El arcoiris despunta en La Habana

viernes, 20 de mayo de 2011

Tras varias décadas de represión, agresiones y trabajos forzados, la comunidad gay cubana empieza poco a poco a respirar tranquila. Un explícito mea culpa de Fidel Castro y la lucha de su sobrina Mariela Castro han permitido que la discusión en torno a la diversidad sexual se acepte en la isla. Pero aún falta mucho por hacer en bien de este sector de la sociedad, apuntan integrantes del mismo e intelectuales cubanos: hay que vencer la inercia del “machismo-leninismo”.

 

LA HABANA, 20 de mayo (Proceso).- Algunas cosas empiezan a cambiar en Cuba. La noche de un sábado cualquiera el barrio del Vedado, en esta ciudad, vive una transformación. Parejas masculinas toman las calles y la Avenida 23 se llena de hombres jóvenes de cejas depiladas, playeras ajustadas, músculos en exhibición...

Caminan tomados de la mano bajo la mirada discreta de tres policías que patrullan desde un Lada, reliquia soviética. “Hace 30 años nos golpeaban en la calle. Hace 20 nos insultaban. Ahora nos toleran”, comenta Miguel, un habanero de 28 años.

“Las cosas van cambiando”, aseguró a los medios Mariela Castro, sexóloga, hija del presidente Raúl Castro y mujer comprometida con la lucha por el respeto de la diversidad sexual en Cuba por conducto del Centro Nacional de Educación Sexual (Cenesex), que encabeza.

A instancias de Mariela Castro, por cuarto año consecutivo Cuba celebra las Jornadas Contra la Homofobia. Foros, encuentros, debates y talleres se realizan para combatir los arraigados prejuicios contra la homosexualidad.

La mentalidad machista hace que en la isla persistan la violencia y la represión policiaca contra los gays. Un conocido bloguero homosexual cubano, Francisco Rodríguez, lo vivió el pasado noviembre. Estaba en una de las calles más transitadas por la comunidad gay cuando un uniformado lo detuvo y le impuso una multa de 500 pesos cubanos (equivalente a un salario mensual promedio en la isla).

“Comenté con varios de los ahí presentes que no entendía cuál era la contravención cometida, a lo cual el oficial al mando me respondió iracundo que ‘¡allí sólo se meten los maricones!’. Le pregunté en voz baja que si ser homosexual era un delito y me espetó que a él no le importaba eso, que nos fuéramos para otra parte porque estar ahí estaba ‘prohibido’”, narra el bloguero en entrevista vía correo electrónico con este semanario. 

El sainete terminó en una sanción administrativa por abuso de autoridad y los 500 pesos de multa le fueron reembolsados a Francisco.

Cuba todavía tiene dificultades para deshacerse de los resabios del “machismo-leninismo”, como lo llama irónicamente la cineasta y escritora Wendy Guerra.

 

Fiestas alegres

 

Desde hace algunos meses en algunos bares de La Habana tienen lugar reuniones o fiestas gay. 

No muy lejos de la Plaza de la Revolución, donde se yergue el Memorial a José Martí, esa austera torre gris frente al retrato de Ernesto Guevara, el Café Cantante organiza todos los sábados la noche El Divino. La fiesta es abiertamente gay. 

Igual en el cabaret Las Vegas, donde los imitadores travestis tienen cabida y derecho a expresarse. 

Entrevistada por la agencia española EFE, una especialista del Cenesex, Ada Alfonso, declaró que en Cuba “no hay lugares gays, pero las personas se han ido apoderando de espacios que ya existían ante la necesidad de compartir desde otro sitio”.

 

“Deuda histórica” 

 

Cientos de gays y lesbianas vienen a nadar a las aguas azul turquesa de la playa Mi Cayito, a 20 minutos de esta capital y oficialmente abierta a la diversidad sexual. Un sábado cualquiera la policía, siempre presente, revisa los documentos de identidad de dos menores de edad. Tres gays franceses se alegran de que en La Habana la homosexualidad se viva libremente.

Aunque aquí “con la salud no se juega (…) Ayer por la noche me corrieron de una discoteca después de que un joven me hiciera sexo oral”, comenta sorprendido uno de los turistas. 

