Cuando los desaparecidos dejaron de ser invisibles...

sábado, 2 de julio de 2011
No ha quedado atrás la euforia que marcó el inicio del Movimiento Nacional por la Paz con Justicia y Dignidad, pero sus integrantes ya pueden mirar críticamente lo que han logrado, advertir lo que aún les falta y evaluar a sus líderes. El diálogo con el presidente Felipe Calderón suscitó críticas de analistas, pero también les dio expectativas a personas que habían sido ignoradas y humilladas por sistema en todas las instancias de gobierno. “Estamos escépticos de que haya un cambio –dice el chihuahuense Gabino Gómez–, y más viendo a un Calderón terco, empecinado, aguantándose el coraje, y aunque lo capitalice políticamente, ¿qué perdemos con intentar?” TORREÓN, COAH.- Rodeada de un grupo de madres con el corazón igual de machucado que el suyo, la señora Yolanda Morán detalla teatralmente cómo se coló al diálogo entre víctimas de la violencia y Felipe Calderón. Sus interlocutoras se mueven nerviosas en su silla, cuando escuchan su clamor de madre se enjugan las lágrimas y al final aplauden las agallas de su paisana, a la que llaman “tacleadora”. Una de ellas grita emocionada: “¡Cuando vi la televisión y vi a mi compañera ahí sentada dije: ‘tenemos un problema resuelto!’”. En la reunión festejan lo que aparenta ser un logro y les renueva la maltrecha esperanza de encontrar con vida al familiar que les desaparecieron: haber sido escuchadas por el presidente. Antes de que su compañera Yolanda llegara al Castillo de Chapultepec todas recorrieron un largo viacrucis: insistieron ante funcionarios sordos para que ubicaran el paradero de sus familiares perdidos, tapizaron las calles con carteles de “ayúdanos a localizarlo”, hicieron antesala en oficinas de políticos, se convirtieron en detectives de sus propios casos, solicitaron ayuda al gobernador, atajaron al presidente en sus giras, fundaron una organización de búsqueda, se plantaron semanalmente con fotos de los suyos afuera de la sede de gobierno local, viajaron a México, marcharon ante Palacio Nacional, tocaron –incluso– las puertas de la ONU, pero ninguna consiguió recuperar a su hijo.

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