La lucha contra el olvido

lunes, 12 de septiembre de 2011
La Zona Cero es reconstruida para preservar en la memoria la tragedia del 11 de septiembre de 2001 y sus muertos. Su torre principal –que lleva 80 pisos de construcción–, los edificios que la rodean, el museo y el memorial lanzan insistentes un mensaje a los estadunidenses: “No olvides”. En medio de los homenajes que exaltan el nacionalismo, voces discordantes advierten: “En retrospectiva, el evento más trascendental en los últimos 10 años no han sido el 11 de septiembre o la guerra de Irak; sino el saqueo de la economía estadunidense por Washington y Wall Street”. NUEVA YORK (Proceso).- Entre los restos: tenedores y cucharas de plata chamuscadas y expuestas en espiral. Un archivador aplastado y lleno de óxido. Piezas de una escultura de Rodin. Boletos del vuelo 93 de American Airlines. Una muñeca de trapo sin ojos. Algo que parece un meteorito. El motor de un elevador. Pistolas hechas jirones. La ventana de un avión… Se trata de objetos recolectados por el Museo Tributo al WTC después del derrumbe de las Torres Gemelas en esta ciudad. En una de las salas del museo, una mujer aspira una bocanada de aire. Pasa la mano derecha por su cabello. Se lleva un pañuelo a la nariz. La mujer escucha una grabación de testimonios, cuyas voces parecen repiquetear en su cerebro. Afuera llueve. Sus ojos azules enfocan la llovizna que cae sobre las cuatro grúas que trabajan en la Zona Cero. El metal cambia de color. El gris claro adquiere un matiz profundo. En días de lluvia los edificios de la ciudad parecen de alguna manera más limpios, lavados y opalescentes como un cuadro de Monet. “El cielo azul de la mañana se convirtió en una nube de polvo... Las fotos de los desaparecidos cubrieron la ciudad… La esperanza se transformó en desesperación”, dice una grabación de voces anónimas en el museo, situado frente a la Zona Cero. La mujer aguza la vista. Ante ella, un centenar de fotos de muertos o desaparecidos. Aprieta los ojos. Se levanta, se desliza por la sala. Se derrumba frente a una réplica de la estatua de la Libertad hecha de banderas y bendiciones. El museo está atestado de personas que se conmueven con los testimonios. “La calle Church era un caos total. Pasé por encima de grandes piezas de metal. Era una hilera de ventanas de avión”, cuenta Neil Getter, un oficinista. Su testimonio es uno de los muchos que describen el olor a carne quemada flotando sobre Manhattan, o los desalojos masivos de los departamentos que se llenaban de ceniza. Junto a un par de vitrinas de cinco metros con fotografías de los muertos y desaparecidos se proyecta un video de cuatro horas y media con los nombres de las víctimas en orden alfabético. Hay cajas de pañuelos en las bancas para no derramar lágrimas sobre el parquet. El proyecto, financiado por la Asociación de Familias del 11 de Septiembre, sigue la narrativa del expresidente George W. Bush: “Estos actos destrozaron el acero, pero no podrán doblar el acero del ímpetu estadunidense”. Son frases adheridas a la pared e intercaladas entre las vitrinas con objetos. En uno de los auriculares se escucha una mezcla de opiniones recogidas después de que los aviones se estrellaron: “Son unos locos suicidas, fanáticos de una causa pervertida… son psicópatas parecidos a los asesinos seriales que deben ser recluidos en una prisión”. En ese museo no hay, por ejemplo, testimonios de paquistaníes. A contracorriente, la Red Consultiva de Musulmanes –un despacho ubicado en la avenida Coney Island de Brooklyn, donde antes de los atentados vivía la mayor parte de la población paquistaní en Nueva York– guarda recuerdos de la persecución a esas personas por parte del FBI. En un papel pegado en un pizarrón de corcho se lee con letra infantil: “Una señora me llamó terrorista y me dijo que me mataría”. También se conservan tarjetas de visita de agentes del FBI que se quedaron pegadas en las puertas del barrio. Se quedaron ahí, porque después de los atentados muchos paquistaníes huyeron de sus casas. El proyecto En el Museo Tributo al WTC miles de cisnes de origami cuelgan del techo en un pasillo que conduce a las maquetas del nuevo proyecto que se construye actualmente en la Zona Cero: un terreno de 6.5 hectáreas donde se edifican un memorial y un museo; cuatro torres de oficinas y un