En gran medida los avances para la tolerancia hacia la diversidad sexual no hubieran sido posibles sin la participación de Mariela Castro. Su cruzada hizo de ella una suerte de madrina de los gays de Cuba. A la cabeza del Cenesex, desde 2004 asumió la defensa de los travestis y transexuales perseguidos por la policía habanera. 

En 2008 impulsó la reanudación de las operaciones quirúrgicas para el cambio de sexo, practicadas desde 1979. En el país de la cobertura médica universal esta medida permitió a 12 personas cambiar de sexo sin gastar un peso.

El pasado abril Mariela Castro emprendió una lucha para acabar con la discriminación dentro del Partido Comunista de Cuba (PCC), que acaba de celebrar su sexto congreso.

Y desde 2008 ella ondea cada año la bandera del arcoiris –emblema gay– al encabezar las Jornadas Contra la Homofobia. El domingo 1, la hija de Raúl Castro se unió al grupo que marchó en defensa de la diversidad sexual dentro de la fiesta oficial del Día del Trabajo.

Desde el mismo año pugna porque se legalicen las uniones civiles entre homosexuales. Esa iniciativa de ley se quedó estancada en los escritorios de los responsables del partido, pero “el apoyo que estamos teniendo en el PCC, su orientación de que hay que atender esta problemática, nos da una pista de que algo se va a mover muy rápidamente”, confía Mariela Castro en declaraciones a la prensa al comenzar el mes contra la homofobia en Cuba.

Para el bloguero Francisco Rodríguez, quien lucha por los derechos de los gays, lesbianas, bisexuales y transexuales en Cuba, las acciones del Cenesex compensan “una deuda histórica del proceso revolucionario” acerca de la diversidad sexual, pues la homosexualidad ha sido desatendida dentro de la lucha por los derechos civiles en Cuba. 

Durante años los homosexuales en Cuba eran eviados al trabajo forzado en las Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP). En septiembre de 2010, Fidel Castro avivó esos recuerdos al emitir un inesperado mea culpa. En una entrevista con el periódico La Jornada calificó la persecución de homosexuales en los sesenta y setenta como “una gran injusticia” y reconoció su responsabilidad por haber dejado de lado la lucha por la tolerancia sexual. 

 

El “exilio gay”

 

Los intelectuales cubanos tienen fresca en la memoria la época en que la homosexualidad era considerada una “desviación burguesa”. “En los sesenta y setenta dominaba el fenómeno de ‘parametración’ (la catalogación de los individuos en parámetros)”, asegura la escritora Wendy Guerra. 

En su departamento en La Habana, Guerra cuenta a Proceso cómo a quienes “no estaban en la norma se les prohibían las becas y los altos puestos administrativos”. Sostiene que “mujeres de la generación de mi madre fueron expulsadas de la escuela porque eran lesbianas”. 

Esta cacería de homosexuales costó a Cuba perder grandes apoyos en los círculos intelectuales europeos. 

A partir de los ochenta, la situación se relajó. La homosexualidad se despenalizó y desaparecieron las UMAP; no obstante, el machismo todavía es fuerte. “¡Si un chico llegaba a clase con el cabello largo, la profesora tomaba las tijeras y se lo cortaba!”, recuerda Diego, un cubano de 30 años. “Actualmente la diferencia tiene problemas de ser aceptada”, comenta a Proceso este habanero, que trabaja en una institución cultural. 

Se acuerda del acontecimiento que cambió el lugar de la homosexualidad en Cuba: el estreno de la película Fresa y chocolate (1993), que puso al país frente al espejo de sus prejuicios.

La cinta narra la historia de Diego, un excéntrico artista habanero que conoce a David, un joven estudiante devoto del PCC. Los dos aprenden a vencer sus prejuicios para fomentar una amistad. Pero Diego no puede quedarse en Cuba. 

“Todo el mundo lloró cuando vio la película; nos dimos cuenta de aquello que habíamos perdido: cada uno tenía un amigo o un familiar que había dejado la isla en razón de su homosexualidad. ¡Había un exilio gay!”, recuerda Wendy Guerra.

Durante los noventa la Revolución al fin dejó a los homosexuales en paz. Pero otras calamidades tomaron la estafeta... como el VIH-sida. 

