El encanto de la música chatarra

martes, 3 de enero de 2012
En un estudio insólito, Filosofía de las canciones que salen en la radio, presentado recientemente por el sociólogo Pablo Fernández Christlieb, se concluye que el enorme gusto de la gente por la aparente banalidad de las rolas pop –tan desdeñadas por los críticos serios– tiene una explicación: no basta “toda la sabiduría del mundo para entender lo que está pasando”. MONTERREY, N.L. (Proceso).- Pablo Fernández Chris- tlieb, doctor en sociología, emprendió una tarea que parece imposible: encontrar el encanto en las rolas de Fey, Timbiriche, Dulce, Chayanne, Cristian Castro, Lucero. En su ensayo Filosofía de las canciones que salen en la radio (2011, Ediciones Intempestivas) se ocupa de hacer un repaso de las rolas del pop en español más o menos recientes, para tratar de explicarlas, encontrarles la belleza dentro de su trivialidad y entender por qué le gustan al público. La gente hace propias las canciones, concluye, porque “de repente las reglas, las normas, las creencias, las seguridades y las verdades con las que se había vivido se rompen para bien o para mal… y toda la sabiduría del mundo no sirve para entender lo que está pasando”. Es entonces cuando, para que uno pueda interpretar lo que siente, entra el lenguaje musical, las canciones plañideras de Los Ángeles Negros, Napoleón, José José, como lo explica en el texto: “Con las canciones de diario, la gente puede pronunciar y explicar aquello acuciante y necesario que en el lenguaje normal y conversacional siempre será impronunciable e inexplicable.” Como ejemplos cita “trozos de canciones que pueden decir mejor lo que a uno le está sucediendo. De repente uno se topa con algo así como, ‘porque a mi puerta el amor nunca volvió’, que están cantando las de Pandora, o ‘quién eres tú sin mí’ en voz y furia de Ednita Nazario o ‘nada de esto fue un error /no-o-o’, que canta Cori”. Es el del catedrático de la UNAM un compendio de reflexiones que escribió en seis meses, pero que tardó 30 años en preparar, pues en todo ese tiempo tuvo la oportunidad de aprenderse las canciones que aquí cita, según dice el autor en entrevista después de hacer en esta ciudad la presentación del libro, acompañado de los editores Héctor Alvarado y Livier Fernández Topete. Comprende a los intelectuales que rechazan estos temas por monótonos, carentes de idea, simplones, pues él también observa muchas canciones con esas características. Pero al escribir el ensayo halló que un escucha promedio puede encontrar que el corpus musical que conforman contiene un insospechado punto reflexivo, de interés y análisis, basado –paradójica y precisamente– en la intrascendencia de la que sistemáticamente le acusa la crítica. Explica el autor: “Las canciones pop son intrascendentes y superficiales en sí mismas, pero si las suma uno o las ve a todas en conjunto, después de mucho tiempo puede encontrar algo muy interesante, abajo o detrás de la intrascendencia, y algo más interesante debajo de la profundidad, mínimo para sentir que uno no ha estado perdiendo el tiempo. “Uno puede encontrarle belleza a cualquier cosa en este mundo, también a las canciones de Paulina Rubio. Puede haber un contrasentido, pero los críticos que son tan profundos desdeñan las canciones pop, pero las cosas que podrían tener profundidad, en el intento de profundizar en ellas, terminan siendo superficiales, y eso me cae un poco gordo.” Fernández Christlieb, de unos 50 años, viste playera; calvo, con largos mechones canos en la nuca, usa unos pequeños lentes de aumento. Es un insospechado huésped de estancia post-doctoral en la Escuela de Altos Estudios de Ciencias Sociales de París. Para escribir esta filosofía de las canciones de la radio dice que toda la vida ha escuchado las sinfonías populares que reseña, y se fue interesando en algunas canciones que conectaba con otras, hasta sentir que necesitaba escribir, por puro gusto, esta disertación sobre los temas que a diario se escuchan en las calles, en la casa, en el transporte colectivo y en los supermercados. “Un día tuve la idea de lo importante que son esas canciones para la gente en el sentido que uno requiere un lenguaje para nombrar sus crisis, sus sentimientos, ilusiones, enigmas. Los que pasaron por la universidad pueden tener otros recursos, pero el grueso de la población, la gente que es agradable, toma como recurso las canciones que salen en la radio y con ellas entiende lo que le pasa”, dice el estudioso nacido en la capital del país. Cuando se sentó a escribir en 2010 durante un periodo de cuatro meses que tuvo disponibles, se percató que ya tenía su texto mentalmente armado, y además de conocer de la métrica de las canciones, sabía que estas despiertan sentimientos, y que cualquier persona puede enfadarse contra las compañías disqueras y las canciones estúpidas. “Mi momento iluminador fue cuando decidí sentarme a escribir para, por lo menos, dejar de oír todas esas canciones.” Confiesa que de teoría musical no sabe nada –“de música sé menos cuatro”, aclara– y por eso su análisis se basa exclusivamente en las letras de las composiciones. “Soldado del amor…” Como sostiene en su libro, lo que le pasa a la gente del barrio es lo mismo que le ocurre a cualquiera, porque parte de la base de la condición humana que iguala a todos, con sentimientos como el amor, la soledad, la muerte, el miedo. “Con estas canciones la gente es capaz de nombrar aquello que no podía, es la poesía en cierto sentido y son verdaderamente importantes.” Por eso resulta que en las bodas, de