Una jornada en el Casino Palmas

sábado, 10 de septiembre de 2011
“Como el Casino Palmas, ninguno”, dicen sus clientes. Personas de todas las edades acuden a jugar las 24 horas que permanece abierto este sitio. Adentro del local, ubicado en la zona clasemediera de Naucalpan –uno más de la cadena de casinos de la que es permisionario Rojas Cardona– no se sabe si es de día o de noche. Atrapados por la codicia los jugadores no se separan de las máquinas tragamonedas, las mesas de póker o las ruletas sino hasta que quedan desplumados “¡Voy a ganar! ¡Ahora sí llegó mi desquite!”, exclama Joel Solares mientras se quita el saco y se afloja el nudo de la corbata antes de sentarse ante una máquina tragamonedas del Casino Palmas. Empleado de una empresa que trabaja para la alcaldía de Naucalpan, el animoso jugador agrega: “La semana pasada perdí 5 mil pesos. Hoy vengo a reponerme. Me escabullí de la oficina sólo para venir a jugar. Unas dos horas fuera del trabajo no son nada. En ese tiempo calculo recuperar lo que perdí”. –¿Y si vuelve a perder? –¡No! ¡Vengo a ganar! Siempre hay que llegar con la mentalidad del triunfador. Eso trae buena suerte. Si no, uno mismo se echa la sal. –¿Viene seguido al casino? –De vez en cuando, sobre todo en los días de quincena. El juego te relaja y te desconecta de tus problemas… Y si sabes jugar, ganas buen dinero. Los cientos y cientos de jugadores que –como Solares– llegan diariamente al Casino Palmas dejan sus vehículos en el enorme estacionamiento del centro de apuestas, con capacidad para mil 400 automóviles. Son apenas las 11 de la mañana y los valet parking ya están ajetreados recogiendo llaves de vehículos y entregando los tickets de estacionamiento. Es el Casino Palmas una hermética y enorme construcción cúbica –con la misma forma y dimensión de una Mega Comercial Mexicana– sin ventanas. Se asienta en el cruce de Periférico Norte y avenida Jardines de San Mateo, en Naucalpan, Estado de México, a tiro cercano de los fraccionamientos de clase media acomodada  de Satélite y sus alrededores. (Extracto del reportaje que se publica esta semana en el número 1819 de la revista Proceso, ya en circulación)

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