Cuernavaca: el tour del horror

sábado, 9 de abril de 2011
Un recorrido por la ciudad a la que el narco le arrebató su antigua vocación turística y residencial la revela como centro de venta de drogas y reclutamiento de jóvenes, como matadero y zona de extorsión. A punto de desbarrancarse, impotente, en el abismo del crimen, el gobierno morelense insiste en que el problema de inseguridad y violencia en el estado es solamente “de percepción”. Por eso cobra aún mayor relevancia la protesta ciudadana contra la violencia que surgió de Cuernavaca y está moviendo a México.    CUERNAVACA, MOR.- Por las noches, la ciudad se divide en territorios: al poniente está lo que queda de la banda de Édgar Valdez Villarreal, La Barbie, y al aoriente el Cártel del Pacífico Sur (CPS); cada uno defiende su zona y en las calles serpenteantes de las colonias más peligrosas los jóvenes halcones vigilan quién entra y quién sale, mientras que las luces de neón alumbran a medias las camionetas de lujo con hombres armados que se detienen en los antros, narcotienditas y bares. Es un Cuernavaca distinta de aquel paraíso campestre cuyos horrores sólo veía Malcom Lowry en su novela Bajo el volcán, ni el refugio de intelectuales y familias que buscan tranquilidad. Ahora es la ciudad del crack, la cocaína, el alcohol, la mariguana, la prostitución y las ejecuciones. La antigua “ciudad de la eterna primavera” se transformó en la tercera consumidora de drogas y la quinta más violenta del país. Vamos a recorrer los rincones más peligrosos de la ciudad durante varias horas, hasta la medianoche y no más, porque en la madrugada ya nadie ajeno se atreve a circular por las calles de las colonias Barona, Carolina, Flores Magón y Jiutepec. Los guías muestran casas con infinidad de impactos de bala, quemadas y abandonadas; esquinas y lotes baldíos donde suelen dejarse cadáveres; paredes de negocios y casas en los que el Cártel del Pacífico Sur pinta sus iniciales a modo de marca territorial; los negocios clandestinos donde toda la noche se vende droga y alcohol, cervezas al por mayor, e incluso se ofrecen prostitutas menores de edad. “Aquí en Jiutepec –dice uno de los acompañantes– no entran los taxis después de las nueve de la noche. Los jóvenes andan con una mochilita cruzada y adentro tienen las armas. Les pagan 3 mil pesos por ser sicarios. De aquí era El Ponchis, el niño de 14 años que mató un chingo de gente para el cártel del Golfo. Dicen que como hablaba como cholo, entre inglés y español, esto le ayudó para entenderse con un extranjero que le enseñó a matar y torturar. (Los narcos) los contratan chavitos porque saben que si (los policías) los agarran no los tendrán mucho tiempo en la cárcel.” Minutos después de que dice esto, en la colonia Barona, tres jóvenes con una bolsa cruzada en el pecho pasan a bordo de una motoneta. Señal de que hay que moverse rápido y salir de la zona, dejar atrás esta colonia así llamada en honor del zapatista Antonio Barona, que a los 14 años ya era reconocido por su crueldad para matar en la turbulencia revolucionaria. La Barona tiene decenas de calles estrechas que pueden ser una ratonera o el mejor refugio para cualquiera que trabaje en el crimen organizado. De día la recorren miles de transeúntes, pero de noche sólo sus habitantes se animan a caminar por este territorio narco. Las historias de muertes son cotidianas en esta colonia. La más reciente ocurrió el primer día del mes en el tianguis de los viernes, donde cientos de familias llegan a comprar víveres. Esa mañana llegó una camioneta con hombres armados, éstos se abrieron paso entre la clientela, los comerciantes y sus puestos, sacaron sus armas y ejecutaron a dos hombres. Según los testigos, aquellos ejecutores eran jovencitos, que se fueron como llegaron, sin que nadie los molestara. Cuernavaca tiene una población mayoritaria de jóvenes, cerca de medio millón, según el último censo. Los padres de muchos de ellos vinieron de varios estados en busca de un mejor futuro. Pero ante la escasez de empleo, se alquilan por mil pesos para ser vigilante o de 3 mil a 15 mil pesos al mes para matar por encargo. Ellos conforman el ejército de reserva del crimen organizado, que encuentra en ellos a los mejores hombres para cobrar la “renta” en los negocios, vigilar las calles, enfrentar a sus rivales o avisar de los movimientos del Ejército, la policía y de extraños que andan por el barrio. Para “ilustrar” lo que ha sucedido en estos lugares, los guías muestran fotografías de los últimos cuerpos descubiertos: a unos les quitaron la piel de la cara y la muestran rellena de papel junto al cráneo descarnado, con