Havel había adquirido en sus años de disidencia sin pausa, y su manejo de la lengua, que convertía sus discursos en verdaderas piezas literarias, le valió ocupar el lugar de mayor preeminencia en la lucha contra el sistema. Su capacidad negociadora y la mesura de sus actos hicieron posible que en Checoslovaquia se realizara una civilizada y suave transición del sistema comunista al capitalista, a un “sistema de libertades”, como él insistía en llamarlo. Fue el autor de lo que se conoce como la “Revolución de terciopelo”: se había logrado el cambio sin que se hubiera disparado un tiro, sin que nadie hubiera resultado malherido. Un milagro para la nación checoslovaca que cimentó el gran prestigio del que gozó ese hombre de corta estatura, rubio, de sonrisa fácil, que gustaba de las manifestaciones de la contracultura en Occidente, de allí su gusto por el jazz y el rock. Es ya legendaria en la historia de la antigua Checoslovaquia la reunión a la que Havel convocó en el teatro praguense, La Linterna Mágica, de la que surgió el Foro Cívico, y que marcó el comienzo de la organización de los partidos políticos y de la reanudación de la vida democrática del país. Recuérdese que en el periodo de entre guerras la tierra donde nació Kafka gozó de uno de los regímenes democráticos más avanzados. Fue lógico que al final de toda la actividad política desplegada para suprimir a los comunistas, haya sido elegido presidente de la nueva Checoslovaquia. Era un reconocimiento a su persistente labor como disidente. A su prestigio moral, pues mientras muchos habían callado, aceptado el exilio o un modus vivendi con el régimen, él había sido condenado a ser un paria social. Se prohibió la representación de sus obras de teatro y quedó cancelada la oportunidad de que sus libros se vendieran en las librerías. Intelectual, no político Como presidente, una de sus más profundas decepciones fue atestiguar la división del país en enero de 1993. Fue también una división dentro de las reglas de la “Revolución de terciopelo”: ni gestos violentos ni malos modos. Su vocación europeísta se plasmó en el ingreso de la nueva república a la OTAN, y cinco años más tarde firmó el tratado por el cual se incorporaba como miembro con plenos derechos a la Unión Europea. Y por su discurso humanista fue reconocido como uno de los líderes europeos dueño de un sólido pensamiento político. Era un intelectual y no un político. Aceptó, sería mejor decir promovió, que la presidencia del país tuviera una actuación muy acotada. Una presidencia representativa del Estado pero con poco campo para la acción política cotidiana. Havel era un referente moral para el pueblo checo, pero sin influencia política efectiva. Y por ello entró en colisión con la nueva clase política, a la que acusó con frecuencia por sus prácticas corruptas. Criticó el método mediante el cual se habían privatizado las empresas públicas y que fue el origen de grandes fortunas acumuladas por la nueva clase dedicada a los negocios. Pero todo quedaba en discursos, discursos de una bella retórica, que honran al escritor que era. Fue blanco del desdén y de bromas. Regañaba a sus compatriotas y les aconsejaba que se portaran bien. Sus detractores llegaron a decir que adolecía de ingenuidad. Perdió popularidad al haber apresurado la realización de sus segundas nupcias con la actriz Dagmar Veskrnova, en 1997, de la que se recordaba que en un filme había aparecido encarnando a una vampiresa en topless, y a la que se le señalaba como trepadora social y ambiciosa. Compareció ante el juez civil cuando apenas si había transcurrido un año del fallecimiento de Olga Splichalova, lo que resultó una desconcertante sorpresa para sus admiradores. A pesar de su prestigio, su figura presidencial sufrió algunas humillaciones. En 1998, los miembros del parlamento (en la República Checa la elección presidencial es asunto de este cuerpo colegiado) casi lo rechazaron para que ejerciera un segundo periodo presidencial: ganó la elección por la diferencia de un voto. La arrogancia era ahora su pecado, decían los representantes políticos. Muchos empezaron a reprocharle que había tomado gusto al poder. La política desgasta, y él, que por accidente ocupaba la presidencia, empezaba a resentir sus efectos. Para muchos entre los saldos negativos de su actuación presidencial se incluían su negativa a poner fuera de la ley al Partido Comunista y a procesar a los miembros de un sistema que había permitido la denuncia entre colegas o vecinos, quienes sin posibilidad de defensa fueron enviados a los campos de trabajo obligatorio. Origen burgués Havel nació el 5 de octubre de 1936. Fue el primogénito del matrimonio formado por Václav y Bozena Havel. Su padre había estudiado ingeniería civil. Se dedicó a los negocios inmobiliarios e hizo gran fortuna al adquirir importantes propiedades en el centro de la ciudad de Praga; construyó y fue dueño del edificio llamado Lucerna que agrupa tiendas, un gran café, un cine y una sala de espectáculos, y que sigue en pleno funcionamiento sin haber sufrido casi modificaciones. Havel gozó así una infancia dorada. Cuando los comunistas tomaron el poder después de la Segunda Guerra Mundial, los negocios de la familia fueron expropiados por el gobierno. Havel escribiría en sus años de juventud que su privilegiada situación le había permitido ser sensible ante las desigualdades. “Yo era muy diferente a mis compañeros de clase que no tenían en sus familias sirvientes, enfermeras o choferes –escribió–. Pero viví estas diferencias como una desventaja; me sentía excluido por mis condiscípulos.” También asentó que había comenzado a escribir para superar un sentimiento de extrañeza, de marginalidad. Debido a sus antecedentes burgueses, los comunistas le