Invasión zombi en un país de muertos

sábado, 3 de noviembre de 2012
MÉXICO, D.F. (proceso.com.mx).- Los zombis son cadáveres obligados a babear 24 horas al día. Como todos, un zombi tiene una historia parecida a la de Daniel: “Ayer cuando me estaba bañando salió un bicho por la coladera y me mordió el pie. Me quedé tirado en el baño unos minutos. Cuando me vi en el espejo mi piel se empezó a desprender  y la piel se me hizo verdosa y los ojos se me voltearon y me cambiaron de color.” -¿Y qué le pasó a tu hijo? -Pues cuando salí de bañarme íbamos a cenar y le di un beso a mi hijo en el brazo y también se puso verde. Me dieron ganas de morderlo, pero sólo mordí a mi esposa. También se puso verde. Entonces, de la manera más natural Daniel y su familia están al pie del Monumento a la Revolución con miles de zombis. “A lo mejor a todos les pasó lo mismo, a lo mejor es algo que el gobierno puso en el drenaje para que nos infectara a todos”, dice Daniel con una imaginación desbordada. Sabe que es una situación delicada. Los gruñidos de los demás zombis le resultan desconcertantes. ----- La Plaza de la Revolución es un tablero de ajedrez. Un hombre con ojos amarillos como de reptil brinca como caballo. “Sangre, sangre”, murmura. Diagonal izquierda. Diagonal derecha. Movimiento en desorden. Avance y retroceso. Los zombis no tienen conciencia de sí mismos. “Son seres infectados por un virus muy extraño”, dice una enfermera que intentó curarlos, pero que también está infectada. Ella camina como si emergiera de las profundidades marinas, con el cabello húmedo. Va cubierta con una bata blanca  y su cabello semeja un ser vivo cada que el viento arrecia en su cuello. Un vendedor de frituras no se inmuta cuando un zombi babea a su lado. No sabe que acaba de morir. Cada mordida es un intento fallido por infectar a alguien. Nadie, sólo los zombis entienden qué los tiene ahí reunidos. Algunos turistas esquivan con disgusto a uno de los zombis más grotescos. De otros cuelgan extremidades y órganos: un brazo, una pierna, ojos, intestinos. Por la plaza deambulan militares con el tiro de gracia. Familias ensangrentadas que ofrecen mordidas gratis. Un mesero desdentado que ya no pudo robarse más ron de la barra y sólo carga una botella vacía. La caperucita roja que por fin logró decapitar al lobo y pasearlo como un trofeo. El transexual que aprovecha la ocasión: “sexo por cerebros”, anuncia. Sacerdotes que comen ojos en vez de palomitas. El frío desciende con las nubes y la voz maltratada de los zombis se confunde con el crepitar de las quijadas temblando en las piernas de los monstruos. ----- En la Plaza de la Revolución cuelgan fotos de algunas personas muertas a manos del crimen organizado, José y Laura las miran con extrañeza. “Imagínate estar ahí”, le dice con el rostro ensangrentado. “No está bonito que le tomen fotos a alguien decapitado”, le contesta su novia. Para ellos el narcotráfico es un virus como el de los zombis: -Los zombis no matan, sólo comen cerebros e infectan a sus amigos- dice José. -En sí, no estamos muertos, sólo nos infectó un virus que nos dejó así- asegura Laura señalando su pedazo de mejilla descarnada. -Es como las drogas, para que entiendas, o como el dinero, se va propagando en la vida real, toda esa gente muerta está ahí tirada porque no pagó sus deudas o se drogó mucho- especula José. -El Chapo, por ejemplo, es un zombi intocable, él infecta a los demás, pero no puede ser infectado- matiza Laura con una claridad helada, como el zombi que diagnostica su propia enfermedad. Detrás de ellos, un hombre ofrece cerebros de cera por 35 pesos. Por encima salta una mujer con el fémur de fuera y una zombi harapienta con un vestido de novia. “En Atenco la sangre fue de verdad, no simple pintura”, se lee en una pancarta. “Para qué el disfraz, si siempre has sido un zombi, jamás has tenido conciencia”, dice otra. “Soy fan de las películas de Romero desde que empecé a ver cine”, justifica Luis. “Es intolerable que exista un país de muertos y la gente lo vea como un juego. No se dan cuenta de que la vida real está infectada por un virus que se instala en la mente de las personas. La ignorancia es el virus”, cuenta Luis, uno de los campistas de #YoSoy132 en el Monumento a la Revolución. Entre la multitud se escuchan aullidos de furia. “Peña Nieto debería encabezar esta marcha”, espeta un joven. ----- Monstruos de la posmodernidad, habitantes de la literatura snuff, mamíferos del siglo XXI y personajes de una película de George Romero caminan por avenida Juárez rumbo al Zócalo. “Es una marcha intelectual, sólo nos interesamos en tu cerebrooo…”, se lee en una cartulina. Esta vez el desfile no enarbola reproches por las muertes por el sexenio calderonista o las truculentas reformas que sólo favorecen a los empresarios y al gobierno. El aire arrastra olores desconocidos que no pueden disimular las fritangas que se preparan por aquí y por allá. En el hotel Hilton de avenida Juárez se escuchan aullidos de psicosis: “Alguien arréstelos”, grita una señora encopetada mientras estaciona su camioneta de lujo. Una turba de zombis enloquecidos se abalanza contra su vehículo: la manosean, la babean, le arrojan ojos y cerebros de gelatina. Sicarios a sueldo le disparan a los zombis con armas de plástico. Ellos se arrastran por la avenida pero no se rinden. Los hombres armados corren. “¡Ce-re-bros, ce-re-bros!”, claman los infectados. Frente a Bellas Artes un grupo de zombis mimos observan a un tenor. Un joven con los ojos rojos babea frente a él. Al final de la pieza el Pavarotti de Eje Central habla: “Gracias por ser parte de tanta belleza”. Algunos zombis arrojan algunas monedas. Sobre Madero, un hombre que se escapó con una bata de Seguro Social imita los movimientos y pronto encuentra la cadencia necesaria para no desentonar junto a los muertos. Él sonríe, pero nadie le corresponde. Los zombis no sonríen. Un par de guerreros aztecas hacen un ritual en la entrada de la Plaza de la Constitución. El copal acompañaba los sacrificios humanos en la antigüedad. Ahora envuelve a todos los muertos vivientes. El aire se vuelve fresco. ----- Aunque unos cuantos kilómetros después sus pasos dan una clara muestra de mejoría, Daniel no acaba de creerse su nueva condición zombi. La primera decisión que toma apenas le hace abrir más los ojos: “Tendría que dejar mi trabajo…” Convencido de que ostenta un disfraz inverosímil, se toca con meticulosidad su rostro verdoso. Su dedo se pinta de verde. Daniel se encoje de hombros pensando lo que sucedió la noche anterior. Él y su familia se pierden en uno de los cuadrantes del Zócalo capitalino. Junto a ellos caminan cientos de muñecos de sangre para un teatro guiñol desvencijado.

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