los ojos salientes; a otros les desollaron parcialmente el torso, otros más aparecieron decapitados, mutilados de las manos con la cabeza envuelta en cinta adhesiva. Son parte de los más de 300 ejecutados que sus victimarios esparcieron en un año por toda la ciudad. Si se marcara con rojo cada escenario de un asesinato en un mapa, la ciudad quedaría teñida casi totalmente. El joven fotógrafo Margarito Pérez, que colabora para varios medios impresos del estado y de circulación nacional, señala las luces de Jiutepec, donde hace un año y medio su hermano Juan Carlos Retama Villamil, de 38 años, fue hallado muerto en un puente peatonal de Tlahuapan: le dieron cuatro tiros con un arma de alto poder. “Ahí le encontraron –apunta con el dedo– y hasta el momento no sabemos quiénes fueron los culpables. No tengo por qué ocultarlo: mi hermano había estado en la cárcel dos años y medio por asalto a domicilio, pero ya se había reformado. Sólo duró dos meses fuera y lo mataron. Mi madre dice que por lo menos no lo decapitaron, mutilaron o le quitaron la piel de la cara. ¡Imagínate, hasta dónde hemos llegado, que siente misericordia porque ‘sólo’ lo mataron!”, exclama mientras se humedece su mirada. El día lluvioso que mataron a su hermano, el 23 de julio, también apareció en ese puente peatonal una manta mediante la cual el CPS le advirtió a La Barbie que ya conocía sus intenciones de “tocar” a un reportero, pero que ellos no lo permitirían y para eso atacarían antes, dejando rodar sus cabezas. Como precaución, Margarito Pérez y otros periodistas que cubren informativamente la violencia en la entidad decidieron no acudir a ningún evento relacionado con el narcotráfico. Pero mataron a su hermano mayor. “Cuando me avisaron –relata– fui a reconocer su cuerpo, lo habían baleado. Pregunté en la Secretaría de Seguridad Pública y me dijeron: ‘Tu hermano ya había estado dos veces en la cárcel’, como si por eso mereciera morir así. “Están criminalizando a la gente, sobre todo a los jóvenes. Si van vestidos con shorts y playeras, llevan el cabello corto y tenis, ya los ven como delincuentes. No se sabe quiénes fueron los asesinos de mi hermano y creo que nunca lo sabré”, señala el fotógrafo.   Las barrancas   Una cicatriz cruza casi a la mitad el rostro de Cuernavaca. Son unas barrancas con cuevas que llevan el nombre de Amanalco. Ahí se construyeron viviendas y calles que constituyen un laberinto poco accesible. Esta zona está bajo el control de pandillas de jóvenes alquilados por algún grupo del crimen organizado. Las raras ocasiones que entran la policía y el Ejército lo hacen con ganas de no quedarse hasta la noche, porque se convierte en un embudo oscuro. Desde 1985, tras el terremoto que devastó a la Ciudad de México, Cuernavaca recibió a miles de familias que buscaban un lugar seguro para vivir. Con las siguientes crisis económicas recalaron en la capital de Morelos más migrantes, tanto del estado como de los aledaños. En aquel tiempo la ciudad bullía por la creación de la zona industrial CIVAC, que recibía con los brazos abiertos la nueva mano de obra. “Desde esos años comenzó a romperse el tejido social”, sostiene José Martínez, representante de la Comisión Independiente de Derechos Humanos de Morelos. Explica que los campesinos fueron forzados a vender sus tierras y la vida comunitaria comenzó a perderse por el proceso de urbanización. Pero la otra causa fue el impacto económico, ya que después de un tiempo de prosperidad, las nuevas crisis en el país ocasionaron el cierre de empresas con el despido de miles de trabajadores, que pasaron a la economía informal. Según datos de la Secretaría de Desarrollo Social (Sedesol), en Morelos existen 450 comunidades con un alto índice de pobreza. En estas familias los hijos ya no tuvieron la esperanza de vivir mejor que sus padres, porque les tocó la crisis y el desempleo. Su tiempo es el de los cárteles y los capos, que los reclutan como mano de obra barata para sus actos delictivos. “Muchos de ellos mueren en los enfrentamientos o en las venganzas de los cárteles. Hubo un tiempo que en el Semefo había como 22 cuerpos abandonados. Sus familiares ya ni siquiera los reclamaban”, comenta uno de los guías. De noche pueden verse desde el Puente de la Libertad miles de luces que alumbran los callejones de la barranca de Amanalco. Casi en todas las esquinas hay jóvenes que vigilan, pasean en motonetas y caminan con desparpajo; entre su ropa deportiva holgada se notan los bultos de las armas, que nunca dejan porque son sus instrumentos de poder y de trabajo. Aquí la violencia está enraizada en la vida de todos los días. En