repente, sacan una canción y todos sorprendentemente la bailan. Hasta donde se sabe, nadie se había tomado la molestia de teorizar sobre los cantantes que inundaron el éter en los años pasados. Pero Fernández se regodea al explicar en su libro cómo funciona la dinámica de los enamorados que son el centro del universo cuando se encuentran en el trance sentimental y que, en realidad, cuando recitan las melodías que encajan en ellos y que parecen haber sido creadas para ellos, en verdad le cantan directamente a Dios. “Así es como uno cierra el círculo: el lenguaje íntimo, con el que uno se habla a sí mismo, es un lenguaje sagrado, con el que le habla a Dios, pero Dios es en efecto la sociedad, porque es ahí donde se inventan las palabras con las que uno dice todo esto”, expone en el ensayo. Frente a la profusión de canciones populares que saturan la radio y que se convierten en patrimonio de todos y de nadie, el autor encuentra que esas canciones –que se han vuelto las favoritas del público– sonarían absurdas si fueran pronunciadas en la conversación cotidiana. Explica en su trabajo: “Todavía no ha habido testigos de una conversación en ningún café del mundo donde un señor le diga a su susodicha ‘soldado del amor/ en esta guerra entre tú y yo/ cada noche caigo herido/ por ganar tu corazón’. Sería de pena ajena aunque, en efecto, eso cante Mijares. “En esa misma conversación, la interfecta difícilmente respondería como Dulce: ‘pue-do ser/ tu amante o lo que tenga que ser/ reina esclava o mujer’, aunque si fuera feminista tendría que contestar más contestatariamente, como Vicky Carr: ‘ni princesa ni esclava/ solamente mujer’.” A través de este razonamiento, Fernández Christlieb llega a la siguiente conclusión descorazonadora: “Las canciones de uso diario no utilizan lenguaje de uso diario: una cosa es lo que se canta y otra cosa muy distinta lo que se le dice a los demás. Y entonces surge la pregunta de para qué la gente se aprende oraciones y frases que no le va a decir a nadie. Por algo será.” En la entrevista, el doctor en sociología por El Colegio de Michoacán explica que eligió la radio porque es un medio de todos. La televisión adormece la capacidad de crítica, pero en la radio uno está en activo, en conversación o diálogo, respondiéndole mentalmente. Y es en ese proceso auditivo cuando uno puede encontrarse entendiendo propuestas temáticas, canciones que uno creía tontas y que esconden significados interesantes. “Por eso cuando aparecen estas canciones, entre las voces de los comentaristas, uno sigue atento, procesando las letras de la canción. A falta de capacidad musical vas viendo lo que va diciendo, vas pensando en cuánta estupidez sale en la radio, a quién se le ocurrió esta pendejada, cuánta necesidad de dinero tiene el que hace estas letras tan estúpidas de Laureano Brizuela. “Está uno muy divertido criticando, porque quejarse es una de las actividades más bonitas del ser humano, y de repente salta una frase inteligente, sorprendente, y así uno se va dando cuenta de que si le entra, dentro de su propio criterio, sin escucharlas desde afuera como pontífice, sino dentro de ellas, encuentra una cantidad de frases por las que uno casi pone las manos al fuego, y puede sostener que la frase es sensata, inteligente, bonita, digan lo que digan, como dice Raphael.” Yuxtapuesto al sabor que se le toma a ciertas canciones, están las impuestas por la industria musical, que las repite hasta la saturación, y ya no se sabe si le gustan por determinación propia pero que, cuando se las topa, las compra. Aunque está también la autoimposición de una canción preferida, que se repite uno mismo como un mantra, y se convierte en un creyente porque al repetir usa un lenguaje sagrado con la misma estructura del lenguaje religioso. Precisa en su libro: “Al cosmos o a lo que sea no se le conmueve con argumentos, sino con insistencia y terquedad. O sea que a Dios, aparte de cursi hay que repetirle las cosas. Este es justo el truco de la invocación: repítase y repítase y repítase y da la sensación de que eso le hace ya producir un efecto. Es por ello que todas las canciones tienen un estribillo.” Pero cuando pasan de moda en 15 días, se quedan en la memoria. “Puede que a los 20 días no lo puedas repetir, pero a los 20 años sí. Y para tu sorpresa, de repente aparece la canción que desde hace mucho estaba ahí. Y ya no tiene nada que ver con las ventas, sino con la propia memoria, un proceso muy interesante”, afirma el autor de La velocidad de las bicicletas. Aclara, desde un principio, que aunque se interesa más en el pop que en la música clásica, reconoce que Beethoven le ha aportado más a la humanidad que Mijares, aunque él, en lo personal, encuentra en este ensayo más interés en recordar la canción Soldado del amor. Aunque este libro, de un tiraje inicial de 500 ejemplares realizado con apoyo del Fondo Nacional par la Cultura y las Artes (Fonca) está al alcance “de cualquier hijo de vecino”, intuye que las personas de 40 años en adelante van a localizar en su propio mapa muchas rolas que alguna vez disfrutaron. A manera de conclusión, dejando los filosofemas elaborados en torno a las rolas de la radio, Fernández encuentra geniales algunas canciones que para los intelectuales son material de desdeño. Cita la de la cantante regiomontana Alicia Villarreal, cuando canta: “Te quedó grande la yegua y a ti te faltó jinete”. Y afirma: “Cuando escuchas una de esas en la calle dices: pobres de los que no se suben a un microbús.”

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