centro de transporte. En las maquetas del proyecto se ve una serie de edificios de plástico blanco colocados en espiral. Los techos están inclinados y orientados hacia la Torre de la Libertad. Serán construidos así para que la luz del sol se refleje hacia el pico de la torre principal. La altura de ésta, el One World Trade Center, será de mil 776 pies (533 metros). El tamaño guarda relación con la fecha de la independencia de Estados Unidos. De ahí que le llamen la Torre de la Libertad. Hasta el pasado 7 de agosto, según el gobierno de Nueva York, la construcción iba en el piso 78, pero para el décimo aniversario superará el nivel 80. Los únicos que pueden pasar el enrejado que cerca la obra son los trabajadores debidamente identificados. En el cielo las grúas pellizcan las nubes y transportan de un lado a otro de la plaza cargas de madera y acero. Entre las propuestas finalistas para levantar un nuevo edificio estaba una que presentó el consorcio de arquitectos llamado Think, encabezado por Rafael Viñoly, uruguayo especializado en rascacielos. Viñoly sugirió replicar el perfil de las Torres Gemelas con un par de esqueletos de acero. Una evocación de lo que ya no está. Fue rechazado. Luego vino la del arquitecto Norman Foster, un par de torres, pero con un problema: reinterpretaba la arquitectura del WTC, pero sólo se centraba en los negocios y dejaba de lado la remembranza del derrumbe. El concurso lo ganó Daniel Libeskind, quien dividió los edificios de oficinas alrededor de un espacio memorial sobre las huellas de las Torres Gemelas. Libeskind diseño la torre en 2003. “La inspiración la obtuve de la estatua de la Libertad. La vi por primera vez a los 13 años cuando llegué de Polonia”, dijo durante una entrevista en el programa de Oprah Winfrey el pasado 26 de febrero. El dueño del predio de la Zona Cero, Larry Silverstein, no quedó satisfecho con el proyecto del polaco y llamó a su propio arquitecto, David Childs, del conglomerado Skidmore, Owings & Merrill. Childs criticó el proyecto. Dijo que la torre parecía una bayoneta. Libeskind y Childs trabajaron juntos para aterrizar el diseño del edificio principal: un equilibrio entre la estatua de la Libertad y el obelisco del monumento a Washington. Al alcalde de Nueva York, Michael Bloomberg, ya le urgía el proyecto: “Mi responsabilidad es tratar de promover el desarrollo de toda la ciudad. Esto es un negocio, este es el turismo, se trata de puestos de trabajo. Este es el cuidado de las familias”, justificó debido a la tardanza en la construcción del nuevo proyecto en una conferencia de prensa a principios de agosto. Hace un par de meses Silverstein –inversionista en bienes raíces– dijo a la revista New Yorker: “En 10 años, a partir de hoy, sospecho que muy poca gente recordará lo que pasó aquí”. Y en un especial sobre el décimo aniversario, la revista New York apunta en un artículo de Frank Richard, editorialista del New York Times: “En retrospectiva, el evento más trascendental en los últimos 10 años no ha sido el 11 de septiembre o la guerra de Irak, sino el saqueo de la economía estadunidense por Washington y Wall Street. Si lo vemos a distancia, esto ocurría a plena vista. En ese momento estábamos atrapados en la amenaza de Al Qaeda a Estados Unidos y no le prestamos atención a las amenazas más prosaicas en el interior”. Richard define a Estados Unidos como un país “donde la codicia usurpa el bien común en tiempos de guerra”. Y agrega: “Nuestra economía y nuestra política están rotas. Seguimos en deuda con los productores de petróleo yihadistas, así como con China. Nuestra guerra más larga se extiende a un horizonte infinito. El cambio de sentido a los ataques del 11 de septiembre, para poner en marcha una guerra, enturbió y corrompió la memoria a 10 años de ese evento.” En el museo Tributo al WTC, los visitantes compran postales con la silueta de las Torres Gemelas como si quisieran aferrarse al paisaje de dos edificios clonados. “Invitación al olvido” De algún modo los neoyorquinos viven en un estado perpetuo de comunión con los muertos. Pero de una manera sutil. Al final de la calle Liberty se halla un poco de horizonte para respirar. Se deja atrás el estertor de las máquinas de aire acondicionado y las alcantarillas que humean. En el centro de la Zona Cero quedan los dos huecos de las