algunas colonias se roban 15 autos por día, e igual de comunes son los asaltos a comercios, casas y personas. Los grupos criminales incluso cobran miles de pesos semanales a los pequeños negocios por una “renta” o “derecho de piso”, es decir, por no acribillarlos y quemarlos. Juan Carlos Salgado Ponce, exdirigente de la Coparmex en el estado, no descarta que sus agremiados sean objeto de extorsión, pero asegura que no lo han denunciado. La madrugada del 14 de abril de 2010, un comando incendió un minisúper en la avenida Lomas de Cortés, colonia Bosques de Cuernavaca, y dejó un presunto mensaje del CPS dirigido a La Barbie, quien por entonces se disputaba la plaza morelense con los Beltrán Leyva: “Esto le va a pasar y así van a terminar todos los negocios de aquellos que apoyen al homosexual Édgar Valdez Villarreal La Barbie y aquellos que mataron una familia y una mujer embarazada, ustedes marcaron la pauta al meterse con la familia (…). Atte. CPS apoyo a La Resistencia”. Para entonces se había registrado el incendio de cinco negocios y viviendas como parte de la guerra entre los cárteles del narco. Posteriormente, el 21 de mayo, la exclusiva discoteca Clásico –propiedad de David Ortiz Mena, nieto del exsecretario de Hacienda Antonio Ortiz Mena– fue completamente consumida por el fuego. Oficialmente se atribuyó el siniestro a un cortocircuito, pero en las calles corrió la versión de que se había negado a pagar protección. Un año después, algunos de esos negocios y casas permanecen en ruinas; nadie repara o limpia sus paredes. En algunas de éstas aún se ven los orificios de los proyectiles, que forman parte del paisaje urbano.   El Portón Rojo   En Lomas de Cortés, camino a Ocotepec, hay un negocio que todos conocen como El Portón Rojo. Es una casa minúscula, ubicada en una calle estrecha, a la que toda la noche llegan jóvenes en autos lujosos, camionetas y motonetas para comprar cervezas y drogas, o bien para comprar servicios de prostitutas. Es una de las 400 narcotienditas de la ciudad, que operan sin molestia alguna. En contraste, Salgado Ponce señala que en la zona metropolitana de Cuernavaca el índice delictivo creció 63% respecto del año pasado, y que con el toque de queda “decretado” por el Cártel del Pacífico Sur en abril de 2010 la gente sale poco, afectando a los comercios, restaurantes, hoteles y centros de diversión. Ante esta situación, dice el exdirigente de la Coparmex en la entidad, los empresarios acordaron aplicar protocolos de protección y propusieron al gobernador panista Marco Antonio Adame la creación de “puntos base” y “rutas seguras” protegidas por policías y militares. No obstante, se toparon con la indiferencia de las autoridades. El 16 de diciembre de 2009, en un operativo de la Marina –del que no se notificó al gobernador para evitar fugas de información–, fue acribillado Arturo Beltrán Leyva, El Barbas. A partir de entonces comenzó la guerra entre las bandas del narco en la entidad, se dio a conocer el Cártel del Pacifico Sur, y La Familia Michoacana anunció su llegada el 9 de mayo del 2010 en la colonia Otilio Montaño, mediante un mensaje hallado en el cuerpo de un hombre envuelto en tela: “Desde hoy en adelante los que rifamos aquí somos La Familia Michoacana (…) Todos los que son contras los vamos a matar como perros (…) empezó su dolor (…) este es el principio, falta el final. Atentamente La Fam.” Entonces comenzó la guerra con su reguero de cadáveres, sobre todo en Cuernavaca, donde ni un solo barrio o fraccionamiento residencial se ha librado de asaltos a mano armada, atracos o ejecuciones. En la calle Paraíso Montessori, colonia Ahuatepec, en el oriente de la ciudad, dejaron primero tres ejecutados y días después otros tantos, calcinados. Salgado Ponce dice que la desmedida violencia ya provocó que cerca de 300 empresarios de la entidad emigraran a California y Texas, Estados Unidos, y al Distrito Federal, mientras que decenas de familias provenientes de otras entidades han regresado a éstas. Ninguno de esos datos hace dudar al secretario general de Gobierno de Morelos, Óscar Sergio Hernández Benítez, quien repite el argumento del presidente Felipe Calderón sobre México: se trata de un problema de percepción, porque el gobierno está haciendo su trabajo. “Hay un estado fuerte y un gobierno coordinado”, asegura en una entrevista realizada en sus oficinas el miércoles 6, horas antes de que iniciara la marcha más numerosa en la historia del estado para exigir “no más sangre” y el cese de la violencia generalizada, que durante los últimos tres meses arrojó, en promedio, una persona asesinada por día en Morelos. l