Como todo el mundo, Cuba fue golpeada por la nueva plaga. A finales de los ochenta y principios de los noventa la polémica estalló al mismo tiempo que la epidemia: los enfermos de sida y los portadores del VIH fueron recluidos en los “sidatorios”. El acceso a los cuidados era excelente, pero toda salida no autorizada era castigada con cárcel con el pretexto de evitar la “propagación epidémica”. 

Ya no hay sidatorios y el acceso a los cuidados médicos para los seropositivos se toma en serio, al menos en La Habana. 

El bloguero Francisco Rodríguez, portador del virus de inmunodeficiencia humana, explica a Proceso: “Hay muy buena atención médica, aunque en general no escapamos al problema de la falta de materiales de salud”. 

Una acertada política de salud pública permitió controlar la epidemia. Según cifras oficiales la tasa de preponderancia es de 0.1%, una de las más bajas del mundo. Pero aún hay trabajo por hacer: en Cuba cerca de 60% de los seropositivos son homosexuales masculinos.

Después vino la crisis económica. Con la desaparición de la Unión Soviética en 1991 se acabaron los subsidios a la isla, que entró en “periodo especial”, eufemismo para designar la situación de penuria en la que viven los cubanos. La prostitución se volvió visible en el malecón de La Habana. “Jineteras” y “pingueros” –como se llama aquí a quienes ejercen la prostitución– empezaron a alquilar sus cuerpos a cambio de baratijas.

En la playa gay al este de La Habana un turista europeo se enfada. “Sin cesar, cubanos se acercan a nosotros para proponernos sus servicios (sexuales)”, lamenta este hombre de 40 años. “Cuando se me acercan, les digo que no voy a pagarles. Eso los hace huir inmediatamente”, sonríe. 

 

La isla de las paradojas 

 

Médicos altamente capacitados pero sin materiales. Una legislación liberal pero policías intolerantes. Fidel Castro que se arrepiente de haber mandado a los homosexuales a los campos de trabajo. La isla está llena de paradojas.

La lucha por el reconocimiento de la diversidad sexual es sólo una más. Aunque la hija del presidente lucha por esa causa, toda expresión fuera de los canales oficiales está estrictamente prohibida. 

Ignacio Estrada Cepero lo vivió. Él, que lucha por los derechos de los gays y los seropositivos desde la Comisión Cubana de los Derechos Humanos, estima que las acciones de Mariela Castro son una maniobra distractora. “Fuera del Día contra la Homofobia, que se celebra cada año, no hay más acciones”, dice. 

Estrada da cifras alarmantes: “Hasta el momento todavía hay 600 gays en prisión por su ‘peligrosidad social’”, y comenta a Proceso que el 28 de junio de 2010 él mismo fue víctima de la represión policiaca. Sin embargo, no pierde la esperanza.

Las pocas voces que intentan hacer avanzar los derechos civiles y la tolerancia son acusadas de estar financiadas por el extranjero. Aquí todas las cuestiones políticas se dividen entre pro y anticastristas. La diversidad sexual no escapa a este ambiente de guerra fría.

Para Francisco Rodríguez –gay y comunista– las pocas organizaciones homosexuales en Cuba no tienen ninguna legitimidad; son “artificiales, minúsculas y sin bases sociales”, afirma. Él prefiere luchar con el apoyo oficial de la Cenesex. 

–¿Lamenta usted la inexistencia de un número significativo de lugares gay en Cuba? –se le pregunta.

–Sobre el tema hay una discusión que no es exclusiva de Cuba, sobre si son válidos o no los guetos gay que afiancen la diferencia.

Precisa: “Todo eso mediado además por los intereses del mercado, que de ese modo crea una subcultura gay a efecto de estimular el consumo y beneficiar en última instancia al modelo capitalista”. 

Wendy Guerra estima que actualmente las últimas barreras contra la diversidad sexual ya no son políticas. Para ella “no es culpa de Fidel. Es generacional. En general, a las personas que tienen 80 años no les gustan los gays”.

En otros tiempos era imposible ver a dos hombres bailando en Cuba. Sin embargo, esta noche en el habanero Café Cantante hombres bailan con hombres...

 

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