impidieron el ingreso a la universidad, y a la edad de 15 años comenzó a trabajar como técnico en un laboratorio de química. Al igual que todos los jóvenes, debió cumplir con el servicio militar, lo que sucedió en 1957; durante su estancia en el ejército escribió una obra de teatro satírica, era su forma de defenderse ante las situaciones absurdas en las que vivía. Y al igual que la mayoría de los jóvenes escritores, pensó que estaba destinado a escribir poesía, pero fue en 1960, en su trabajo como tramoyista en el Teatro de la Balaustrada, cuando confirmó que su vocación era el teatro. En 1963 escribió su primera obra en ser representada, La fiesta en el jardín, centrado en una persona que pierde su sentido de identidad a tal grado que va en busca de ella a su propio departamento. En 1956 Havel conoció a Olga Splichalova, una vital y deslumbrante actriz, con quien se casó en 1964. Una heroína de la clase trabajadora para muchos checos, inspiró la serie de ensayos, escritos como cartas desde la prisión, y que se publicaron con el título de Cartas a Olga. Entre los círculos de los disidentes corrió su fama de mujeriego. Sin embargo, Olga fue una tenaz defensora de su marido; sus amigos decían, con un dejo de humor, que al estar él en prisión ella tenía la seguridad de saber dónde se encontraba el dramaturgo. Olga fue discreta en su papel de consorte del presidente y rara vez participó en los actos oficiales; sin embargo, se valió de su nueva posición para hacer campañas a favor de los lisiados. Murió de cáncer en enero de 1996. El matrimonio no tuvo hijos. El ciclo del político concluyó en 2003, año en que terminó su segundo periodo presidencial. En su retiro se agudizaron los problemas de salud. Para las ocasiones formales abandonó el sobrio traje bien cortado, con frecuencia azul marino, y la corbata en tono bordeau, por el saco sport y la corbata de anodino burócrata… se sentía más cómodo así, y así aparecía vestido en las reuniones del Foro 2000, organización que fundó para defender la democracia y los derechos humanos; retomó su papel de escritor e insistía que era muy feliz con su vida retirada. En sus memorias, Al Castillo y de regreso, publicadas en 2007, calificó su ascenso a la política como un accidente de la historia. Y afirmó que la sociedad poscomunista lo había desilusionado. En 2008, Havel hizo su reaparición como dramaturgo con una comedia del absurdo intitulada Despedida, en la que describe a un antiguo líder político, mujeriego, que a regañadientes confronta los hechos de su vida al margen de la política. En 2010, a partir de esta obra de teatro, escribió un guión cinematográfico, y por primera y única vez ejerció el oficio de director de cine. Despedida, como película, fue mal recibida por el público y la crítica. Le molestó la actitud tolerante de la Unión Europea respecto de Cuba. No lo abandonó la preocupación por lo que él llamó “la vieja enfermedad de los europeos”: la tendencia a hacer compromisos con el mal, cerrar los ojos ante las dictaduras y practicar la política del apaciguamiento. En la hora del fallecimiento, de las condolencias y las exequias, el político casi ha borrado al escritor, a pesar de sus 22 obras de teatro, de sus ensayos y poemas. Su reputación como escritor no debe colocarse en segundo plano. Los primeros textos de Havel, publicados en gran parte en forma clandestina en ese tipo de libros que se conoció con el nombre ruso de samizdat, fueron recopilaciones de poemas que aparecieron en los años cincuenta y al principio de los sesenta. Durante esa época, Havel formó parte de la literatura de vanguardia checa, junto con escritores y artistas de las artes visuales como Jirí Kolar, quienes trataban de relacionarse con los movimientos internacionales con el fin de rebasar las fronteras; era la época en que el realismo socialista afirmaba que “no había más ruta que la nuestra”, sin dejar de cuestionar y criticar al mismo tiempo la naturaleza de sus búsquedas y actividades. El libro Antikody (1964) marca un hito en este periodo, porque contiene los poemas concretos de Havel, plenos de elementos visuales y literarios. Gran parte de estos poemas están animados por una intención lúdica, se apoyan en una estructura visual y de retruécanos lingüísticos, pero algunos de ellos salpicados de agudos comentarios sobre la situación política y social de la Checoslovaquia de aquella época. Dos esos poemas fueron traducidos al inglés y están incluidos en la antología que lleva el título Desde una terraza en Praga: antología de la poesía praguense. En el inicio de la década de los sesenta, Havel también logró reconocimiento como uno de los más importantes dramaturgos checos. Entre sus obras se cuentan La fiesta en el jardín (1963), La ópera del mendigo (1975), Largo desolato (1984) y Despedida (2007); la mayoría se ocupan de describir el horror y el absurdo de un régimen totalitario a través del lente de la comedia negra y la pirotecnia verbal. Aunque muchas de estas obras fueron prohibidas en Checoslovaquia o representadas en funciones de carácter privado, se difundieron ampliamente en Occidente, lo que atrajo la atención del público no sólo sobre la figura de Havel, sino también del régimen comunista que reprimía la libertad artística. Si sólo se hubiera dedicado a escribir poemas y obras de teatro, su lugar estaba ya asegurado como uno de los más destacados autores de la lengua checa, con reputación internacional. Pero su actividad política le dio tema para la reflexión filosófica, convirtiéndose así en uno de los más lúcidos ensayistas, dueño de un sólido pensamiento filosófico. Fue un intelectual con presencia pública y un crítico social casi sin par en su país natal.

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