Torres Gemelas. El proyecto del memorial fue ganado en 2004 por el arquitecto Michael Arad en un concurso en el que participaron 200 proyectos. Arad hizo un bosquejo de dos agujeros en el río Hudson donde el agua fluye continuamente. Su idea se concretó en las huellas de las Torres Gemelas. Dos agujeros de 4 mil metros cuadrados cada uno revestidos de granito con una delgada cascada de agua que fluye incesantemente. Los nombres de las 2 mil 753 personas que murieron ahí están inscritos en unas placas de bronce que rodean los dos agujeros. Las letras son negras y de noche se iluminan con luces escondidas bajo paneles. Las piscinas son el monumento más grande de cascadas artificiales en Estados Unidos y bombean más de 52 mil litros de agua tratada por minuto. Alrededor de las cascadas hay 400 robles blancos, escogidos porque cambian de color en otoño: del ámbar al rosa. “El vacío se revela lentamente. Al borde de cada hueco se encontrarán con los nombres de las víctimas… En los cientos de nombres la magnitud del ataque se comunica… Es el equivalente a un minuto de silencio”, dijo Arad. El escritor Justin Davidson, uno de los críticos de arquitectura más influyentes, se pregunta en un artículo publicado en la revista New York el 12 de agosto: “¿El lugar es para recordar o simplemente son un par de agujeros oscuros y atractivos?”. Y se contesta: “Más bien es una invitación doble para el olvido”. A unos metros de los ojos de agua se construye otro museo. Lo diseña la empresa noruega Snohetta y pretende ser un memorial subterráneo. El museo, que no abrirá sino hasta septiembre del próximo año, es una especie de nave inclinada con una cubierta metálica a rayas. En su proyecto original pretende establecer un equilibrio entre monumento histórico y escultura monumental. Pero desde lo alto parecen restos de un cocodrilo gigante. El domingo 11, el presidente Barack Obama inauguró una pequeña parte de la Zona Cero con motivo del décimo aniversario de los ataques a las Torres Gemelas. Se convocó a la gente para que formara una cadena humana que vaya del sur al norte de Manhattan. La plaza-memorial abrirá el 12 de septiembre, pero es necesario comprar una reservación. Habrá decenas de homenajes por toda la ciudad; entre ellos, exposiciones fotográficas, lecturas de poesía y exhibiciones de arte inspiradas en las Torres Gemelas. “Nunca olvides” dicen ambas fosas en el piso. La frase se repite en las puertas de los locales, en pendones colocados en las avenidas, en las revistas, en la televisión, en la radio. Escuchar las latas Pat es un vagabundo y Manhattan es su casa. Habla con una gramática desesperada, enredada: líneas ininterrumpidas como las arrugas de su frente. Empuja un carrito de supermercado en el que guarda pedazos de cartón, latas vacías, restos; un inventario del capitalismo. De vez en cuando se detiene y sube a la banqueta. Es entonces cuando empieza a monologar: “El terrorismo es un pecado y todos somos pecadores. Puedes morir viejo o enfermo; en un huracán o en un ataque terrorista. Somos una nación libre, pero también somos una nación mala; matamos a los niños, legalizamos el pecado. Dios dejó que esto pasara para enseñarnos su poder”, afirma. La gente lo rehúye. Él husmea en los botes de basura. Recoge una lata como un doctor que ausculta a un enfermo. Antes de arrojarla a su carrito la acerca a su oído. La estruja. Scuashhh. Dice que así se escuchó el segundo avión que se estrelló con la torre. Conchas para escuchar el mar del estruendo. Conchas en la playa de asfalto. Pat trata de envolver a los transeúntes en su halo místico, pero nadie se detiene. Sus palabras no interrumpen las zancadas frenéticas de los neoyorquinos. Nadie se fija en su maraña de cabello blanco, su barba de náufrago, en su nariz de gancho, las fosas enormes, con estalactitas de moco en los bordes. Mientras habla sacude una Biblia con la mano izquierda: “El 11 de septiembre nadie aprendió nada. Se asustaron un rato pero regresaron a sus vidas anteriores. Quieren seguir viviendo como si nada hubiera pasado”. Las calles del distrito financiero en el sur de Manhattan están atestadas de vendedores de banderas estadunidenses, turistas, cucarachas y esa peregrinación de burócratas que vuelven de prisa a sus cubículos en los rascacielos. No se detienen. No escuchan las latas.